Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 28
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Siempre pensé que las historias de amor eran mucho más sencillas de lo que realmente son.

Cuando era pequeña imaginaba que bastaba con encontrar a la persona adecuada.

Alguien que te mirase y te viese de verdad.

Alguien capaz de reconocer aquello que ni siquiera tú eres capaz de encontrar cuando te observas frente al espejo.

Me equivoqué.

Las historias de amor no empiezan cuando conoces a alguien. Empiezan mucho antes. Empiezan el día que aprendes a sentirte sola.

Yo me sentí sola durante años.

Incluso estando acompañada.

Incluso durmiendo junto a otra persona.

Incluso compartiendo una casa preciosa, una vida aparentemente perfecta y un futuro que cualquiera habría envidiado. La soledad es una cosa extraña .

No tiene que ver con el número de personas que te rodean. Tiene que ver con cuántas son capaces de encontrarte. Y durante mucho tiempo nadie me encontró.

Hasta que ocurrió. Hasta que una mañana cualquiera, alguien decidió escucharme. Todavía recuerdo aquella oficina. El ruido de los teclados.

Los nervios que me hacían temblar las manos mientras intentaba explicar por qué necesitaba ayuda. Y recuerdo sus ojos.

No porque fueran especialmente bonitos. No porque fueran extraordinarios. Los recuerdo porque fueron los primeros que no parecieron juzgarme.

Me miró como si yo todavía pudiera convertirme en alguien.

Como si mis fracasos no fueran definitivos, como si mis errores no me definieran.

Y hay personas que jamás entienden el poder que tiene algo tan simple.

Sentirse visto, sentirse comprendido, sentirse elegido. A veces una vida entera cambia por algo tan pequeño.

Después llegaron los hoteles.

Las carreteras.

Las conversaciones interminables.

Los cafés que se enfriaban mientras hablábamos de libros, de sus hijos, de sueños rotos y de todas esas pequeñas heridas que los adultos aprendemos a esconder bajo la ropa igual que escondemos las cicatrices .

Éramos dos personas intentando sobrevivir. Dos personas que llevaban demasiado tiempo fingiendo. Y durante un tiempo creí que eso era suficiente. Creí que el amor consistía exactamente en eso.

En encontrar a alguien tan roto como tú y aprender a sosteneros mutuamente.

Ahora sé que no. Ahora sé que el amor es algo mucho más peligroso. Porque cuando amas de verdad ya no vuelves a ser la misma persona. Y una parte de mí murió el día que comprendí eso.

A veces me pregunto qué pensarían de mí si conocieran toda la historia. La verdadera.

No la que cuentan los periódicos. No la que imaginan los policías. No la que aparece en los informes.

La verdadera. La de una mujer que solo quería sentirse querida. La de una mujer que confundió el destino con las decisiones.

La de una mujer que pasó toda la vida escribiendo historias ajenas sin darse cuenta de que estaba destruyendo la suya.

Quizá me odiarían.

Quizá tendrían razón.

O quizá entenderían que todos somos los héroes de nuestro propio relato.

Incluso cuando dejamos de serlo para los demás.

El mar se extiende delante de mí.

Azul, inmenso, indiferente.

La brisa mueve algunas páginas mientras observo cómo el sol comienza a desaparecer en el horizonte .

He cambiado muchas veces de ciudad, de casa, de vida, pero hay cosas que nunca cambian.

Sigo escribiendo, supongo que esa siempre fue mi verdadera naturaleza, convertir el dolor en palabras, transformar los recuerdos en capítulos, buscar finales donde solo existen consecuencias.

Y aquí viene el principio de esta maravillosa novela que os va a cautivar.

Levantar un cuerpo sin vida es muy complicado…