Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 26
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Julia apenas había terminado de liberar la última correa cuando Clara se incorporó de golpe sobre la cama.

―Gracias.

Lo dijo con una serenidad extraña. Demasiado serena para una mujer que acababa de pasar horas atada.

Julia abrió la boca para responder algo, pero Clara ya estaba levantándose.

―Espera...

No le hizo caso. Salió del dormitorio prácticamente corriendo. Nicolás y Sergio seguían en el salón discutiendo. Ninguno de los dos se dio cuenta de que Clara acababa de aparecer detrás de ellos.

―Clara...

Nicolás fue el primero en verla.

Y sonrió como si se alegrase de verla, como si no hubiese sido él quien la había atado a aquella cama .

Aquella sonrisa le heló la sangre a Julia. Porque él seguía creyendo que todo podía arreglarse.

―Ya está. Ya pasó todo ―dijo él dando un paso hacia ella―. No voy a dejar que nadie vuelva a separarnos.

Entonces Clara sonrió.

Y por primera vez ninguno de los presentes reconoció a la mujer que creían conocer.

―Ese es precisamente el problema, Nicolás.

Él frunció el ceño.

―¿Qué?

―Que nunca entendiste nada.

Durante unos segundos nadie habló.

―¿De qué estás hablando?

―De que llevas meses creyendo que esta historia iba sobre ti.

Nicolás parecía confundido.

Julia también.

―Clara...

―No.

Ella negó despacio.

―Escúchame tú ahora.

Su voz era suave.

―Primero fue Matías. Después tú. Después él.

Señaló a Sergio.

―Todos exactamente iguales ―dijo Clara.

―No sé qué te está pasando ―respondió Nicolás después de no entender lo que decía.

―Claro que lo sabes, ¿no me reconoces como igual? ―La sonrisa de Clara se hizo un poco más grande―. Lo que pasa es que estás sorprendido .

Nicolás dio otro paso.

―Ven aquí.

―No vuelvas a darme órdenes. ¿Sabes qué es lo curioso? ―continuó Clara―. Que todos creéis ser distintos. Todos pensáis que sois especiales. Y al final siempre termináis intentando decidir quién soy yo, qué hago, dónde voy, con quién hablo, a qué me dedico…

Nicolás abrió la boca.

―Yo quería que…

―No.

La respuesta fue inmediata.

―Tú querías controlarme.

El silencio volvió a caer sobre la estancia.

Y entonces Sergio intervino.

―Clara, vámonos de aquí.

Ella giró la cabeza hacia él.

Lo observó durante varios segundos.

Y aquella mirada hizo que Sergio se pusiera incómodo.

―¿Ves?

Susurró ella.

―Tú tampoco lo entiendes.

―¿Qué?

―Crees que eres diferente a él. Que yo no tengo poder de decisión. Porque si lo creyeses no me darías órdenes, sabrías que si me quiero ir de aquí ya lo habría hecho.

Julia sintió un escalofrío, porque de repente comprendió algo. Clara no estaba asustada, ni estaba nerviosa. Parecía una mujer que acababa de tomar una decisión largamente meditada .

―Clara...

―No os dais cuenta.

Ella comenzó a reír muy bajito.

―¿Qué quieres decir?

―Que esta historia nunca fue vuestra.

La mirada de Clara recorrió la habitación. Primero miró a Julia y después a Sergio y Nicolás. Y cuando volvió a hablar ya no parecía una escritora insegura ni una amante enamorada. Parecía alguien completamente distinta.

―Esta historia siempre fue mía.

Y en ese instante Julia entendió que la persona más peligrosa de aquella casa jamás había sido Nicolás.

Ella fue la primera en darse cuenta de que algo no encajaba.

No porque Clara pareciera fuera de control, ni porque estuviera gritando o llorando, sino precisamente porque había dejado de hacerlo.

La mujer que unos minutos antes suplicaba que la soltaran había desaparecido por completo y en su lugar había alguien que observaba el salón con una calma inquietante, casi incómoda.

Nicolás también lo notó. Por eso dejó de hablar.

Por eso la rabia que había mostrado hasta entonces se fue apagando poco a poco mientras la miraba intentando comprender qué estaba ocurriendo realmente.

Sergio permanecía junto a la puerta, respirando con dificultad después de la discusión, y por primera vez desde que había llegado dejó de pensar en Julia, en Nicolás y en sí mismo.

Toda su atención se concentró en Clara .

―¿Sabéis qué es lo más curioso de todo esto? ―preguntó ella con una voz tan tranquila que resultó mucho más inquietante que cualquier grito.

Nadie respondió. Los tres parecían estar esperando algo que no terminaban de entender.

―Que lleváis meses creyendo que esta historia iba sobre vosotros y no es así.

Nicolás frunció el ceño y dio un pequeño paso hacia delante, pero se detuvo al instante cuando Clara levantó la vista y lo miró directamente.

―¿De qué estás hablando?

Ella sonrió. Era la sonrisa de alguien que acaba de resolver un problema complicado después de mucho tiempo pensando en él.

―Toda mi vida ha sido igual. Primero Matías diciéndome quién debía ser. Después tú diciéndome qué necesitaba. Luego Sergio intentando explicarme cómo era realmente el mundo. Siempre hay alguien hablando. Siempre hay alguien convencido de que sabe lo que me conviene.

―Clara, escúchame ―dijo Nicolás intentando recuperar el control de la situación―. Estás nerviosa…

―No me digas cómo me siento.

Aquella frase cayó sobre el salón como una losa. Nicolás cerró la boca inmediatamente.

―¿Lo ves? ―continuó ella―. Ni siquiera ahora puedes evitar hacerlo.

Julia sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

Había algo profundamente extraño en la forma en que Clara hablaba.

No parecía una mujer aterrorizada ni una víctima que acabara de escapar de una situación límite.

Parecía alguien que llevaba semanas, quizá meses, manteniendo aquella conversación dentro de su cabeza.

―No eres la persona que yo pensaba ―murmuró Sergio.

Clara giró lentamente la cabeza hacia él.

―Ninguno de vosotros lo sois tampoco.

Durante unos segundos nadie dijo nada. El silencio se volvió tan pesado que resultaba difícil respirar dentro de aquella casa.

―¿Qué quieres? ―preguntó Julia finalmente.

Aquella pregunta pareció divertirla.

―Por fin alguien hace la pregunta correcta.

Julia tragó saliva.

―Entonces contesta.

Clara observó a los tres uno por uno, deteniéndose unos segundos en cada rostro como si estuviera viendo algo que ellos no podían comprender.

―Quiero dejar de ser el personaje secundario de la vida de los demás.

Nicolás negó lentamente con la cabeza.

―No entiendo nada.

―Claro que no. Porque siempre has creído que eras el protagonista.

Las palabras hicieron daño. Se notó en su expresión. Por primera vez desde que lo conocían, Nicolás parecía perdido de verdad.

―Yo te quería.

―No.

―Sí.

―No.

La respuesta fue inmediata .

―Tú necesitabas que alguien dependiera de ti. Igual que Matías necesitaba sentirse superior. Igual que Sergio necesitaba sentirse elegido. Ninguno de vosotros estaba enamorado. Estabais enamorados de la idea que os habíais inventado.

Julia observó cómo el rostro de Nicolás cambiaba poco a poco. Había rabia, había miedo y también una confusión enorme porque por primera vez era él quien no entendía a la persona que tenía delante.

―Estás enferma ―susurró.

La sonrisa de Clara regresó.

―Tal vez.

―Clara...

―O tal vez simplemente soy la única persona de esta habitación que ha dejado de mentirse a sí misma.

Aquello dejó a los tres completamente inmóviles.

Nadie parecía saber qué responder porque cualquier cosa que dijeran sonaría equivocada.

Y mientras ellos intentaban comprender qué estaba pasando, Clara permanecía allí, observándolos con una serenidad aterradora, como si hubiese llegado a una conclusión mucho antes que todos los demás y ahora simplemente estuviera esperando a que la alcanzaran.

En ese momento Julia tuvo una certeza absoluta.

Durante varios días había creído que Clara era la pieza más débil de aquella historia, la mujer insegura, la escritora fracasada, la amante desesperada que Sergio le había contado.

Pero estaban equivocados. Terriblemente equivocados.

Porque la persona más peligrosa de aquella casa nunca había sido Nicolás .

Nicolás seguía hablando. Lo hacía mirando a Sergio, completamente concentrado en él, incapaz de comprender todavía por qué había aparecido allí acompañado de Julia.

La discusión continuaba girando sobre las mismas acusaciones, los mismos reproches y los mismos errores que llevaban meses persiguiéndolos a todos.

Ninguno de los dos parecía darse cuenta de que Clara ya no los estaba escuchando.

De hecho, Clara había dejado de escucharlos hacía varios minutos.

Los observaba desde una distancia extraña, como si estuviera contemplando una escena de una novela que ya había terminado de escribir.

Las voces llegaban hasta ella amortiguadas, convertidas en un ruido de fondo sin importancia.

Sergio decía algo sobre Julia. Nicolás respondía levantando la voz.

Julia intentaba intervenir de vez en cuando.

Todo parecía lejano. Muy lejano. Clara giró lentamente la cabeza hacia la cocina.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Pensando. Recordando. Las palabras de Matías.

Las de Nicolás. Las de Sergio. Todas mezclándose unas con otras dentro de su cabeza hasta formar una única voz.

Una única sensación. La de haber vivido siempre para satisfacer las expectativas de otros.

Sin hacer ruido comenzó a caminar. Nadie se dio cuenta.

Ni siquiera Julia. Llegó hasta la encimera y apoyó una mano sobre ella mientras observaba el reflejo de la luz sobre los muebles.

Su respiración era tranquila. Extrañamente tranquila.

―Porque tú nunca entendiste nada ―escuchó decir a Nicolás desde el salón .

Clara cerró los ojos un instante. Después abrió uno de los cajones. El sonido hizo que Julia girara brevemente la cabeza.

―¿Clara? Ella no respondió. Sus dedos se movieron entre los utensilios mientras seguía escuchando la discusión a sus espaldas.

―Estoy hablando contigo ―insistía Nicolás.

―Y yo estoy harto de escucharte ―respondió Sergio.