Capítulo 4 #2
Emma abrió la boca, pero la frase quedó suspendida en el aire cuando una muy atractiva Sienna Cole llegó hasta ellas.
La cantante tenía un estilo que la diferenciaba del resto de los invitados.
Llevaba un vestido sencillo de color blanco y una chaqueta oscura arremangada hasta los codos.
A mediados de junio, Boston era caluroso, pero por la noche alguna vez refrescaba y Emma no sabía si la chaqueta era por eso o un simple accesorio.
―Hola ―saludó Sienna. Miró primero a Danielle y luego a Emma a la vez que estiraba su mano―, soy Sienna.
Si Amber estuvo a punto de atragantarse hace un momento, Danielle por poco sufrió un infarto fulminante. Era la primera vez que veía a Sienna en persona y la doctora Turner era demasiado lesbiana como para evitar sentir que su fina piel empezaba a derretirse ante la presencia de la cantante.
―Yo, Danielle ―se presentó ante el mutismo de su amiga―, y ella es Emma. Emma Mitchell.
―Emma ―repitió Sienna, e hizo un gesto con los labios que la hizo ver condenadamente sexy―. No conozco a ninguna Emma; será mi primera vez.
Danielle quiso reír ante el comentario, pero la ceja levantada de Emma le borró la idea de un plumazo.
―Voy a buscar a mi mujer ―decidió Danielle cuando intuyó que sobraba. Sienna no quitaba su mirada dorada de la cara de Emma.
Emma observó la espalda de su amiga ―ahora «la traidora doctora Turner»― y enseguida enfocó a la cantante.
―Nunca te había visto por aquí ―dijo Sienna con la sonrisa con la que conseguía llevar a la cama casi a cualquier mujer―. ¿De dón…
―Ni yo a ti ―la cortó Emma, y vio cómo el rostro de Sienna se transformaba en un gesto de confusión―. Es la primera vez que oigo tu nombre.
Sienna la miró por un instante y de inmediato soltó una carcajada medida. Rápidamente la risa se le cortó; Emma no parecía estar bromeando.
―¿Hablas en serio? ―preguntó la cantante.
―¿Por qué no habría de hacerlo? ―respondió Emma, y se llevó otro canapé de salmón a la boca. Joder, es que estaban muy buenos.
Ese fue el comienzo de todo, el inicio del fin. Una fiesta demasiado extravagante, unos aperitivos jodidamente exquisitos y una cantante magnética, segura y algo arrogante que intentó conquistar a una muy heterosexual Emma Mitchell.
Emma no podía recordar el momento exacto en el que Sienna le dijo que le encantaría verla fuera de esa fiesta, otro día, quizá en un bonito restaurante, y en el que ella le aseguró que, después de esa noche, no volverían a verse.
Lo que sí recordaba la doctora Emma Mitchell Grant era que tres días después, el hospital en el que ella trabajaba se convirtió en una fábrica de suspiros y gritos ahogados cuando Sienna fue a buscarla cerca del mediodía para invitarla a comer.
No tenía ni idea del motivo por el que aceptó, porque en ese momento tuvo muy claro que la arrogancia de la cantante era tan desmedida que había sido capaz de buscarla asumiendo que Emma aceptaría acompañarla.
A Sienna Cole le bastaron exactamente dos meses y siete días para lograr que Emma olvidara el significado de la palabra «heterosexual».
Unos días más para que la doctora le confesara a su hermana Claire que había besado a la chica más alucinante del mundo entero, y menos de cuatro semanas después para decirle el primer «te quiero» mientras experimentaba el tercer orgasmo de una noche especialmente lluviosa con Sienna encima de ella, ambas completamente húmedas y con las pieles erizadas.
En la actualidad. Londres, Reino Unido.
―¿Estás bien, preciosa?
Emma cierra los ojos un segundo y después se gira para mirar a Freddi, que está a su lado con su habitual taza de té y su sonrisa cálida.
La visita de Dylan la noche anterior ha trastocado la tranquilidad que Emma había construido bloque a bloque durante los últimos ocho años.
La guardia nocturna que tuvo en la clínica fue desesperante; no logró concentrarse durante horas y por poco comete un error de principiante.
Esa mañana, cuando ha acabado su turno, no ha ido al gimnasio, ha vuelto a casa y no se esperaba que su novio siguiera en su piso.
Emma necesitaba estar sola, atrapar su mente con las dos manos y apretarla muy fuerte para sacarle cada pensamiento que la ha estado corroyendo, pero lo único que ha conseguido es un té con sabor a moho y los recuerdos golpeándole el cerebro y el alma sin compasión.
―Sí, solo estoy cansada ―miente Emma, y pone la taza sobre la mesa que tiene frente al sofá para después ponerse de pie―. Me voy a la cama, necesito dormir un rato.
Freddi también se pone de pie y le coge la cara con cariño, pero cuando se inclina para besarla en los labios, Emma gira un poco el cuello y la boca de Freddi aterriza en su mejilla.
Emma no puede dejar de sentirse miserable, así como no puede dejar de pensar que no solo es la doctora Grant, sino que antes del apellido de su madre, el de su padre ―Mitchell― va primero, aunque hace ocho años que no lo use.
Así como no usa las lentillas ni ese tinte de color negro que le encantaba ponerse en el pelo para que sus ojos azules resaltaran con el contraste de su piel blanca.
En ese momento le resulta imposible sacarse de la cabeza todos los cambios que tuvo que hacer para marcharse lejos de Boston, donde nadie la reconociera y pudiera asociarla con la pobre y desgraciada novia de Sienna Cole.
Y en ese preciso instante es cuando Emma se da cuenta de exactamente lo mismo que de forma inconsciente supo en aquella fiesta donde la conoció. Que este… este vuelve a ser el inicio del fin.