Tú te lo pierdes
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Capítulo 1
L a poca luz que entraba en la habitación parecía creada exclusivamente para ella.
Sentada en la cama con el cabello castaño revuelto y con apenas una camiseta cubriendo su torso, sostenía la guitarra como si fuera una extensión de sí misma.
Sus dedos se movían con calma, rasgando las cuerdas con suavidad, pero con una maestría que ya había dejado a más de uno con la boca abierta y, cuando parecía que la escena no podía ser más perfecta, abrió la boca y el mundo se detuvo en un suspiro.
Eres la razón por la que creo en algo más. La calma después de cada tormenta. Mi lugar seguro, mi puerta abierta…
—Es preciosa —dijo la otra chica desde el umbral de la puerta, con el café en la mano y la toalla aún envuelta en la cabeza.
—Es para ti —contestó al mismo tiempo que sus dedos volvían a rasgar las cuerdas de la guitarra.
—No te creo —dio varios pasos hasta la chica que ocupaba la cama y la besó mientras sonreía.
—Todavía no está acabada, pero te aseguro que esta canción es tuya y algún día el mundo entero la escuchará.
—Doctora Grant, el paciente está esperándola.
Emma Grant vuelve a la realidad con un golpe brusco, como si cayera de repente de un segundo piso y sus piernas fueran lo único que mantiene en pie a su cuerpo.
Parpadea e intenta disimular ajustándose las gafas para después coger el historial de Nick Anderson, un hombre que voló hace dos meses desde Utah para operarse de una miocardiopatía hereditaria y que no se ha recuperado como esperaban.
—De acuerdo —logra verbalizar Emma, pero antes de moverse de donde está, se gira hacia la enfermera—. Y Hannah, que alguien cambie esa música. Es horrible.
Hannah no puede evitar torcer el gesto, pero se limita a asentir porque la doctora Emma Grant no es de las que le entusiasma tener que repetirse.
Tampoco es que sea una tirana; la gente en el hospital la aprecia, pero todo el mundo sabe lo directa que es, lo poco que tolera las tonterías y lo mucho que le gusta que, cuando ella pide algo, esto se cumpla.
—Ahora mismo, doctora —Hannah intercambia una mirada con otra enfermera y ambas se mueven hasta la sala que lo controla todo.
El St. Catherine's Private Hospital es una institución hospitalaria de élite ubicada en el centro de Londres.
Habitaciones lujosas con baño privado, comida a la carta recién preparada por un cocinero galardonado, guardias las veinticuatro horas y un cine.
A Emma le costó adaptarse; su antiguo hospital era de los que tenían una máquina de café que se atascaba a la hora de comer, había más personal de seguridad que médicos y desde luego no tenían ese irritante hilo musical sonando todo el día.
Es una de las cosas que Emma más detesta —eso y a algunos pacientes que creen que, por tener dinero suficiente para vivir cien vidas, pueden tratar al personal como les da la gana— porque para ella, un hospital debería ser un sitio donde el único sonido que debería existir fuera el de las máquinas, los altavoces llamando a los médicos y el trajinar del día.
—Señor Anderson —saluda Emma cuando entra a la habitación diecisiete—. ¿Cómo se encuentra?
El hombre hace un sonido con la boca que parece una queja, pero Emma lo ignora; no le gusta fraternizar con sus pacientes más allá de lo estrictamente profesional.
—¿Siente algún dolor? —inquiere la doctora acercándose a Nick, que la mira desde la cama con cierta desconfianza.
—No, pero estoy harto de estar aquí —contesta removiéndose incómodo—. Hace un mes que debería estar de vuelta en casa.
Emma no contesta de inmediato; se queda a un metro de Nick mientras revisa las notas que han dejado sus compañeros de la guardia nocturna. Lee dos veces —un defecto profesional que tiene desde que trató a su primer paciente— y pasa a la página siguiente, en la que tarda un minuto.
—Entiendo su desesperación, señor Anderson, y créame, yo también lamento que aún esté aquí —Emma lo mira un momento y luego camina para comprobar la bolsa de suero que está colgada al lado de la cama—, pero usted no cumplió con las indicaciones.
Siguió fumando dos puros diarios y bebiendo, ¿cómo era?
—pregunta ella fingiendo tener una pésima memoria, aunque sabe bien la respuesta.
—Bourbon —contesta Nick de inmediato—. De Kentucky, 51 % maíz.
Nick lo dice como un gran patriota, como si beberse una botella de bourbon a la semana lo convirtiera en un verdadero americano y no en un hombre débil con una miocardiopatía que empeoraba cada día más hasta casi dejarlo postrado en una cama.
—Exacto —concuerda la médica—. Es por eso que sigue aquí, señor Anderson, y hasta que no tenga la fuerza suficiente para salir de esta habitación por su propio pie, me temo que seguirá ingresado con nosotros.
Nick se cruza de brazos en un gesto de enfado que roza lo infantil y decide no volver a hablar. Emma lo agradece; para ella no es un castigo, es un regalo que un paciente se mantenga callado y le deje hacer su trabajo.
Cinco minutos después, acaba la revisión y la doctora se cuelga el estetoscopio al cuello.
—Avisaré a la enfermera de que ya está listo para recibir su medicación —Emma lo mira durante un segundo por si su paciente tiene alguna pregunta, pero Nick tiene la cara girada hacia la ventana—. Nos vemos mañana, señor Anderson.
Emma sale de la habitación y, mientras camina, saca el móvil del bolsillo de su bata.
Escribe con una velocidad asombrosa todo lo que ha hecho en la revisión y envía un aviso a una de las enfermeras que aparecen como disponibles.
El St. Catherine's tiene un sofisticado programa para que los médicos documenten absolutamente todo lo que hacen con sus pacientes: una visita de rutina, una operación o incluso una conversación trivial que arroje datos importantes para el historial médico.
Todo eso se almacena en una base de datos a la que los médicos —según el nivel que tengan— tengan acceso desde cualquier lugar.
Gira en la esquina y empuja las puertas dobles que conducen a la cafetería del personal sanitario. El hospital tiene tres: una para los pacientes, otra para los visitantes y una inmensa para los médicos, enfermeras, celadores y administrativos.
—Grant —escucha Emma y se gira. Localiza la mano levantada de su amiga y camina hasta ella.
—Vaya mierda de día —es lo primero que dice Rachel cuando Emma se sienta frente a ella.
—No pareces muy contenta —contesta y se quita las gafas para frotarse los ojos. Está agotada.
—Ni yo estoy contenta ni tú pareces despejada —Rachel la señala con el tenedor mientras mastica unas hojas de lechuga—. ¿Qué te pasa?
Emma levanta la mirada y clava sus ojos azules en Rachel.
A ella no puede mentirle y, si lo intenta, su amiga la atraparía de inmediato.
Llevan conociéndose siete años, casi once meses después de que Emma llegara a Londres completamente hundida y sin saber cómo encarrilar su vida.
Tuvo la oportunidad de hacer una hiperespecialización en Cardiología Genética en uno de los hospitales universitarios más prestigiosos de la ciudad y allí conoció a Rachel Ashford, una enfermera de Birmingham con quien de inmediato hizo buenas migas.
No coincidían siempre; Emma estaba en el grupo de los médicos, pero Rachel siempre la esperaba fuera para arrastrarla a tomar una pinta.
—Pareces verdaderamente jodida —le dijo una tarde—. Si necesitas hablar, yo soy tu chica.
Al principio, Emma cambiaba de tema de conversación constantemente, apartándose todo lo que podía de lo personal porque, aunque Rachel se había vuelto alguien cercano, no estaba segura de querer contar su historia, no solo porque sería remover el puñal que aún sentía clavado en su espalda, sino porque quería mantener intacta su privacidad.
Un día se derrumbó en un Wetherspoon que quedaba a dos calles del hospital y en donde ya las conocían porque siempre pedían la pinta de cerveza más barata de la carta y se sentaban en la mesa más alejada de los baños.
Emma le contó todo, no se dejó nada —salvo la identidad de Sienna Cole— porque después de un año necesitaba vomitar lo que realmente le hizo sentir todo aquello que vivió y la obligó a cambiar su vida.
Rachel la abrazó y fue la única vez que no dijo ningún improperio de los suyos.
Al día siguiente, la enfermera pareció vengarse y sacó todo su repertorio de expresiones obscenas para mostrar apoyo a su amiga malherida.
Desde ese momento han sido como hermanas que no comparten sangre, pero sí vivencias.
Trabajan juntas en el área de cardiología en el St. Catherine's y al menos una vez cada dos semanas quedan fuera de ahí para hablar de ellas con la misma pinta de cerveza en la mano que beben desde hace siete años.
—No lo sé, Rach —contesta con sinceridad.
—¿De verdad no lo sabes? —pregunta la enfermera dejando a un lado su insípido cuenco de ensalada.
Emma se coloca nuevamente las gafas. A menudo echa de menos las lentillas; aún no se acostumbra a que algo le moleste en la cara a pesar de que lleva mucho tiempo usándolas.
—Llevo días intentando descubrirlo, pero por más que lo pienso, no encuentro la razón —Rachel hace un ligerísimo movimiento de labios, aunque no dice nada—. Debería estar feliz, tengo un grupo de cardiólogos competentes a mi cargo y los residentes son bastante buenos.
—¿Y en casa? —pregunta Rachel inclinando la cabeza a un lado. Emma reconoce el gesto; su amiga lo hace cuando intuye qué pasa, pero espera que sea Emma quien se lo diga.
—En casa todo está bien —la médica de inmediato se lleva dos dedos de la mano derecha a su muñeca izquierda. Rachel baja la mirada y lo nota, pero, de nuevo, no dice nada—. Como siempre. Estamos bien.
Rachel suspira y recupera el cuenco de ensalada. Lo mira con algo de desprecio; hace tres días que comenzó a comer menos comida basura y echa de menos una buena hamburguesa con patatas fritas.
—¿Qué te parece si a final de la semana vamos a ese sitio que huele a pies, pero que tiene la cerveza más fría de todo Shepherd's Bush y hablamos un poco más? —la enfermera lo dice guiñándole un ojo y Emma sonríe de verdad por primera vez ese día.
—Te compro la idea —contesta la doctora Grant y mira la hora en el enorme reloj blanco de la cafetería—. Me voy a la sala de juntas, tengo revisión con los residentes.
—Suerte. Y Grant —la llama Rachel antes de que Emma camine hacia la puerta—. Hazles sangrar.
Emma niega con una sonrisa en los labios mientras atraviesa las puertas dobles y en ese justo momento, su cara vuelve a ser la de la doctora Emma Grant, jefa del departamento de Cardiología Genética del St. Catherine's Private Hospital.
Alabada por algunos, detestada por otros pocos y temida por unos cuantos.
Pasa por su despacho para coger dos carpetas que va a necesitar y, cuando está abriendo uno de los cajones, su teléfono le avisa de que tiene una notificación.
Freddi
He comprado ingredientes para preparar tu pasta favorita. ¿Nos vemos esta noche en tu casa?
Emma se queda absorta viendo el mensaje durante al menos treinta segundos. Se muerde el labio porque en realidad tiene muy pocas ganas, pero si le dice que no a Freddi, sería la tercera vez en esa semana que le cancela y él no se lo merece.
Emma
Claro, nos vemos esta noche. Estaré en casa a las seis.
La respuesta de Freddi no tarda en llegar.
Fredd:
Tengo muchas ganas de verte, cariño. Te quiero.
Emma sencillamente no contesta. Se dice a sí misma que no puede perder un minuto más porque los residentes la están esperando.
No es que no quiera a su novio, claro que lo quiere; llevan estando juntos cuatro años sin contar las quince citas que tuvieron antes de que él apareciera en su casa con una camiseta espantosa del Manchester United diciéndole que nunca había sentido lo suficiente por una mujer como para regalarle esa prenda de su equipo favorito.
Después le pidió ser su novia y Emma aceptó porque el doctor Freddi Hudges había logrado que su corazón dejara de sangrar.
Y ahora, a sus treinta y nueve años y tras varios de relación, Emma sigue teniendo la misma duda: ¿lo quiere de verdad?
—Mi hermana pudo ir a su concierto en Múnich y me dijo que fue el mejor espectáculo que ha visto en su vida.
Algo en ese comentario hace que Emma detenga sus pasos en seco.
Estaba a punto de entrar en la sala de juntas cuando ha oído a una de las residentes hablar.
No es de las que les gusta escuchar conversaciones en las que no está involucrada, pero su maldito corazón tiene una especie de radar que detecta cuando están hablando de alguien en particular sin necesidad de oír su nombre.
—El último disco simplemente es una obra de arte —sigue diciendo la residente—. Open Doors ha terminado de consolidar su carrera. No hay nadie que se iguale a ella, aunque últimamente se la ve agotada; dicen que la adicción que tiene ya es incontrolable.
Emma siente cómo la piel le arde, ese dolor punzante que parece la quemadura de un cigarrillo en el centro del pecho.
Experimenta incluso una especie de mareo porque su mente se ha inundado de cientos de recuerdos en tan solo unos segundos.
Recuerdos que ella ha guardado en un lugar bajo llave y que solo les permite salir cuando la cogen desprevenida.
—¿De quién habláis? —pregunta otro residente que Emma no puede identificar solo por la voz.
—De Sienna Cole.