23
Lara acababa de tocar el timbre cuando algo le llamó la atención.
La casa estaba demasiado silenciosa. No era un silencio extraño a primera vista.
Las viviendas unifamiliares suelen parecer vacías desde el exterior incluso cuando hay gente dentro.
Pero después de tantos años entrando y saliendo de domicilios, interrogando testigos y llamando a puertas que nadie quería abrir, había aprendido a distinguir ciertos detalles.
Y allí había demasiadas pistas que le decían que algo no estaba bien.
Las persianas del piso superior estaban bajadas. No había ningún coche en la entrada. Y sobre todo, había una sensación incómoda de abandono reciente.
Velasco volvió a apretar el timbre.
Nada.
―A lo mejor ha salido a comprar .
Lara observó la puerta.
―Puede. A las ocho de la mañana.
Velasco hizo una mueca.
―Ya.
Lara sacó el teléfono.
Marcó el número de Julia Ferrer.
El móvil comunicó unos segundos antes de saltar directamente al buzón de voz.
Volvió a intentarlo.
Exactamente lo mismo.
―Apagado.
―Todavía no hemos tenido tiempo de caerle tan mal.
Velasco sonrió.
Lara rodeó la vivienda caminando por uno de los laterales del jardín.
Se asomó a una ventana.
Después a otra.
Y finalmente se detuvo.
―Velasco.
―¿Qué?
―Ven.
El inspector se acercó.
Lara señaló hacia el interior.
La casa estaba vacía, carecía de elementos decorativos, no había fotografías ni esos detalles que guarda una casa familiar. La estantería del salón mostraba espacios donde antes debían haber estado algunos objetos.
Velasco frunció el ceño.
―Parece que se han ido. ¿No ?
―Eso parece.
Permanecieron observando unos segundos más hasta que Lara tomó una decisión.
―Vamos a pedir autorización.
―¿Crees que es para tanto?
―Creo que la esposa de un desaparecido acaba de desaparecer.
Aquello bastó para que Velasco dejara de bromear.
Una hora más tarde regresaron acompañados por un equipo de apoyo.
Cuando finalmente consiguieron acceder a la vivienda, la sensación que ambos habían tenido desde el exterior quedó confirmada casi de inmediato.
La casa estaba abandonada.
Había platos sin recoger en la cocina.
Una cesta de ropa a medio llenar junto a la lavadora.
Juguetes infantiles tirados en una esquina del salón.
Y sin embargo faltaban cosas muy concretas.
Casi toda la ropa, la documentación…
Velasco fue al dormitorio principal a ver si podía encontrar algo que se les hubiese escapado.
―Lara.
La voz de Velasco llegó desde el pasillo.
Ella salió inmediatamente.
―¿Qué ocurre?
Velasco sostenía una carpeta.
―Esto estaba en un cajón.
Lara la abrió .
Dentro había algunas facturas, extractos bancarios, documentación rutinaria. Nada especialmente llamativo. Hasta que apareció un movimiento bancario reciente de una cantidad de dinero muy alta.
Lara pasó varias páginas rápidamente.
―Mierda.
―¿Qué?
―Se estaba preparando para irse.
―¿Por qué?
Lara levantó la vista.
―Pues eso lo deberíamos de descubrir.
Los dos permanecieron en silencio unos segundos.
Aquello empezaba a adquirir una dimensión completamente distinta.
Primero Clara desaparecía, después Nicolás, luego Sergio.
Aparecía un cadáver masculino sin identificar.
Y ahora Julia desaparecía junto a sus hijos, aunque esta desaparición parecía voluntaria.
Velasco se dejó caer sobre una silla.
―Cada vez me gusta menos esta historia.
―A mí también.
―¿Crees que está huyendo de alguien?
Lara no respondió inmediatamente.
Miró alrededor.
Después observó la fotografía familiar que seguía sobre una estantería.
Julia, Nicolás y los niños .
Una imagen aparentemente perfecta. Como todas las familias que terminaban llegando a homicidios.
―No lo sé.
―Respuesta diplomática.
―Es la única honesta.
Velasco suspiró.
―¿Y ahora qué?
Lara cerró la carpeta.
―Ahora tenemos que encontrar a Julia.
―¿Porque crees que sabe algo?
―Sí.
Lara se quedó pensativa.
―Porque si yo fuera inocente y mi marido llevase desaparecido días, la policía encuentra un cadáver que podría ser suyo...
―¿Sí?
―No me iría de casa con mis hijos.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Y esta vez ninguno intentó romperlo. Porque por primera vez desde que habían entrado en aquel apartamento donde apareció el cuerpo, Lara tuvo una sensación muy concreta.
La investigación acababa de dar un gran giro.
Y no para bien. Porque ya no estaban intentando descubrir únicamente porque la víctima había muerto.
Ni siquiera ahora pensaban en el asesino. Ahora empezaban a perseguir a personas que parecían estar huyendo unas de otras. Y en ese tipo de casos, normalmente, alguien más termina muerto antes de que la policía consiga entender qué está pasando realmente.