Capítulo 2 #2
Sienna cuenta detalles de estas letras en cada uno de sus conciertos sin revelar demasiado. Le gusta hacerlo y, además, el público conecta más con ella, sintiendo que conoce un pedazo más de su artista favorita.
—Confieso que empecé a escribirla hace ocho años y la acabé hace cuatro en una noche complicada —todos gritan y Sienna les regala una sonrisa—.
No estaba demasiado segura de publicarla, pero pienso que cuando quieres encontrar a alguien, tienes que gritar muy fuerte para que pueda escucharte.
« Open doors », señoras y señores, espero que la disfruten.
Sienna se gira para mirar a su banda y hacerles la señal para comenzar. Se frota el pecho; el tirón molesto sigue ahí, aunque ahora le duele menos. Cierra los ojos por un momento; esa canción la lleva a través de un viaje de recuerdos cargados de felicidad, pero también de dolor.
Eres la razón por la que creo en algo más.
La calma después de cada tormenta. Mi lugar seguro, mi puerta abierta…
Donde el ruido se vuelve silencio, donde el peso deja de doler, en tus brazos dejo de fingir, en tu voz puedo por fin ceder.
Iba a la deriva en la oscuridad, amor.
Cada noche era igual que ayer. Persiguiendo ecos, sombras vacías, llamando a alguien sin saber…
Entonces el mundo para Sienna se apaga, todo es oscuridad y dolor. Ya no hay aplausos ni vítores, hay gritos desaforados, llenos de urgencia y angustia.
—Sienna… Sienna…
La voz de Dylan es un eco y la cantante no sabe si está soñando, si sigue en la fiesta de anoche o simplemente se lo está imaginando. Su cuerpo es un saco de tela que alguien manipula sin cuidado; hay una superficie dura en la que cae su espalda y de inmediato algo le aprieta la cara.
Hay luces de colores y ruedas que chirrían, pero sobre todo hay soledad.
—¿Es usted Dylan Cole? —pregunta un médico vestido con una impoluta bata blanca.
—Sí, soy yo —dice y se levanta de un salto de la silla de plástico en la que esperaba—. ¿Cómo está mi hermana?
—Acompáñeme, por favor.
A Dylan el corazón se le detiene, pero pone una mano en la pared para no derrumbarse. Siente la mano del médico en su hombro y levanta la mirada.
—Tranquilo —le dice el médico—, está viva.
Dylan llora como aquella vez que trepó al árbol de su vecina Maggie para rescatar un gato y acabó estampándose contra el suelo.
La fractura en su brazo fue lo más doloroso que había sentido nunca y en ese momento pensó que se había quedado sin lágrimas.
Se dio cuenta de que eso no podía ser verdad porque sus padres murieron de repente en un accidente de tráfico y Dylan volvió a llorar durante días.
Lo único que le hizo controlar el dolor fue que, a partir de ese momento, tenía que ser fuerte para Sienna.
Pensar en perderla es como si volviera a caer del árbol de Maggie y esta vez se fracturara todo el cuerpo.
—Siéntate, por favor —le dice el médico cuando entran en una pequeña consulta—. ¿Quieres agua?
Dylan niega; lo que quiere es que le digan cómo está su hermana.
El doctor parece leerle la mente.
—Tu hermana nació con una miocardiopatía hipertrófica —comienza diciendo el hombre, pero cuando hace una pausa, Dylan toma la palabra.
—Lo sé; mi padre también la tenía, pero hacía vida perfectamente normal. Los médicos descubrieron que Sienna tenía el gen y desde entonces se ha estado controlando.
El doctor Brown lo mira como intentando decidir qué cosas decirle a Dylan y cuáles mantener en privado.
—He revisado su expediente, he podido contactar con uno de sus médicos en California y, salvo que se haya tratado en otro país, hace tres años que no va a un control.
Dylan lo sabe; de hecho, pensaba que había pasado más tiempo. Lleva intentando que su hermana cuide de sí misma tantos años que ha perdido la cuenta.
—¿Eso es lo que ha provocado que se desmayara en el concierto? —pregunta Dylan.
—En parte —dice el doctor Brown y junta ambas manos sobre la mesa—.
Tu hermana tiene el corazón debilitado y esto se debe al tipo de vida que lleva.
Cuando llegó al hospital, le hicimos una serie de pruebas y en las toxicológicas ha dado positivo, además de tener una tasa muy elevada de alcohol en sangre.
Tenía que haber sufrido arritmias, mareos cada vez más frecuentes, visión borrosa al menos en los últimos meses para que colapsara de esa manera y su salud estuviera tan debilitada.
Dylan baja la cabeza y cierra los ojos. Se masajea la frente sin entender cómo la vida de su hermana pequeña se ha convertido en lo que ahora es.
Muchas veces se ha sentido culpable por no pararla a tiempo y dejarla vivir su sueño sin límites.
En otras ocasiones, se ha sentido miserable porque ha pensado tantas veces en dejar de ser su mánager e irse lejos para no verla morir poco a poco.
—¿Se puede hacer algo, doctor? —pregunta con miedo.
El doctor Brown asiente.
—Lo primero es estabilizarla. Tiene que estar limpia, sin alcohol ni drogas en la sangre y lo más fuerte posible porque, si no, puede no aguantar la operación —el doctor coge una tableta, la desbloquea y se la enseña a Dylan—.
Esta es la parte del músculo engrosado y con la cirugía tenemos que hacer una especie de recorte para eliminar la obstrucción que se ha formado.
Es un procedimiento estándar que se realiza en centros especializados, pero necesitamos que Sienna esté estable.
—¿No deberían operarla cuanto antes? —Dylan no es médico, pero entiende que cuando hay una urgencia, las cirugías se hacen de inmediato.
Brown niega.
—Sienna está fuera de peligro ahora mismo y eso nos da un margen de tiempo para que su cuerpo expulse los tóxicos —explica con calma—.
De esa manera tenemos más probabilidades de que la operación sea un éxito.
Estará en coma inducido al menos durante una semana, pero, Dylan —el doctor lo mira a los ojos—, si tu hermana no empieza a cuidarse, la operación solo será un parche.
Dylan asiente y escuchar esas primeras palabras de alguna manera lo tranquiliza.
Se pone de pie, estrecha la mano del doctor Brown mientras le da las gracias y sale al pasillo del hospital.
Sus pies lo llevan hacia la calle y la cabeza le da vueltas en círculos.
No tiene muy claro qué va a hacer; solo quiere que su hermana se recupere y salga de esta situación sin secuelas, pero para eso tiene que asegurarse de que el equipo médico que la trate sea el más preparado.
No es que dude del doctor Brown, pero Dylan es consciente de que Sienna no solo necesita que la operación salga bien: su hermana necesita un motivo para aferrarse a la vida.
Saca su móvil y pide un taxi para ir al hotel; nada puede hacer en el hospital hasta que saquen a Sienna del coma.
Necesita estar despejado y pensar muy bien su próximo paso porque una cosa sí sabe Dylan Cole: tiene un vuelo a Londres que tomar.