Capítulo 3
E mma Grant suprime un bostezo mientras se ata las zapatillas en su despacho.
Lleva días completamente agotada; le pasa cuando empiezan las guardias nocturnas porque a ella le cuesta eso de dormir de día, entonces cuando acaba por la mañana se va al gimnasio, entrena un rato y después se marcha a casa.
Tarda al menos un par de horas más en meterse en la cama y lo único positivo de esta rutina es que, cuando apaga la luz de su habitación, cae en un sueño profundo hasta que su despertador en forma de sol al ponerse la va despertando poco a poco.
Sin embargo, se levanta cansada, porque Emma siempre ha dicho que las noches son para dormir, pero lamentablemente ella no eligió la mejor profesión para pasar las madrugadas sobre su mullido colchón.
Se recoge el cabello en una cola alta y saca del pequeño armario una bata limpia.
Uno de los beneficios de ser la responsable de un grupo de cardiólogos en el St. Catherine's es que no tiene que compartir vestuario con sus compañeros porque dentro de su despacho tiene un baño privado y todo lo necesario para asearse en cualquier momento.
En su antiguo hospital ni siquiera los jefes de departamento tenían esos privilegios, pero claro, aquel sitio no era un centro médico de élite como es este.
Está a punto de entrar por última vez al baño cuando varios toques a su puerta la desvían de su camino.
―Doctora Grant, hay alguien preguntando por usted ―Chris, uno del equipo de seguridad de la clínica es quien le informa―. Un tema personal, me ha dicho.
Emma frunce el ceño; su círculo en Londres es bastante reducido y su único tema personal sería Freddi. Lo descarta de inmediato porque justo antes de iniciar su turno, hablaron durante unos minutos por teléfono; él estaba a punto de entrar en una operación que posiblemente se alargaría.
―¿Dónde está? ―pregunta Emma y sale de su despacho.
Chris señala con la cabeza hacia el pasillo.
―Le he dicho que esperara en la cafetería de los visitantes ―explica―. Si quiere, puedo acompañarla.
Emma niega y con un gesto le agradece el ofrecimiento. En el St. Catherine's se toman la seguridad muy en serio: hay detectores de metales en las entradas, todas las puertas tienen códigos de acceso y el personal siempre está rondando en cada pasillo.
La doctora Grant mira la hora y apresura el paso.
No tiene demasiado tiempo antes de empezar sus rondas y no le gusta comenzar tarde porque luego se le acumulan las visitas.
Cuando empuja la puerta de la cafetería, sus ojos se mueven con rapidez; hay pocas personas.
A esa hora las visitas ya han acabado y solo quedan los que intentan alargarlas un rato más.
De repente, el corazón de Emma empieza a bombear con fuerza y lo que era un latido se convierte en tres.
Dylan Cole está a unas mesas a la derecha con la mano ligeramente levantada y mirándola con intensidad.
El cerebro de Emma parece retroceder más de ocho años, a la última Navidad que celebraron en casa de sus padres, cuando Dylan estaba sonriente con su espesa melena castaña y los ojos de un color completamente diferente al de su hermana.
Ese Dylan no es el mismo que está viendo; este parece envejecido, con canas salpicando su cabeza y un gesto parecido al de un paciente crónico que no soporta más el dolor.
―Emma ―dice la voz masculina, y la doctora tiene que parpadear; le ha impactado tanto su presencia que no se ha dado cuenta de que Dylan se ha levantado y ha caminado hasta ella―. Siento presentarme…
―¿Qué haces aquí, Dylan?
Emma no lamenta ser brusca. No, no lo lamenta en absoluto, a pesar de que Dylan no tenga la culpa de todo lo que pasó, pero el simple hecho de tenerlo frente a ella es sentir como ese cuchillo que nunca ha podido terminar de sacar de su espalda se le retuerce con fuerza, causándole un dolor agónico.
Dylan se pasa la mano por el cabello y Emma, ahora teniéndolo tan cerca, se da cuenta de que incluso tiene varias arrugas que antes no adornaban su rostro.
―¿Puedes darme cinco minutos?
―No ―contesta Emma con firmeza―, estoy trabajando y, sinceramente, nada de lo que hayas venido a decirme me interesa.
Dylan asiente con calma, pero no quiere irse sin intentarlo con todo lo que está en su mano.
―¿Has visto las noticias? ―Dylan lo pregunta justo cuando Emma empezaba a girarse para abandonar la cafetería―. Lo que pasó anoche en Dublín.
Algo en el estómago de Emma vibra. Es de esas sensaciones parecidas al miedo, a lo desconocido, a poner un pie dentro de la jodida casa del terror de la feria de tu ciudad. Dylan aprovecha que Emma ha detenido todos sus movimientos para seguir hablando.
―A Sienna le han inducido el coma.
Hay un pitido agudo que atraviesa los tímpanos de la doctora Grant.
Es tan molesto que no sabe si es real o solo su cuerpo intentando sabotearla.
Gira el cuello y enfoca a Dylan; si ya le parecía desmejorado con el paso del tiempo, ahora parece que ha envejecido de golpe diez años.
Tiene los ojos húmedos y los labios ocultos en una fina línea, apretándolos con fuerza, aferrado a ese gesto para no desmoronarse.
―No… no he visto las noticias ―dice por fin Emma y su voz la traiciona con un leve tartamudeo―. Nunca las veo.
―Solo cinco minutos, por favor, te prometo que iré al grano ―vuelve a pedir el hermano de Sienna, y esta vez Emma nota el verdadero desespero oculto bajo esas fuertes cuerdas vocales.
La médica no contesta; camina hacia una de las mesas del fondo buscando privacidad. Lo hace con calma, porque sus piernas ya no parecen tan firmes a pesar de todo el ejercicio físico que hace. Cuando se sienta, Dylan lo hace frente a ella y, tal como ha dicho, va al grano.
―Colapsó anoche en pleno concierto ―comienza explicando―. Al principio no sabíamos el motivo hasta que los paramédicos se la llevaron y el doctor Brown, el médico que la atendió, me lo explicó todo.
Dylan empieza a relatarle todo lo que le informaron.
Habla de la miocardiopatía de su hermana, aunque sabe perfectamente que Emma ya estaba enterada de que la tenía de nacimiento.
Le cuenta sobre la futura operación y cómo le indujeron un coma para estabilizarla.
Emma lo escucha con la mirada afilada y la mandíbula tensa.
No quiere ponerle nombre a lo que está experimentando en ese momento; han pasado varios años y se supone que su cuerpo no tiene que reaccionar de esa manera.
Ella no tendría que reaccionar de ninguna forma.
―Lamento mucho lo que le ha ocurrido ―contesta cuando Dylan termina la explicación, evitando mencionar el nombre de Sienna―, pero aún no entiendo qué es lo que quieres de mí.
Dylan toma una respiración profunda; se prepara para pedirle algo a Emma que tiene un porcentaje muy bajo de probabilidades de éxito, pero él tiene que intentarlo. Dylan Cole haría lo que fuera necesario para salvar la vida de su hermana.
―Quiero que seas tú quien la opere, Emma ―lo dice con la voz firme―. Que seas su médica tratante.
Emma suelta una risa amarga y el sonido le recuerda al del cristal estrellándose contra el suelo.
―Dylan ―le dice mientras se lleva dos dedos de la mano derecha a su muñeca izquierda, ese gesto que hace cuando una situación empieza a apoderarse de su tranquilidad y ella necesita sentir su pulso latiendo con fuerza para recordarse que, sea lo que sea, podrá superarlo―.
Hay cientos de médicos competentes en Dublín y en cualquier otra ciudad y…
―Ninguno de ellos eres tú, Emma ―la interrumpe―.
Mi hermana se está muriendo y no basta con que un buen médico la opere; Sienna necesita aferrarse a la vida, tener motivos para seguir en pie, y te juro que no me importa si es sobre un escenario cantando o simplemente en su casa sin hacer nada.
Solo quiero que viva y sé que tú puedes lograrlo.
Dylan se rompe, y a Emma le recuerda el rostro de las personas que reciben la terrible noticia de que su familiar ha muerto.
Llora de una forma contenida, como suelen hacer los hombres en público, si es que se atreven a llorar alguna vez en la calle.
Emma solo puede estirar una mano y tocar ese brazo familiar que, durante un año, conoció tan bien.
Dylan era su amigo; más que eso, lo llegó a querer como a un hermano y él, al igual que varias personas, solo fue el daño colateral de un desastre que se llevó muchas cosas por el medio.
―Perdona ―Dylan se pasa las palmas de las manos por los ojos―. Todo esto… ya sabes…
Lo dice como si Emma lo supiera y, por mucho que le joda, lo sabe.
Dylan y Sienna eran ―no sabe si lo siguen siendo― hermanos de los que son todo el uno para el otro.
Esa clase de amor fraternal que se nota cuando ves a dos personas en el mismo espacio y ambas ríen mirándose a la cara con todo el cariño que puede caber en el universo.
―Soy consciente de que no debería pedirte esto, ponerte en esta situación después de que has reconducido tu vida lejos de todo ―Dylan se limpia una lágrima que le moja la mejilla derecha―.
Sabes que no soy alguien egoísta; de hecho, he mantenido a Sienna tan alejada como he podido todo este tiempo, pero esta situación es diferente.
Emma frunce el ceño; no está segura de entender lo que Dylan le dice, concretamente la parte en la que Sienna ha estado lo más lejos posible de ella gracias a su hermano.
―Casi un año después de que te fuiste, me pidió que te buscara ―explica Dylan―.
Quería que te localizara como fuera porque estaba convencida de que, si hablaba contigo en persona, podría conseguir que la perdonaras.
Te encontré, ¿sabes? Bueno, un investigador al que contraté.
Para entonces, Sienna pasaba las noches en el estudio grabando un álbum que tenía que salir en unos meses, así que aproveché y vine a verte.
Emma lo mira y en sus ojos brilla una curiosidad que muy pocas veces siente. Dylan voló hasta Londres, pero ella no recuerda haberlo visto; de hecho, si lo hubiera visto, por supuesto que lo recordaría.
―Me costó reconocerte ―le señala el color rubio de su cabello y las gafas―.
Salías del hospital universitario; el investigador me había dicho que habías comenzado una subespecialidad y, cuando te vi, no pude acercarme a ti.
Parecías feliz, Emma. Reías junto a una chica que caminaba a tu lado y, al cabo de unos segundos, un grupo se unió a vosotras ―Dylan sonríe por el recuerdo―.
Habías pasado página, tu vida estaba tomando una buena forma y no te merecías que estropeara eso, no después de lo que te hizo mi hermana.
Así que me fui y, cuando Sienna me preguntó unas semanas más tarde, le dije que simplemente habías desaparecido, que lo único que podía asegurar era que ya no estabas en los Estados Unidos.
Fue difícil convencerla de que no siguiéramos buscando y, aunque me costó mucho, lo conseguí.
Los recuerdos vuelven a agolparse en la mente de Emma, uno tras otro, como pequeñas fotografías que aparecen en destellos.
Le cuesta reconocer los momentos felices de esa época porque el dolor que vino después fue tan inmensamente potente para ella que eclipsó cada sonrisa que había esbozado desde que conoció a Sienna Cole.
―Yo… tengo una vida nueva, Dylan ―confirma Emma―, y no estoy segura de querer regresar a un sitio que me llevó a la oscuridad.
―En el que también fuiste feliz ―le recuerda Dylan, y levanta ambas manos como pidiendo disculpas por ese comentario―. Lo comprendo, pero tenía que intentarlo.
Emma asiente y se muerde los labios.
―También podría existir un conflicto de intereses ―dice Emma, aunque sabe que es una excusa barata; hace ocho años que no ve a Sienna y, además, Emma es una médica especializada en cardiología genética, por lo que no habría ningún problema en que ella se convirtiera en su doctora tratante.
―Claro ―contesta Dylan, y mira la hora en su reloj―. Me he pasado de los cinco minutos, lo siento.
Dylan se pone de pie y Emma hace lo mismo. Antes de caminar, saca su billetera y extrae una tarjeta pequeña de color negro.
―Estaré en Londres hasta pasado mañana por la tarde ―le dice Dylan extendiéndole la tarjeta―. Ahí tienes mi número de teléfono por si tienes alguna pregunta o cambias de opinión.
Emma coge la tarjeta de forma automática, no hay vacilación al hacerlo, y se da cuenta de que su cuerpo ha reaccionado antes que su cerebro; entonces recuerda con claridad que ese es el efecto que Sienna Cole producía en ella.
―Gracias por tu tiempo, Emma ―Dylan le sonríe, como en los viejos tiempos, y avanza por el pasillo buscando la salida.
Emma lo mira y, cuando desaparece al doblar en una de las esquinas, se da cuenta de que sostiene la tarjeta entre los dedos con tal cuidado que cualquiera pensaría que se trata de un billete de lotería premiado.
Se la guarda en el bolsillo de la bata y tiene que mover los hombros para intentar soltar parte de la presión que se ha instalado en su nuca.
―Doctora Grant, el paciente de la habitación dos ha entrado en parada ―un enfermero pasa corriendo por su lado, y es entonces cuando Emma se da cuenta de que su teléfono lleva emitiendo un pitido desde hace unos segundos.
Emma también corre y decide dejar que la noche de guardia se instale en su cabeza, y no el pensamiento desgarrador de Sienna intubada en una cama de hospital.
―¿Cuánto tiempo lleva en parada? ―grita Emma mientras hace algunas comprobaciones.
Emma se convierte en la doctora Grant y en su cerebro no hay nada más que el paciente que tiene frente a ella. O de eso quiere convencerse.