Tú te lo pierdes Capítulo 7
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Capítulo 7

E l momento ha llegado y Emma siente cómo el estómago se le retuerce con tanta fuerza que duda de si se trata de un dolor real o es producido por algo que no puede controlar.

Siente un cosquilleo en los dedos de las manos, algo que se parece más al ardor que produce una quemadura y, aunque lleva dos horas intentando deshacerse de esa sensación, no lo logra.

―La habitación está preparada, Grant ―Rachel asoma la cabeza en el despacho de Emma. Es la única que la trata con esa familiaridad y que además se atreve a entrar a su espacio personal sin avisar―. ¿Te han confirmado la hora?

Emma niega. Su estado medio catatónico tiene muchas razones esa mañana, pero la principal es que Dylan Cole le dijo que la llamaría cuando Sienna estuviera en la ambulancia que la trasladaría al hangar donde la espera un avión medicalizado.

El vuelo no debería ser mayor a dos horas; lo único que ha agregado más tiempo del razonablemente correcto es todo el dispositivo que Dylan ha tenido que gestionar alrededor del traslado.

Sacar a Sienna del hospital en Dublín sin que se filtre la noticia, subirla a la ambulancia con personal cualificado que no puede llevar ningún móvil para evitar filtraciones, la llegada al aeropuerto y la previa gestión del papeleo.

Todo eso conlleva un tiempo que a Emma no tendría por qué afectarle, pero lo hace y eso le molesta tanto que le gustaría poder gritar fuerte en lo alto de una montaña.

―Estoy esperando ―dice y se lleva dos dedos de la mano derecha a su muñeca izquierda, pero hoy ni siquiera ese movimiento la tranquiliza―. Los de Admisión me han dicho que han recibido toda la documentación.

Rachel entra en el despacho con un gesto de intriga y se sienta frente a su amiga.

Nadie les ha informado sobre quién es ese paciente de nivel uno ―los que el St. Catherine's Private Hospital cataloga como extremadamente importantes, con un protocolo de privacidad que incluye personal que firma cláusulas de confidencialidad tan largas que Rachel acabó firmando sin terminar de leerlas― que debe llegar ese día y que estará con ellos al menos unas semanas.

―No ―le dice Emma antes de que Rachel abra la boca. La enfermera tuerce el gesto―. Antes de que llegue la paciente, se hará la reunión de inicio y allí sabrás de quién se trata.

―Qué cabrona ―farfulla Rachel e ignora la ceja levantada de Emma―. Ser amiga de la doctora cristal debería tener algún beneficio.

La doctora cristal , la témpano, la cardióloga sin corazón. Son algunos de los particulares nombres que las enfermeras ―y algunos médicos― tienen para Emma. A ella no le importa, no trabaja en el St. Catherine's con el objetivo de crear amistades, va a hacer lo suyo y ya está.

―Las normas están hechas para algo y… ―a Emma se le cortan las palabras cuando su móvil empieza a sonar y el número, aunque no lo tenga guardado, sabe perfectamente que pertenece a Dylan.

Rachel entrecierra los ojos porque lleva años conociendo a Emma y está segura de que ha visto la mayoría de sus expresiones.

Esta es nueva, no es molestia, tampoco miedo ni incertidumbre.

Esta parece una mezcla de cada uno de los sentimientos que tiene la cardióloga, y Rachel no sabe cómo interpretarlo.

Lo que hace es levantarse de la silla porque una Emma completamente pálida, viendo cómo su móvil suena, le dice que ahora mismo lo que necesita es privacidad y la enfermera no tarda en dársela.

El sonido cesa y Emma parpadea. Levanta la mirada y se da cuenta de que está sola; ni siquiera ha sido consciente de cuándo Rachel ha abandonado su despacho ni del tiempo que su teléfono ha estado sonando. Coge el aparato y lo aprieta con fuerza antes de buscar la llamada perdida y devolverla.

―Emma ―dice Dylan con la respiración agitada―. La están subiendo al avión; deberíamos llegar a Londres a las doce.

El corazón se le va a salir del pecho y Emma maldice a Sienna mientras cierra los ojos.

―Necesito hablar con el sanitario a cargo ―le pide y de inmediato escucha cómo Dylan hace varias preguntas a alguien.

―El doctor O'Neill está a cargo ―contesta Dylan y el médico se pone al teléfono.

―O'Neill, necesito el reporte actual de la paciente.

Emma lo pide con tanta frialdad que ella misma se sorprende. El médico al otro lado de la línea suelta un bufido, pero contesta como si estuviera leyendo una cartilla.

―Paciente consciente y orientada, responde adecuadamente a estímulos y órdenes simples. Hemodinámicamente estable, sin soporte vasoactivo. Saturación en torno al 96% con oxígeno suplementario de bajo flujo. Se mantiene ligeramente sedada para control de la ansiedad y…

―Mantén la sedación ligera y evita cualquier incremento de ansiedad que pueda descompensar el ritmo.

Emma lo interrumpe como si el doctor O'Neill fuera un estudiante de medicina y no un médico experimentado. No lo conoce, pero está bastante segura de que Dylan ha conseguido para su hermana a alguien de renombre.

―Salimos en diez minutos, Emma ―la voz de Dylan se cuela por el auricular y ella solo asiente y cuelga la llamada.

Dos horas después, el equipo que va a cuidar de la cantante se reúne en una de las salas privadas del hospital.

Emma no los eligió al azar, escogió a gente con experiencia, que tuviera conocimiento del tipo de miocardiopatía que padece Sienna y que no fueran demasiado jóvenes e impresionables.

Emma no necesitaba que las enfermeras babearan en vez de hacer su trabajo.

Cuando el nombre de Sienna Cole sale a relucir, todos asienten, pero en sus rostros se nota que no esperaban que la cantante pisara ―por decirlo de alguna manera― la clínica. Al parecer, todos saben quién es y lo que le pasó en Dublín, por lo que se imaginaban que sería tratada en Irlanda.

―Ya conocéis el protocolo con los pacientes de nivel uno ―dice Emma casi al final de la reunión, después de explicar el procedimiento médico que llevará a cabo y los cuidados posteriores―.

Ante todo, somos profesionales; no es la primera vez que tenemos a alguien como Sie… la señorita Cole en este hospital.

Rachel clava sus ojos en Emma. La ha visto tartamudear en otras ocasiones, equivocarse en una tontería o confundir algún término.

El detalle es que cada una de esas veces ha ocurrido fuera del trabajo.

En un bar mientras se tomaban una pinta demasiado caliente o en algún festival al que Rachel la ha arrastrado para demostrarle que la diversión estaba ahí y no en un horrible libro de ochocientas páginas.

Verla titubear al frente de sus colegas hace que las alarmas de Rachel se activen porque le recuerda a esa chica que llegó hace ocho años de los Estados Unidos que parecía tan rota como perdida.

―¿Todo bien, rubia? ―Rachel se lo pregunta cuando ambas salen al pasillo y Emma la fulmina con la mirada, pero de nuevo, a la enfermera no le importa―. Pareces algo nerviosa con la llegada de Sienna Cole.

Emma trastabilla como respuesta, pero sigue caminando con dignidad mientras se ajusta las gafas con los dedos.

―Revisa que Chris tenga a su gente de seguridad esperando en la entrada trasera ―pide Emma mientras revisa la pantalla de su móvil―. No deben tardar en llegar.

Rachel se da cuenta de que Emma ha evadido su pregunta y decide darle espacio. Si quiere contarle algo, está segura de que la doctora la buscará. Esa siempre ha sido su dinámica y el motivo por el que su relación es tan buena.

―Claro. Nos vemos luego ―se despide Rachel y Emma gira para caminar hacia la habitación asignada a la cantante.

El espacio parece más un hotel que un hospital.

La habitación no solo tiene lujo, es que cada cosa dentro de ella está pensada para que el paciente sienta que está en su propia casa.

Colores cálidos, dos ventanales con vistas preciosas, un baño privado que incluso tiene una bañera inmensa y un mobiliario para la comodidad de los visitantes.

Emma levanta la vista y un sonido que solo está en su cabeza la aturde.

La gente del hospital lo ha preparado todo para que Sienna Cole, la mundialmente famosa cantante del momento, hable del St. Catherine's cuando le den el alta.

«Publicidad gratis», diría el director. Entonces han decidido llenar cada espacio de la mesa y alrededor de la cama con ramos de flores.

Dalias, rosas, tulipanes. Docenas y docenas de ellas, que incluso incluyen algún oso espantoso de color marrón.

―Natalie, ven a la Ivy ―pide Emma, presionando el botón del interfono que está configurado para llamar a las enfermeras asignadas al paciente de esa habitación.

―Enseguida, doctora Grant.

Cuando la enfermera aparece en la habitación ―una mujer de cuarenta años con la que Emma ha operado muchas veces―, lo hace con cautela porque la doctora Grant tiene la mandíbula apretada y las manos dentro de los bolsillos de la bata. Mala señal.

―Encárgate de que alguien se lleve todo esto ―Emma señala los ramos de flores―, y asegúrate de que no traigan ninguno más.

Natalie abre ligeramente los ojos, pero es el único gesto que se permite antes de asentir. Nadie le lleva la contraria a la doctora Emma Grant y ella no será la primera.

Antes de que la enfermera salga de la Ivy Room, un sonido hace que las dos mujeres revisen sus teléfonos. Es la alerta del personal de seguridad que avisa al equipo médico de Sienna Cole de que la cantante acaba de llegar.

―Natalie, quiero esto fuera. ―Emma se pasa la mano por la frente―. Ya.

La enfermera da varios pasos inseguros, pero al final consigue cumplir la petición. Coge tres ramos como puede y sale de allí con prisa. Tiene que avisar a alguien para que la ayude, porque, si no, tardará demasiado y la ira de la doctora Grant está a punto de desbordarse.

Hay partes del cuerpo que Emma no siente.

Camina con inercia hasta el ascensor para ir hasta la zona donde las ambulancias bajan a los pacientes.

Cuando llega a la planta baja y las puertas del aparato se abren, puede ver a Dylan al lado de una camilla.

También a dos personas que ella intuye que son el doctor y el enfermero que viajaron en el avión medicalizado.

―Soy el doctor O'Neill ―dice un hombre que le extiende la mano, y Emma no sabe cómo ha llegado hasta él si hace un segundo estaba dentro del ascensor―. Hablamos por teléfono hace unas horas.

El médico la mira con poco entusiasmo; no le cae bien la doctora Grant, así que no pierde tiempo en entregarle toda la documentación que trae consigo y explicarle el estado de la paciente durante el viaje.

Emma lo escucha incapaz de moverse y desvía la mirada cuando la camilla pasa por su lado junto a su equipo médico.

No está lista para volver a verla, no todavía.

―¿Algo relevante? ―pregunta Emma, y el doctor O'Neill decide que la odia.

―No ―contesta―. Eso es todo.

Emma apenas mueve la cabeza en un vago gesto de asentimiento y se da la vuelta para ir hasta el ascensor. Su corazón se ha convertido en un órgano enemigo que ahora mismo solo busca matarla. Le duelen las costillas porque los latidos son tan fuertes que parecen puñetazos.

Revisa su móvil; la aplicación del hospital le indica que Sienna ya está en la habitación y que la están preparando para pasarla de la camilla a la cama.

Se supone que debería ir a verla y a explicarle a Dylan el procedimiento que seguirán a partir de ese momento, pero no puede.

Necesita un momento para ella, un momento para calmarse y dejar de ser un manojo de nervios de apellido Mitchell y, mientras camina hacia su despacho, se dice que de esa mujer ya no queda nada, que Emma Mitchell se quedó en Boston hace ya siete años, pero ¿cómo se convence de eso?

Si lleva días reviviendo recuerdos que no debería, actuando de una manera que casi había olvidado y dando órdenes para que cuando Sienna llegara a la habitación no viera ese montón de flores que tanto detesta.

― Nunca me han gustado las flores, Em. Me recuerdan a la muerte , y el día que haya tantas a mi alrededor, entonces es que estoy muerta.

Se deja caer en su silla, cierra los ojos y respira. Tiene que prepararse para abrirle la puerta al pasado.