Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 29
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El despacho estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo, sino de esos que se sienten extraños, como si las paredes también estuvieran escuchando lo que ocurría dentro.

Lara dejó el informe sobre la mesa sin hacer ruido, aunque el golpe del papel contra la madera le pareció demasiado fuerte en su propia cabeza. Velasco ya estaba sentado frente a la pantalla, pasando páginas con una velocidad cada vez más lenta, como si el texto empezara a pesarle físicamente.

―No me lo estoy inventando, ¿verdad? ―murmuró él sin apartar la vista.

―No ―respondió Lara tras unos segundos―. Está todo ahí.

Se quedaron en silencio otra vez.

El documento no era un informe policial. O al menos no del todo .

Era otra cosa. Era un manuscrito.

Velasco avanzó un par de páginas más y frunció el ceño, leyendo en voz baja fragmentos sueltos, como si necesitara oírlo para entenderlo mejor.

―Él me miró como si yo todavía pudiera ser salvada… ―levantó la vista un instante―. Lara, esto no es una declaración.

―Ya lo sé.

―Esto es… ―buscó la palabra exacta, pero no la encontró.

Lara tomó aire despacio, apoyándose en el respaldo de la silla mientras fijaba los ojos en la pantalla.

―Es una novela.

Velasco soltó una risa corta, incrédula, casi nerviosa.

―Una novela… sobre una triple desaparición.

―Y un asesinato.

―Y sobre ella misma.

Lara asintió lentamente, sin apartar la mirada del texto.

Había algo profundamente perturbador en la forma en la que estaba escrito.

No era el contenido, no del todo. Era el tono.

La distancia emocional. La manera en la que cada acto terrible estaba envuelto en una especie de belleza narrativa, como si el dolor tuviera que justificarse para poder existir dentro de la historia.

―No lo cuenta como un crimen ―dijo Lara finalmente―. Lo cuenta como si fuera amor.

Velasco pasó otra página.

El silencio volvió a caer, más pesado que antes .

―Aquí describe a Nicolás como si fuera… ―se detuvo, negando con la cabeza― como si fuera el salvador de su vida y a la vez su verdugo.

―Lo era en su historia ―corrigió Lara sin mirarlo.

―Y Sergio…

―El obstáculo.

Velasco levantó la vista, desconcertado.

―Esto no es una confesión.

Lara se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa.

―No.

―Entonces, ¿qué estamos leyendo?

Lara tardó en responder.

Porque la respuesta no era cómoda.

Ni sencilla.

―Estamos leyendo cómo alguien convierte su realidad en una novela.

Velasco cerró el documento unos segundos, como si necesitara alejarlo de sí mismo.

―¿Y Julia?

Lara volvió a mirar la pantalla donde también estaba el manuscrito escaneado.

Y allí, entre capítulos, escenas y diálogos reconstruidos con una precisión inquietante, Julia no aparecía como cómplice ni como víctima ni como espectadora.

Aparecía como algo peor.

Como personaje secundario en la historia de otra persona.

―No la nombra para culparla .

Velasco se pasó una mano por la cara.

―Entonces, ¿qué hacemos con esto?

Lara no respondió de inmediato.

Se levantó, caminó hasta la ventana del despacho y observó la ciudad sin realmente verla.

Había visto muchos casos.

Mentiras.

Encubrimientos.

Confesiones tardías.

Pero esto era distinto.

Tenían unos hechos dentro de un relato.

―Lo archivamos ―dijo finalmente.

Velasco se giró sorprendido.

―¿Así de simple?

Lara asintió sin volver la vista.

―No es simple.

Es lo único que podemos hacer.

Se hizo un silencio largo.

De esos que no se rompen fácilmente.

Velasco cerró el expediente lentamente, como si estuviera cerrando algo más grande que un caso.

―¿Y si alguien la encuentra?

Lara tardó unos s egundos en contestar.

Se giró por fin hacia él.

Y por primera vez en todo el caso, su voz sonó cansada de verdad.

―Pues que nadie sabrá nunca dónde termina la ficción… y dónde empezó la realidad.

FIN