Capítulo 2
—Déjalo ya, Dylan —dice Sienna mientras se aparta bruscamente de la silla en la que su estilista está terminando de peinarla.
—Estás agotada, Sienna —Dylan camina detrás de ella y se cruza de brazos cuando la ve abrir una lata de cerveza que ha sacado de la nevera—. Llevas semanas sin dormir bien y…
—Te he dicho que lo dejes —la voz de Sienna es casi un grito y todo el personal que trabaja para su banda se gira—. Necesito unos minutos a solas. Por favor.
Dylan suelta un suspiro cargado de cansancio, pero sobre todo de preocupación.
—Aún queda una hora para que empiece el show —dice, y saca el móvil de su bolsillo; no ha parado de sonar desde hace treinta minutos—. Descansa un rato.
Sienna Cole entra en su camerino y cierra la puerta colocando el pestillo.
Se pasa la mano por la frente, que le ha empezado a sudar, y se da cuenta de que sus dedos tiemblan tanto que difícilmente podrá controlar las cuerdas de su guitarra.
Dylan dice que lleva semanas sin dormir, pero ella perdió la cuenta de las noches en las que apenas ha rozado la cama.
A sus treinta y un años, Sienna ha logrado cada uno de esos sueños que, cuando era una niña, imaginó junto a su hermano en la tienda de campaña que sus padres armaban en el patio trasero de la casa familiar.
En su fría mansión en Malibú están los tres premios Grammy que ha ganado, el Billboard y el MTV, sin contar todos los que le han ido entregando a lo largo de su carrera y que, aunque no sean de renombre, son bastante importantes.
Ha cantado en la ceremonia de apertura de la UEFA Champions League, en festivales como Lollapalooza y ha asistido como invitada especial a eventos televisivos de la talla del Victoria's Secret Fashion Show y Rock in Rio.
Y con todo eso, Sienna se siente inmensamente vacía.
Hace mucho tiempo que está perdida y, aunque a veces piensa que tiene que parar para buscar el camino de vuelta, la música, el público y las luces de los escenarios son lo único que la mantiene viva.
Del bolsillo interno del estuche de su guitarra saca una de las papelinas que tiene guardadas. El corazón se le acelera, las manos se le humedecen y la bolsa se le resbala entre los dedos.
—Joder —farfulla y se agacha para recogerla del suelo.
Se sienta frente a una pequeña mesa de madera que tiene un gran espejo y, mientras se seca las palmas contra el pantalón que lleva puesto, su mirada se clava en su propio reflejo.
Jad —su estilista— hace milagros como siempre, pero Sienna sabe que debajo de esa gruesa capa de maquillaje se esconden dos surcos bajo sus ojos dorados, esos que ya no brillan desde hace tiempo.
Logra abrir la bolsa y la vuelca entera sobre la pulida madera.
Rebusca entre sus cosas para sacar la tarjeta y la pajita que siempre tiene guardadas.
Hace dos líneas gruesas, se lame los labios y se inclina hacia adelante con la pajita dentro de la nariz.
Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, sintiendo cómo la adrenalina va subiendo desde los dedos de sus pies hasta llegar al pecho, que ahora sube y baja más rápido, con ansiedad y euforia.
Veinte minutos después, Dylan toca la puerta de su camerino y Sienna mueve la mandíbula varias veces para destensarla.
Hay momentos —como justo ahora— en que se siente una persona miserable.
Dylan Cole representa todo lo que Sienna tiene en esta vida; es su mánager, su hermano y su única familia viva, y ella, a menudo, lo trata como si fuera un completo desconocido que no merece su atención.
—Joder, Sienna —Dylan entra cuando su hermana abre la puerta y le quita el cigarro de la mano de un tirón—. Ya sabes que no puedes fumar, mucho menos cuando falta poco para subir al escenario.
Sienna se humedece los labios y Dylan —porque ya es algo que hace de forma automática— desvía la mirada hacia la mesa que está a la izquierda y nota los restos de polvo blanco.
—Tienes que parar —le repite su hermano y, esta vez, lo dice con un tono de voz que le sabe a derrota. Baja la cabeza y se pinza el puente de la nariz—. Te estás matando y en el camino acabarás llevándome por delante.
Lo único que escucha Sienna es el sonido amortiguado de la música que suena fuera, esa que pone un DJ mientras ella se prepara para salir al escenario.
Ahora mismo está en el cielo, completamente estimulada y lista para dejarse la voz frente a las quince mil personas que la han venido a ver al 3Arena de Dublín.
—Estoy bien, Dy —contesta ella, y toma una bocanada de aire para intentar calmar su agitación.
—¿Segura de que puedes salir a cantar? Sabes que siempre podemos mover las fechas.
Dylan lo pregunta porque su hermana ha estado en una espiral de excesos desde que su primera canción empezó a sonar en todas las emisoras de Estados Unidos, pero desde hace cuatro años, Sienna ha tocado fondo y no ha podido volver a levantarse.
Sigue componiendo canciones increíbles que millones de personas cantan cada día, haciendo shows que aparecen en todos los periódicos que existen y siendo una de las mejores artistas de las últimas décadas, pero Dylan se pregunta casi cada día cómo su hermana se mantiene todavía en pie.
—Estoy perfectamente —Sienna abre los brazos y da una vuelta de 360 grados—. Y no pienso cancelar; todos ellos — señala hacia fuera— han venido a verme cantar y eso es lo que voy a hacer.
Dylan la mira durante unos segundos sin decir una palabra al respecto.
—¿Sales ya? Faltan diez minutos.
—Dame tres y estoy fuera —contesta Sienna y le sonríe a su hermano.
Dylan se da la vuelta y sale del camerino mientras saca su móvil del bolsillo.
Si la decisión dependiera de él, hace meses que habría parado todo esto.
Sienna necesita un descanso, desintoxicarse y reorganizar su vida, pero su opinión no vale absolutamente nada, sobre todo cuando Northstar Records es quien paga la extravagante vida de Sienna y tiene un contrato que la mantiene atada a ellos con varios discos.
—Jason —dice Dylan cuando el ejecutivo contesta la llamada—. ¿Te han dado alguna respuesta?
Jason Kelly es un ejecutivo de la discográfica responsable de tomar todas las decisiones que tengan que ver con la carrera de Sienna.
Un tipo arrogante que nunca le ha caído ni bien ni mal como persona, pero del que, como profesional, Dylan tiene muchas cosas que decir.
Jason ha impulsado la carrera de su hermana y Sienna está en la cima, en parte, gracias a sus estrategias.
Sin embargo, también es el responsable de que ella no haya podido hacer una pausa en su carrera y, sobre todo, desintoxicarse.
—Dylan —saluda el hombre—. ¿Dónde está nuestra estrella?
—Está en el camerino a punto de salir.
—Quince mil personas, Dylan —le recuerda Jason—. Tiene que darlo todo.
Dylan se muerde la lengua para no decirle que deje de repetir lo mismo que lleva diciendo dos putas semanas.
—¿Te han dado alguna respuesta? —vuelve a preguntar porque el ejecutivo parece esquivarlo.
Jason resopla, pero lo hace de una manera tan suave que Dylan no está seguro de si se trata de un gesto de fastidio.
—Para que pueda tomarse un descanso, tiene que acabar el disco y la gira, Dylan —Jason hace una pausa—, y ya sabes que eso no es negociable.
—No puede más, Jason —lo dice con rabia—. Si la vieras…
—La he visto y no he notado nada raro en ella —Dylan quiere reír de la misma manera que Jason lo está haciendo en su propia cara—. Anoche hablamos y me dijo que se encontraba bien.
Anoche Sienna estuvo en The George toda la noche y no llegó al hotel hasta las siete de la mañana en un estado tan deplorable que ni siquiera reconoció a Brian, su baterista, cuando este salía a correr por la ciudad.
—Dale ánimos a nuestra estrella, Dylan.
Y Jason corta la llamada, dejando a Dylan en un estado de ansiedad mayor al que lleva arrastrando desde que la vida de Sienna es un auténtico desastre.
Unos minutos más tarde, Jad está retocando el maquillaje de Sienna. Su banda ya está en el escenario y ella se prepara para salir cantando una melodía suave con los ojos cerrados.
—¿Lista? —pregunta Dylan cuando están al pie de la escalera que conduce al escenario.
—Lista —contesta ella, y hace varias respiraciones.
—Tú cantas y yo te sostengo.
—Siempre —contesta Sienna esa frase que llevan repitiéndose desde que eran unos niños.
—¡Buenas noches, Dublín!
Sienna Cole salta al escenario con la misma fuerza de siempre, envuelta en una energía magnética que ha atrapado a sus seguidores desde su primera aparición en público después de que la fama tocara su puerta.
El concierto comienza con un repertorio de tres canciones seguidas.
Sienna canta y se mueve por la tarima con confianza mientras su banda la acompaña.
No es hasta la quinta canción cuando siente un tirón en el pecho.
Está acostumbrada, le suele pasar, pero últimamente son más fuertes y el de ahora le corta la respiración.
Deja de tocar la guitarra y sostiene el micrófono hacia el público, invitándolos a que sigan la letra mientras ella recupera el aliento.
Dylan lo nota y no despega los ojos de ella, pero se calma cuando su hermana retoma la canción y sigue cantando como siempre.
En Mitchell Street, aún veo tu cara.
En cada esquina, en cada lugar, daría todo por deshacer la noche en que te dejé escapar.
Apuesto a que vuelves a dormir por las noches, mientras yo aún aprendo a dejarte ir.
Sienna rasga las cuerdas de su guitarra varias veces hasta que el público estalla en gritos y aplausos. Se toma un minuto para quitarse la guitarra y sacar el micrófono del soporte.
—La siguiente canción forma parte del disco que saldrá en unos meses —la gente grita, eufórica—. Y como cada una de mis canciones, esta también tiene una historia.