Capítulo 6 #2
―Fue una tontería, Emma ―lo dijo y miró su reloj como si tuviera prisa por marcharse―. No tienes ni idea de la presión que he tenido con la gira. Simplemente se me ha ido de las manos, pero te prometo que no volverá a ocurrir.
Emma nunca había estado con una mujer y cuando conoció a Sienna entendió por qué sus relaciones pasadas habían fracasado.
Las mujeres eran más cercanas, cariñosas y atentas.
Hacer el amor con una era lo mismo que tocar el cielo o comerte un banquete de tu comida favorita sin sentir culpa, pero ni siquiera su primer novio, que la dejó porque según él Emma era demasiado aburrida, le hizo tanto daño como se lo estaba haciendo Sienna en ese momento.
―Si salgo por esa puerta, tenlo por seguro que no volveré ―Sienna lo dijo con rabia, señalando hacia la salida cuando Emma le dijo que no podía aceptar esa respuesta y que no se sentía segura como para seguir con ella―. Podría estar con cualquier mujer y, sin embargo, estoy aquí en tu casa.
«Tú te lo pierdes». Esa frase fue la última que dijo Sienna antes de azotar la puerta del apartamento después de que Emma se mantuviera en silencio.
Entonces llegó el fin, ese que parecía haber empezado a gestarse en la fiesta de Chester Philip y que ella no se imaginaba.
Llegaron las ganas de dejarlo todo, de meterse en una cueva y no sacar la cabeza hasta que pasara la tormenta porque, de alguna manera, algún reportero rosa se enteró de que esa buena amiga con la que se había visto a Sienna Cole varias veces era algo más, quizá su novia, y empezaron los flashes inesperados a la salida del hospital, los fotógrafos agazapados en la entrada de su edificio y las cientos de preguntas incómodas.
―¿Estás segura de lo que vas a hacer? ―Esta vez Emma estaba frente a sus padres y su hermana soltó la pregunta. Había tenido que huir a la casa familiar porque su piso se había convertido en un improvisado estudio de televisión.
―No, pero no puedo seguir así ―contestó Emma.
Había rechazado Londres meses atrás. Una oferta increíble para acabar cardiología en un hospital universitario y comenzar la hiperespecialización en cardiología genética mientras trabajaba en una prueba piloto.
La habían contactado porque Emma llevaba escribiendo para revistas médicas desde que estaba en la facultad.
Primero fueron las menos especializadas hasta que publicó un ensayo mientras hacía la residencia que tuvo mucha repercusión.
Se interesaron en ella justo cuando Sienna y ella se habían dicho el primer «te quiero», cuando los planes de una vida juntas empezaron a asentarse y Emma estaba lo suficientemente segura de lo que sentía por la cantante como para no irse de los Estados Unidos.
Dijo que no a Londres; otras oportunidades llegarían, pero lo que llegó fue Sienna, siendo egoísta, engañándola y escupiendo un «tú te lo pierdes» con furia.
Después de llorar hasta quedarse completamente seca, perder once libras y la capacidad de volver a sonreír, Emma llamó a Londres.
―Lo siento, doctora Mitchell, pero su plaza fue asignada a otro médico. Uno de Nueva York.
La decepción le duró 48 horas porque, aunque no podían darle la asignación original, le ofrecían una menos interesante, pero que Emma aceptó como el salvavidas que era aquella oportunidad.
Emma se deshizo de las lentillas y volvió a las viejas gafas de montura marrón que solo usaba cuando quería descansar los ojos y cuando se levantaba por las mañanas.
También se quitó el color negro de su melena, un color que había elegido desde que apenas era una adolescente porque su rubio natural no resaltaba el intenso azul de sus ojos.
Hizo un cambio físico porque necesitaba despojarse de quien había sido hasta ese momento y también se convirtió en la doctora Emma Grant.
No hizo el cambio de apellidos legalmente; era demasiado tedioso y no iba a esperar los casi tres meses que duraba el proceso, pero de alguna manera logró que en Londres se le registrara así a efectos públicos y para ella eso era más que suficiente.
Lo que más le dolió fue alejarse de su familia, despedirse de ellos con un abrazo largo y ver en la cara de su madre no solo el dolor que suponía ver a su hija marcharse al otro lado del mundo, sino también perder a la que empezaba a querer como suya propia, Sienna. Sus padres no podrían perdonarla.
En la actualidad. Londres.
―Doctora Grant, me pidió que le avisara cuando la familia de la señora Kirk llegara.
―Emma levanta la mirada y se encuentra con Hannah, una de las enfermeras.
Frunce el ceño y cuando ve la hora se da cuenta de que lleva tres encerrada en su despacho leyendo el informe que le ha mandado el doctor Brown desde Dublín―.
Diles que me esperen diez minutos, por favor.
Hannah asiente y se marcha rápidamente. Es de las enfermeras a las que les gusta muy poco estar cerca de Emma y su carácter frío.
Emma vuelve a clavar sus ojos en el informe que ha leído al menos seis veces.
Durante los siete años que Emma lleva en Londres, ha evitado leer cualquier noticia o información relacionada con Sienna Cole.
No ha sido tarea sencilla; Sienna se ha convertido en una cantante mundialmente conocida, sus canciones incluso han sido elegidas como bandas sonoras de películas taquilleras y su foto está en carteles publicitarios que Emma se ha encontrado hasta en la entrada del metro de Londres.
Así que ha escuchado sobre su posible adicción, cómo se le ha visto en los conciertos cada vez peor y de esos álbumes con canciones dedicadas a alguien que busca con desesperación, pero Emma pensaba que eran rumores o exageraciones. Se da cuenta de que estaba equivocada.
Suelta un suspiro, apaga la pantalla de su ordenador y se pone de pie. Tiene a una familia esperando, un trabajo que hacer y una mente que ocupar porque si todo sale bien, en dos días se reencontrará cara a cara con la que una vez creyó que era el amor de su vida.