Capítulo 5
E mma ha intentado dormir, ha hecho todo lo posible para desconectar su mente y dejarla en blanco, pero para su desgracia no lo ha logrado.
Ahora está en su cama, mirando el techo con una melancolía que hacía tanto que no sentía que le parece una intrusa que ha entrado en su casa sin permiso y ella no ve la hora de que se vaya.
Hay un reloj imaginario en su cabeza que le dice exactamente las horas que le quedan para que Dylan Cole se marche de Londres y eso —quiere creer— es bueno porque si deja pasar el día y se centra en otras cosas, en cuanto se dé cuenta, el hermano de la cantante no estará en su ciudad.
Entra en la cocina descalza y lo primero que hace es servirse un vaso de agua de casi medio litro, aunque las manos le tiemblan de ganas por beberse un termo entero de café.
Intenta distraerse de nuevo y decide poner una lavadora para aprovechar su día libre, ya que su mente ha elegido no darle descanso, pero como siempre, el universo la señala y le recuerda que la vida no es tan sencilla como ella quiere, así que Emma encuentra la tarjeta de Dylan que había guardado en el bolsillo de la bata que está a punto de lavar y maldice mientras la arruga.
Hay un debate moral justo ahí en el centro de su pecho que se mezcla con lo que sintió por Sienna hace más de ocho años.
Porque Emma, antes que nada, es médica, hizo un juramento y no puede negarle ayuda a nadie por un viejo rencor personal.
Chasquea la lengua y coge su ordenador portátil para hacer una búsqueda, pero cuando se sienta en el sofá, su móvil suena.
Es Freddi y Emma vuelve a sentirse miserable cuando lo único que le apetece es mandarlo al buzón de voz.
—Hola —contesta, poniéndolo en altavoz mientras enciende su ordenador.
Freddi la saluda como si llevaran semanas sin hablarse y Emma no cae en la cuenta del motivo por el que su novio la está llamando a esa hora si normalmente ella duerme toda la mañana cuando sale de una guardia nocturna.
—He olvidado cambiar la configuración de la lavadora y me ha saltado la alerta de que la puerta lleva abierta diez minutos con la carga a medias —dice Freddi, y de fondo se escucha una ambulancia—. Espero que hayas descansado algo. Lo siento, preciosa, tengo que irme. Te quiero.
Emma gira el cuello y se da cuenta de que ni siquiera ha terminado de meter la ropa en la máquina. Antes de que pueda contestar, Freddi ha cortado la llamada y ella se centra en su portátil.
Se pasa la siguiente hora revisando el procedimiento quirúrgico que se realiza en las personas con miocardiopatía hipertrófica obstructiva.
Lo tiene bastante claro, lo ha hecho al menos una decena de veces, pero lo que en realidad le interesa es saber los tiempos de recuperación exactos y otros datos que le ayuden a tomar una decisión.
—Mierda. —Emma lo dice con rabia porque, por más que intenta encontrar una excusa válida para negarse a operar a Sienna, no la consigue.
Nadie le está poniendo una pistola en la cabeza, y sería muy estúpida si se dijera a sí misma que lo hace por el juramento hipocrático. Simplemente, su cerebro la empuja a hacerlo; es algo tan sencillo como eso, y seguir fingiendo lo único que está haciendo es agotarla mentalmente.
Coge la tarjeta de Dylan y, antes de marcar su número, respira varias veces para que, cuando hable, su voz suene lo más firme posible.
El hecho de que acceda a tratar a Sienna Cole no implica que volverán a hablar como si nada hubiera pasado.
Ella será su médica, la que hará todo lo que esté en su mano para que pueda continuar haciendo vida con normalidad y, tras su recuperación, para que pueda volver a los Estados Unidos.
—¿Dylan? —pregunta, porque la voz al otro lado le parece demasiado ronca.
—¿Emma? —la reconoce Dylan de inmediato.
Se queda callada porque el vértigo que empieza a sentir la está mareando. Está a punto de abrir una puerta que cerró hace tiempo, alejándose de la mujer que usó su corazón para jugar a los dardos sin importar las consecuencias y, sin embargo, ahí está, con un pie en el borde del precipicio.
—Necesito el contacto de su médico en Dublín —empieza Emma, y ya no es la chica nerviosa de hace un segundo; ahora es la doctora experimentada que sabe lo que hace—.
Tengo que hablar con él sobre la condición de tu hermana y, si da su visto bueno, puedes prepararlo todo para trasladarla a Londres.
Los de Admisiones del St. Catherine's te enviarán todo lo que necesitamos para su ingreso.
Una vez allí, haremos todos los análisis para asegurarnos de que podemos operar.
Al otro lado de la línea se escucha un suspiro tembloroso muy parecido al llanto contenido.
—Emma, gracias, yo…
—Será bajo mis condiciones, Dylan —lo interrumpe Emma, segura de que si no se hace como ella diga, no se hará—.
Se hospeda en mi clínica bajo un nombre falso para que la prensa no se entere de dónde está.
En el St. Catherine's estamos acostumbrados a la privacidad y sabremos manejarlo.
Y no quiero hablar de nada que no sea un tema médico. ¿Está claro?
Lo último que quiere Emma es que Dylan mencione algo del pasado, aquella Navidad que celebraron junto a los Mitchell o cualquier cosa que traiga recuerdos que se deben quedar donde están: enterrados.
—Lo está —Dylan responde de inmediato.
—Envíame los datos del médico. Nos vemos pronto.
Emma cuelga la llamada y suelta el teléfono sobre el sofá como si fuera un arma con la que acaba de cometer un crimen.
Se quita las gafas y se pasa la mano por el cabello.
Sabe perfectamente lo que ha hecho y lo que más le asusta de todo esto es que realmente no siente el rechazo que siempre había creído que aparecería si alguna vez volvía a estar cerca de Sienna Cole.
Se pone de pie y camina hasta la lavadora.
La termina de cargar y la enciende para después ir a su habitación a vestirse.
Se pone ropa de deporte para salir a correr porque, aunque lo detesta y le parece el deporte más horrible que existe, es el único que consigue dejarla sin aliento y con la mente en blanco, algo que en ese momento necesita más que el aire para respirar.
Su vida está a punto de cambiar de nuevo, lo presiente, y ella tiene que luchar para seguir siendo la doctora Grant y no la Emma Mitchell que era en Boston y que era capaz de vender su alma al diablo solo porque una chica de ojos dorados le siguiera diciendo al oído que era la única mujer que había querido en toda su vida.