26 #2
Clara encontró lo que buscaba. Lo sostuvo unos segundos.
Observándolo. Pensativa. Como si estuviera valorando algo importante.
Cuando cerró el cajón volvió a reinar el silencio dentro de ella.
No dentro de la casa. Dentro de ella. Y aquella diferencia era precisamente lo que resultaba inquietante.
Julia volvió a mirarla. Esta vez durante más tiempo.
Y sintió algo parecido al miedo. Porque la expresión de Clara no parecía la de una mujer asustada.
Ni la de una mujer enfadada. Parecía la expresión de alguien que acababa de tomar una decisión irreversible.
―Clara...
La llamó de nuevo. Pero ella ya estaba caminando de regreso hacia el salón. Paso a paso. Sin prisa. Con la vista fija al frente. Nicolás seguía de espaldas. Sergio seguía discutiendo con él. Y ninguno de los dos comprendía todavía que la conversación que creían importante acababa de dejar de serlo.
Julia fue la primera en entender que algo iba terriblemente mal. Y cuando vio la mirada de Clara comprendió otra cosa aún peor. Aquella decisión no había nacido allí. No aquella noche. Ni en aquella casa. Llevaba mucho tiempo creciendo dentro de ella.
No lo dudó ni un segundo.
Clara se acercó lo suficiente a Nicolás y cuando estuvo solo a un par de palmos de distancia, levantó su cuchillo que acababa de coger del cajón y se lo clavó repetidas veces a Nicolás por la espalda.
Él no tuvo tiempo de reaccionar porque antes de que se pudiera dar cuenta, Clara le había asistido unas ocho puñaladas.
El salón quedó sumido en un silencio imposible.
De esos que duran apenas unos segundos pero parecen eternos.
Julia fue incapaz de moverse.
Incapaz de pensar.
Incapaz incluso de comprender lo que acababa de ocurrir delante de sus ojos.
Clara seguía allí de pie, temblando, respirando de forma irregular, como si acabara de despertar de una pesadilla y al mismo tiempo siguiera atrapada dentro de ella.
Entonces empezó a llorar.
Primero despacio. Después con más fuerza. Las lágrimas descendían por sus mejillas mientras negaba con la cabeza una y otra vez.
―No me dejaba salir...
Su voz se rompió.
―No me dejaba salir...
Sergio reaccionó por fin.
Dejó atrás el miedo inicial y avanzó hacia ella con las manos levantadas, despacio, como si estuviera intentando acercarse a alguien que se encuentra al borde de un precipicio.
―Clara...
Ella lo miró.
Completamente rota.
―No quería hacerlo.
―Lo sé.
―Te juro que no quería hacerlo.
―Lo sé.
―No me crees.
―Sí te creo.
Sergio llegó hasta ella.
Lo suficiente para tocarle los brazos.
―Escúchame.
Ahora mismo tienes que soltar eso.
¿Vale?
Después vamos a sentarnos, vamos a llamar a una ambulancia, a la policía. A quien haga falta. Pero esto todavía tiene solución.
Clara rompió a llorar con más fuerza.
Hasta el punto de que apenas podía respirar.
Y durante unos segundos pareció exactamente la misma mujer vulnerable que Nicolás había conocido en la cafetería. La misma que necesitaba ayuda. La misma que siempre parecía perdida.
―No tiene solución.
―Sí la tiene.
―No la tiene.
―Claro que sí.
Sergio terminó abrazándola.
Fue un gesto impulsivo .
Humano. Instintivo.
La rodeó con los brazos mientras ella enterraba el rostro contra su pecho.
Julia observaba la escena sin intervenir. Todavía paralizada.
―Tranquila.
―No puedo.
―Sí puedes.
―No puedo.
―Mírame.
Sergio la sujetó suavemente por los hombros para obligarla a levantar la cabeza.
―Vamos a salir de esta. ¿Me oyes? Vamos a salir.
Y durante una fracción de segundo Clara pareció creerle.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su expresión se suavizó.
Y Sergio bajó completamente la guardia.
Porque creyó que todo había terminado. Porque creyó que por fin había conseguido llegar hasta ella. Porque creyó estar hablando con la Clara que conoció aquella mañana en la cafetería mientras la ponía en preaviso.
Pero aquella Clara ya no existía. O quizá nunca había existido.
Julia vio cambiar algo en su mirada.
Y comprendió demasiado tarde que Sergio también acababa de cometer el mismo error que Nicolás.
Pensar que entendía quién era realmente aquella mujer .
Lo siguiente ocurrió tan deprisa que ninguno de los dos tuvo tiempo de reaccionar.
Y cuando el silencio regresó al salón unos instantes después, Julia sintió que las piernas dejaban de sostenerla. Porque ya no quedaba nada reconocible de la situación que había encontrado al llegar.
Solo estaba Clara llorando desconsoladamente, temblando y mirándola directamente.
―Tienes que ayudarme ―la voz sonó casi infantil― Julia... Por favor, ayúdame.
Y fue precisamente eso lo que más miedo le dio a Julia. Porque Clara no parecía consciente de la magnitud de lo que acababa de suceder. Parecía convencida de que todo aquello tenía sentido.
Sergio estaba tirado en el suelo después de que Clara le hubiese degollado el cuello con el mismo cuchillo con el que había apuñalado a Nicolás.
Julia caminaba de un lado a otro sin rumbo, abriendo puertas que no necesitaba abrir y cerrándolas segundos después. Intentaba pensar. Intentaba recuperar el control. Intentaba convencerse de que seguía siendo la misma persona que se había despertado aquella mañana. Pero ya no lo era.
Lo comprendió cuando se miró en el reflejo oscuro de una ventana y no reconoció a la mujer que tenía delante.
―Esto no está pasando ―murmuró.
Clara estaba sentada en el suelo.
Con las rodillas pegadas al pecho.
Observando un punto invisible frente a ella.
―Sí está pasando .
―Cállate.
―Está pasando.
―He dicho que te calles.
Clara obedeció.
Aquello resultó todavía más inquietante.
Porque no parecía asustada.
Parecía tranquila. Como si hubiera encontrado una solución a un problema que llevaba demasiado tiempo persiguiéndola. Julia sintió un escalofrío.
―¿En qué estás pensando?
―En que ya no puede hacernos daño.
La respuesta llegó tan rápido que Julia deseó no haber preguntado.
―Dios mío...
―Es verdad.
―No.
―Sí.
Julia se pasó las manos por el rostro.
Cada vez que observaba a Clara descubría algo nuevo.
Algo que antes no había querido ver. La facilidad con la que justificaba determinadas cosas. La tranquilidad con la que aceptaba situaciones imposibles.
La forma en que parecía construir historias dentro de su cabeza hasta convertirlas en realidad.
Y por primera vez se preguntó si realmente conocía a aquella mujer.
―Clara...
―¿Sí?
―¿Qué demonios has hecho?
La escritora tardó varios segundos en responder .
―Lo que creía que tenía que hacer.
Julia se acercó a la ventana.
Observó las luces lejanas de la carretera.
La vida continuaba.
La gente seguía cenando.
Seguía viendo la televisión.
Seguía acostando a sus hijos.
Mientras ella sentía que acababa de cruzar una frontera de la que jamás regresaría.