24
El sonido del timbre atravesó la casa como un disparo.
Clara abrió los ojos de golpe. Durante un segundo pensó que lo había imaginado.
Llevaba tantas horas encerrada en aquel dormitorio que su cabeza empezaba a mezclar sueños con realidad.
Pero entonces volvió a sonar y se dio cuenta de que era real.
―¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Estoy aquí! ¡Por favor!
La voz le salió rota, desesperada, casi salvaje. Tiró de las correas con todas sus fuerzas hasta notar cómo le ardían las muñecas. La cama se movió varios centímetros sobre el suelo.
En la otra punta de la habitación Nicolás se quedó completamente inmóvil.
Hasta ese momento había estado sentado junto a la ventana observando el jardín con una tranquilidad inquietante, como si nada de aquello fuera extraño, como si tener a una mujer atada en una habitación fuera la cosa más normal del mundo.
Pero el timbre pareció arrancarlo de golpe de aquella realidad que se había construido.
Volvió a sonar. Y Clara vio algo que no había visto nunca antes. Vio en él miedo auténtico.
Sus ojos empezaron a moverse de un lado a otro de la habitación como si estuviera buscando una salida que no existía.
―No... ―murmuró.
El timbre volvió a sonar.
―No, no, no...
―¡Nicolás, por favor!
Él ni siquiera parecía escucharla.
―¡Suéltame!
―Cállate.
―¡Nicolás!
Por fin la miró.
Y aquella mirada hizo que Clara sintiera un escalofrío. Porque parecía estar observándola sin verla realmente. Como si estuviera mirando algo detrás de ella. Algo que solo existía dentro de su cabeza.
―Por favor... ―dijo Clara, obligándose a mantener la calma―. Escúchame un segundo.
El timbre volvió a sonar.
―Escúchame.
Nicolás tragó saliva.
―No pienso decir nada.
―... Shhhhhh.
―Te lo prometo.
―... Shhhhhh.
―Olvidamos esto .
Las palabras salían atropelladas. Desesperadas.
―No llamaré a la policía.
―Cierra tu maldita boca.
―No voy a denunciarte.
―He dicho que te calles.
―No voy a contarle nada a nadie.
El pecho de Nicolás subía y bajaba cada vez más deprisa.
Parecía incapaz de respirar con normalidad.
―Mientes.
―No.
―Mientes.
―¡No!
Clara empezó a llorar.
Ya ni siquiera intentaba evitarlo.
―Te lo juro.
―Eres una mentirosa que trata de manipularme.
―Mírame.
Él la miró.
―Te estoy mirando.
―No quiero hacerte daño.
Aquella frase pareció desconcertarlo.
―¿Qué?
―No quiero hacerte daño, no quiero que nadie te lo haga, yo solo quiero que estés conmigo para siempre.
―Calla ―dijo tapándose los oídos.
―Yo solo quiero que me sueltes.
Durante unos segundos el silencio llenó la habitación.
Y Clara creyó ver una duda en él .
Un instante en el que el hombre del que se había enamorado parecía estar intentando volver a salir a la superficie.
―Solo abre la puerta.
―He dicho que te calles, necesito pensar.
―Por favor.
El timbre volvió a sonar y Nicolás cerró los ojos. Como si acabara de tomar una decisión. Cuando volvió a abrirlos había algo distinto en ellos.
―Siempre hacéis lo mismo.
Clara dejó de respirar.
―¿Qué?
―Siempre igual.
―Nicolás...
―Primero decís que me queréis.
―Nicolás…
―Después intentáis marcharos.
―No soy ella.
―Eres igual.
―¡No soy Julia!
―¡SÍ LO ERES!
El grito retumbó por toda la habitación.
Y por un momento pareció asustarle incluso a el mismo.
El timbre sonó otra vez. Esta vez acompañado de golpes en la puerta principal. Eran golpes fuertes e impacientes.
Clara sintió en ese momento que todo iba a salir bien. Quien fuera que estaba allí estaba insistiendo, parecía alguien que no pensaba marcharse.
―Por favor, Nicolás.. .
Su voz apenas salió como un susurro.
―Todavía puedes arreglar esto.
Él se quedó observándola y entonces se acercó a la cama, se inclinó sobre ella.
―No.
Por favor.
―Ya intenté arreglar las cosas una vez y mira cómo terminó.
Seguía confundiendo la realidad.
―No soy Julia.
―He dicho que cierres tu maldita boca ―respondió él..
Y fue en ese momento cuando Clara comprendió que ya no estaba discutiendo con Nicolás.
Estaba discutiendo con los fantasmas que vivían dentro de él. Y los fantasmas siempre terminaban ganando.
―No me dejas otra opción ―dijo él de pronto.
―¿Qué?
―No me dejas otra opción.
―Nicolás...
Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Lo vio coger uno de los objetos que había sobre la mesita.
Lo vio levantar el brazo.
Y después sintió una explosión de dolor que la hizo perder el conocimiento.
Las paredes se movieron.
La luz de la lámpara se deformó.
Los sonidos se volvieron lejanos .
Aún no había cerrado del todo los ojos cuando sin apenas fuerzas para moverse notó como Nicolás le tapaba la boca con un tipo de cinta adhesiva.
―Solo un rato.
Le oyó decir.
―Solo hasta que se vayan.
Clara luchaba con volver a la realidad, no podía permitirse volver a desmayarse, debía intentar mantenerse despierta y hacer el suficiente ruido para que la sacasen de allí.
―¿Qué coño haces tú aquí?
―Déjanos que veamos si está bien.
Era Sergio. Clara reconoció la voz al instante.
Al otro lado de la puerta del dormitorio se produjo un silencio tan repentino que casi podía tocarse.
―Eso mismo iba a preguntarte yo. ¿Qué haces aquí, Nicolás? ―pronunció Julia.
La respuesta de Nicolás sonó cargada de desconcierto. De auténtico desconcierto.
Como si lo último que esperara encontrar al abrir la puerta fuese precisamente aquello.
―¿Has vuelto con él?
Nadie respondió durante unos segundos.
Y entonces llegó una segunda voz .
―Nicolás necesitas ayuda. Ahora déjanos que veamos a la chica con la que estás y nos marcharemos enseguida.
―¿Julia?
Aquella única palabra contenía más confusión que enfado.
―¿Qué demonios te está pasando? ―dijo Julia.
―Déjanos pasar ―pidió Sergio.
―No ―dijo Nicolás.
―No es una petición ―aclaró Julia.
―Estáis juntos por lo que veo.
Aquello parecía ser lo único que Nicolás era capaz de preguntar, porque en realidad era lo único que le importaba saber.
No encajaba en ninguna de las versiones que había construido dentro de su cabeza.
―¿Qué haces con un hombre como él?
Volvió a repetir.
Sergio soltó una carcajada amarga.
―Créeme, soy mejor hombre que tú por lo que tengo entendido.
―No tienes ni idea de todo lo que he hecho por ella.
―Oh, vaya que sí lo sé. Eres un manipulador y un posesivo. Me lo ha contado todo. Que aunque me duela solo estaba conmigo para ponerte celoso y que tú algún día hicieras lo mismo, irte con otra y dejarla de una vez en paz.
―Genial, pues ahora dejadme a mí. Ya sois felices los dos, ahora necesito serlo yo .
―He venido porque alguien tiene que comprobar que esa chica está bien, ¿lo entiendes? ―dijo Julia.
―No eres tú, no la conoces, no os importa lo que hagamos juntos.
―Déjame solo que vea si está bien ―le pidió Julia.
―No sé de qué hablas.
―Claro que lo sabes.
―No.
―Sí ―dijo Sergio esta vez, y la voz salió fuerte.
Aquello pareció arrancar una risa a Nicolás.
―Tú aquí no pintas nada.
―Que sepas que he tratado de advertirla de ti, y me sorprende que o esté aquí ahora mismo porque ella no sale de casa, como he podido comprobar.
―¿Has estado vigilándola?
―Sí.
―Tú, quien se acostaba con mi mujer, ahora vigila a mi chica…
―Eres exactamente el hombre que Julia me describió.
―¿Qué te ha contado?
―Todo.
―Estoy seguro de que ese todo es una versión muy interesante sobre como decir que me trastornó.
Fue entonces cuando Julia intervino.
―Le conté la verdad.
Nicolás no respondió.
―Le conté cómo eras.
―¿Cómo soy ?
―Controlador, excesivamente controlador.
―Solo me preocupo de lo que me importa.
―Manipulador.
―Siempre ha sido pensando en que no te suceda nada.
―Celoso.
―Por eso mismo he soportado veros dentro de tu despacho juntos…
―Y obsesivo.
Aquello sí provocó una reacción.
―¿Obsesivo?
―Sí.
―¿Porque quería a mi mujer?
―Porque querías atarla a una pata de la mesa para que nunca saliese de casa.
―¿Dónde está Clara?
Preguntó Julia finalmente.
―Dime ahora mismo donde está ―dijo Sergio.
Nicolás permaneció callado.
―Dímelo.
―No tenéis derecho a venir a mi vida después de todo lo que habéis hecho.
―Nicolás.
―No tenéis ningún derecho.
―¿Está aquí?
Y entonces, desde el dormitorio, Clara reunió todo el aire que le quedaba en los pulmones.
Y gritó debajo de la cinta.
O al menos lo intentó.
El sonido salió amortiguado, pero ellos lo escucharon .
Y Sergio entendió inmediatamente de dónde había venido. Su expresión cambió. La de Julia también.