Capítulo 4
―¡Enhorabuena, Emma! ―dijo Claire, y la abrazó con toda la euforia que se podía tener a los veintitrés años.
A la felicitación se unieron Jeffrey y Susanne, los padres de ambas, envueltos en la alegría del momento, orgullosos de que su hija mayor no solo se hubiera graduado antes de tiempo en la escuela de medicina, sino que acababa de terminar la residencia en Medicina Interna y ya estaba comenzando la especialización en Cardiología.
Emma apenas tenía treinta años y, sin duda, era una de las estudiantes más inteligentes de su promoción.
Graduada con honores en Harvard, con un coeficiente intelectual por encima de la media y la empatía suficiente para hacer que los pacientes se sintieran cómodos en su presencia.
Uno de sus mentores en el hospital, durante la residencia, decía que Emma había nacido para vestir bata blanca y trabajar en un hospital resolviendo patologías complejas y salvando vidas.
Emma no dudaba de que había llegado a este mundo con el don de hacer lo que más le apasionaba.
―Dime, por favor, que lo celebrarás yendo a una gran fiesta a pasártelo bien ―rogó Claire con las manos juntas, como si estuviera haciendo una plegaria o pidiendo un milagro.
Emma levantó la comisura izquierda y Claire no se lo pudo creer.
La doctora Emma Mitchell Grant no sabía, desde hace tiempo, lo que era disfrutar de un viernes por la noche tomando chupitos baratos en un bar de mala muerte.
Aunque lo había hecho varias veces mientras estudiaba en la facultad de medicina, no era su prioridad.
Ella prefería pasar los fines de semana devorando enciclopedias a perder el tiempo, pero su rigidez inicial se había empezado a desvanecer.
Su segundo objetivo ya estaba cumplido y, mientras luchaba por el tercero en el camino de convertirse en cardióloga, estaba segura de que podría tomarse algunas libertades.
―Danielle me invitó a una fiesta ―explicó Emma mientras se sentaban en el patio trasero de la casa familiar en el barrio de Jamaica Plain―. Ya sabéis que su mujer es productora musical y mañana dan una fiesta en celebración por el disco de algún cantante con un evento benéfico.
―Algún cantante ―repitió lentamente Claire, negando con la cabeza―. Eres amiga íntima de Amber Collins, a la que, por cierto, se le ha visto codeándose con la mismísima Jenna Davies, y jamás has aceptado sus invitaciones.
Emma sonrió ante la irritación de su hermana.
Claire era una chica muy centrada y, aunque molestara a Emma por su poca ―o inexistente― vida social, ella tampoco era la chica fiestera que parecía ser.
Estaba incluso más centrada que la médica, analítica en cada situación y, sin duda, la que parecía mayor de las dos, pero Claire se preocupaba por ella.
A menudo le decía que la soledad por elección estaba bien, aunque hasta cierto punto.
No la empujaba a buscar pareja; eso era una decisión personal.
Lo que la incitaba era a salir más, a viajar, aunque fuera dentro de los Estados Unidos, y a disfrutar más lejos del hospital.
―Ese tipo de fiestas no son para mí ―Emma lo dijo mientras se cruzaba de brazos―. He aceptado esta vez porque ya he rechazado al menos diez invitaciones y porque Danielle no quería estar sola mientras su mujer intenta cerrar acuerdos.
―Seguro que te divertirás, hija ―dijo Susanne poniéndole una mano en el hombro.
Jeffrey solo asentía mientras cambiaba la página del periódico que estaba leyendo. No es que estuviera ignorando la conversación, pero después de treinta y cinco años de matrimonio, entendió que su mujer era la que siempre tenía las mejores respuestas para sus hijas.
Eran una familia de las tradicionales; Susanne y Jeffrey se casaron cuando tenían veintidós años y cuatro años después tuvieron a Emma.
Un buen tiempo pasó para que, como un milagro, naciera Claire y, con dos niñas en casa, la familia decidió dejar de crecer.
Ambos padres permitieron que sus hijas tomaran el camino que querían, por lo que apoyaron a Emma cuando quiso entrar en Harvard y a Claire cuando siguió el camino a la misma universidad, pero a la Facultad de Artes Liberales y Ciencias.
―¿Quieres que te acompañe a comprarte algo de ropa para la fiesta? ―le preguntó Claire, y Emma soltó un suspiro de agradecimiento.
―Por favor ―pidió Emma y esta vez fue ella la que juntó las manos en un gesto de falso rezo.
Dos días pasaron casi en un pestañeo y, en cuanto Emma se dio cuenta, estaba en una de las mansiones más exclusivas de Chestnut Hill, ataviada con un vestido azul ceñido y unos zapatos de tacón tan altos que sentía que en algún momento haría el ridículo cayendo dentro de la inmensa piscina.
―Esto es increíble ―escuchó Emma a su lado. Danielle lo observaba todo como si hubiera entrado a una mina de oro.
―¿Cuánto puede costar un sitio así? ―preguntó Emma levantando ligeramente la cabeza para mirar una puerta hecha con algún tipo de metal precioso que fácilmente podría costar más que su diminuto piso.
―6,7 millones de dólares ―dijo Amber Collins mientras sonreía, enfundada en su traje de ejecutiva poderosa―. Una ganga que Chester no dudó en adquirir.
Chester Philip, el hombre del momento y el que, al parecer, también nadaba en billetes verdes.
Emma de inmediato confirmó lo que ya sabía: ese no era su mundo.
No porque tuvieran más dinero que ella ―que también―, ese no era el problema.
Lo que a Emma le incomodaba era la opulencia exagerada que se respiraba en cada rincón.
Tenía la sensación de estar observando una batalla silenciosa entre los asistentes a la fiesta sobre quién tenía la cuenta bancaria más pesada, el yate más grande o la piscina más larga. Ridículo.
―Amber, amor, estoy encantado de que estés aquí ―la voz de un hombre joven retumbó frente a ellas―. Estás absolutamente espectacular.
El anfitrión y dueño de la exageradamente extravagante mansión apareció ante ellas.
El músico tenía treinta años, aunque aparentaba un poco más.
Vestía un absurdo traje negro con lentejuelas, zapatos brillantes y gafas oscuras a pesar de que era de noche.
Amber compuso una sonrisa perfecta que a Emma le parecía falsa y le dio dos besos en las mejillas a Chester.
―Enhorabuena, tu disco es lo mejor que he escuchado en años ―Chester y Amber se miraron. Ambos sabían que todo ese palabrerío era mera cortesía―. Esta es mi mujer, la doctora Danielle Turner, y la doctora Emma Mitchell.
―Entonces esta noche estamos seguros teniendo en mi fiesta a estas dos bellas damas ―Chester se acercó y besó las mejillas de ambas. Emma detectó de inmediato el fuerte olor a vodka―. Bienvenidas a mi humilde morada; espero que lo paséis en grande.
Chester les guiñó un ojo y se fue a saludar a más invitados.
Emma no tardó en darse cuenta de cómo el ambiente iba cambiando.
Cuando llegaron eran las siete de la noche y, ahora que ya eran las once, los invitados parecían haber perdido la compostura inicial.
Sus pupilas dilatadas, las charlas intensas e incluso el furor de algunas escenas demasiado románticas le confirmaban que los excesos eran casi lo primordial en ese tipo de fiestas.
―Sienna Cole no te quita la mirada de encima ―le dijo Amber a Emma cuando las tres habían salido al jardín a comer unos aperitivos que nadie había tocado.
―¿Quién? ―preguntó Emma, llevándose a la boca un trozo de salmón envuelto en algo que jamás había probado, pero que le sabía a cielo.
Amber y Danielle pusieron los ojos en blanco. Definitivamente, Emma vivía en una cueva.
―Sienna Cole es la compositora de « Midnight doesn't lie » ―dijo Danielle y se mordió los labios ante la cara de completa confusión de Emma―. ¿« Stay until the silence »? ―se atrevió a preguntar, y Emma negó con la cabeza.
―Lo siento, no sé quién es ―Amber por poco se atragantó con un panecillo de marisco―. No me suena haber escuchado esas canciones ni su nombre.
―Bueno ―dijo Amber dando la batalla por perdida―, Sienna ha aparecido como un tsunami.
Alguien la escuchó cantar, le propuso grabar una de sus canciones y todo estalló de repente.
En menos de seis meses ha sacado un disco y se ha dado a conocer en todo Estados Unidos.
Sus canciones suenan en las radios más populares y empieza a tener una buena cantidad de seguidoras capaces de lo que sea por un rato con ella.
Probablemente se convierta en la cantante del año y, si sigue como va, en tres o cuatro, la conocerán en todo el mundo.
Emma tuvo la necesidad de mirar y se dio cuenta de la magnitud de su error casi de inmediato.
La tal Sienna tenía su mirada clavada en ella de una manera tan intensa que Emma la sintió en su piel.
La cantante estaba rodeada de varias personas que le hablaban y gesticulaban, pero ella solo miraba a Emma.
―Que tu primera vez con una mujer sea con Sienna Cole es comenzar muy fuerte ―dijo Danielle mientras sonreía a su amiga.
Emma también sonrió, pero negó no solo con la cabeza.
―Ya sabes que no estoy en ese bando.
―Ni en este ni en ninguno ―soltó Danielle, y Amber decidió moverse a otro grupo antes de quedarse a escuchar la misma conversación de siempre: la vida amorosa de Emma Mitchell.
―No tengo tiempo para perderlo en relaciones que no me llevan a ningún lado, menos después de Tommy.
―Tommy quería una madre, no una novia ―Danielle detestaba a ese hombre que parecía un niño mimado.
Tommy había sido el último hombre con el que Emma había intentado tener una relación.
Tenía cuarenta años y todavía vivía en casa de sus padres porque, según él, era más práctico y no tenía que gastar dinero en alquilar un piso.
Su madre le planchaba hasta las corbatas y le dejaba sus comidas favoritas hechas cada día.
Danielle siempre decía que ese hombre era un desperdicio.