Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 22
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Clara

Clara cerró el portátil de golpe y soltó un suspiro frustrado.

―Mierda.

Nicolás levantó la vista del periódico.

―¿Qué pasa?

―Necesito unos libros que tengo en mi casa.

―¿Qué libros?

―Pues tres novelas que me inspiran siempre cuando me quedo bloqueada, y los tengo en casa.

―Pídelos por internet.

―Son ejemplares anotados por mí, necesito esos.

―¿Y?

―Pues que no me sirven unos nuevos, que necesito esos precisamente.

Nicolás volvió a bajar la vista hacia el periódico .

―Pues ya los cogerás otro día.

―Voy ahora.

Aquello hizo que él volviera a mirarla.

―¿Ahora?

―Sí.

―¿A tu casa?

―Claro.

―No.

La respuesta fue tan inmediata que Clara tardó un segundo en reaccionar.

―¿Cómo qué no?

―Como que no deberías ir.

―Necesito esos libros.

―Y yo necesito que no vuelvas a acercarte a Matías.

Ella dejó la taza sobre la mesa.

―No voy a acercarme a Matías, voy a por mis libros ya te lo he dicho.

―Vas a entrar en su casa.

―También es mi casa.

―Ya sabes a qué me refiero.

Clara notó algo extraño en su tono.

No era enfado, era como una especie de tensión en su tono.

―Voy a entrar cinco minutos, coger cuatro libros y volver.

―No.

―Nicolás...

―He dicho que no.

El silencio se instaló entre ambos por primera vez desde que estaban juntos, y resultó incómodo .

Clara se puso en pie.

―No te estoy pidiendo permiso.

―Yo tampoco te lo estoy dando.

Aquello la hizo mirarlo inmediatamente.

―¿Perdona?

Nicolás dejó el periódico sobre la mesa.

―Sabes perfectamente que si llegas a casa después de días sin ir querrá convencerte de que te quedes allí.

―Sí.

―Y sabes perfectamente que puede que no regreses aquí.

―No voy a volver a esa casa.

―Eso dices ahora.

―¿Qué significa eso?

―Significa que llevas años con él y que a mí me conoces de pocos meses.

―¿Y?

―Que la gente vuelve a las cosas que conoce.

Clara se cruzó de brazos.

―No voy a volver con Matías.

―Supongo que eso también se lo dijo Julia a Sergio y deberías de haberle visto la cara cuando me fui de casa. Se notaba que quería que me quedase.

―No soy Julia.

―Ya lo sé, pero yo no me la voy a jugar contigo.

―Entonces no me compares con ella.

―No lo hago.

―Sí lo haces.

Nicolás apartó la mirada.

Se pasó una mano por la cara .

―No quiero perderte.

La frase llegó tan cargada de sinceridad que Clara sintió cómo parte de su enfado desaparecía.

―No me vas a perder.

―Eso no puedes prometerlo.

―Claro que puedo.

―No.

La voz de Nicolás sonó más dura esta vez.

―Porque nadie puede prometer algo así.

Clara observó sus ojos.

Y de repente recordó a Sergio.

Es posesivo.

¿Sergio había intentado manipularla, o era cierto que intentaba avisarla?

Se acercó a Nicolás y apoyó una mano sobre su hombro.

―Voy a por unos libros.

Nada más.

―No.

―Voy a volver, en menos de una hora habré regresado.

―No.

―Nicolás.

―He dicho que no.

Aquella repetición empezaba a sonar enfermiza.

Clara se apartó.

―Voy a vestirme.

Se dirigió hacia el dormitorio.

Y escuchó la silla moverse detrás de que ella se fuese .

Cuando llegó a la entrada ya tenía el bolso preparado y las llaves en la mano. El móvil dentro del bolsillo de la chaqueta. Todo predispuesto para hacer lol que necesitaba, que era ir a por unos libros y regresar cuanto antes.

Hasta que intentó abrir la puerta y no pudo. Frunció el ceño. Probó otra vez.

Nicolás estaba detrás de ella cuando se giró.

―¿Qué has hecho?

―Nada.

―Nicolás.

―Solo quiero que pienses las cosas.

Clara sintió cómo algo ardía dentro de ella.

Algo que no reconocía como un enfado, más bien como nervios.

―Abre la puerta.

―No.

―Abre la puerta.

―Por hoy no.

―¿Por hoy?

―Mañana veremos.

Clara caminó hacia él y trató de cogerle las lleves que todavía tenía en una de sus manos.

Pero Nicolás era mucho más fuerte. Él la sujetó suavemente por los brazos.

―Nicolás.

―Escúchame.

―No.

―Escúchame.

―Abre la maldita puerta.

―Es por tu bien .

Clara sintió un nudo en el estómago.

―No me digas eso.

―Y por el nuestro, claro.

―¿Nuestro?

―Sí.

―Estás actuando como un loco.

La mandíbula de Nicolás se apretó de inmediato.

―No.

―Sí.

―Estoy intentando proteger lo único bueno que me ha pasado en años.

―No necesito que me protejas.

―Eso crees.

―¿Qué demonios te pasa?

Entonces ocurrió algo que ella no esperaba, algo cambió en su mirada. Se volvió distinta, fría, oscura…

―No puede volver a ocurrir.

―¿De qué estás hablando?

Nicolás tragó saliva. Mientras miraba hacia la puerta. Después volvió a mirarla a ella.

―Fui demasiado permisivo una vez. Demasiado.

―¿Con Julia?

Él no respondió. Y aquel silencio fue respuesta suficiente.

―No volverá a pasar.

Clara sintió un frío repentino recorriéndole la espalda.

―Nicolás...

―La única solución es que estemos juntos.

―Ya estamos juntos.

―No .

Él negó lentamente.

―Todo el tiempo.

Y aquello, precisamente aquello, fue lo que más miedo le dio.

Clara retrocedió un paso sin apartar la mirada de él.

Hasta hacía unos minutos aquel hombre era el lugar al que hubiese corrido cuando el mundo se le venía encima.

El hombre que la había escuchado llorar en una cafetería.

El hombre que la había abrazado cuando se sentía un fracaso como persona.

El hombre que le repetía que era inteligente, divertida, valiente.

Y ahora estaba entre ella y la puerta.

Y lo peor era que seguía convencido de que tenía razón.

―Abre ―dijo ella con firmeza.

―No.

―Nicolás, esto está yendo demasiado lejos.

―No sabes lo que dices.

―Claro que lo sé.

Él negó con la cabeza como si estuviera hablando con una niña pequeña.

―Estás nerviosa.

―Estoy asustada.

Aquello pareció afectarle durante una fracción de segundo. Solo una. Porque inmediatamente volvió a endurecerse.

―No tienes por qué estarlo.

―Me has encerrado.

―Para protegerte.

―¡No necesito protección!

―Eso no lo decides tú .

La frase le llegó a Clara como una bomba.

Y por primera vez Nicolás pareció darse cuenta de lo que acababa de decir, pero ya era tarde.

Porque Clara acababa de comprender algo terrible. Sergio no le había mentido.

Ella observó el salón rápidamente.

Miró hacia las ventanas, porque las llaves las tenía él y ya había podido comprobar que era difícil. Corrió hacia una ventana pero estaba cerrada y sabía que lo que tardase en conseguir abrirla él ya estaría encima de ella.

El corazón empezó a latirle con fuerza.

―Escúchame, Clara...

―No.

―Por favor.

―No.

―Solo quiero que entiendas...

―Lo único que entiendo es que quiero marcharme.

Entonces Clara se movió tan rápido que ni ella misma supo exactamente cómo lo había hecho. Se lanzó hacia él agarrando antes una figura de porcelana que adornaba el recibidor.

Nicolás reaccionó tarde.

Clara le arremetió un golpe en la cabeza y de manera inmediata abrió la mano y dejó a caer las llaves al suelo.

Ella fue rápida y enseguida las cogió y comenzó a abrir la puerta, y cuando estaba a punto de poner un pie fuera …

―¡Clara!

Nicolás se arrastró por el suelo todavía mareado del fuerte golpe recibido.

Llegó a la puerta. Las manos le temblaban tanto que apenas conseguía acertar con el tobillo de ella.

―Clara, por favor...

―No te acerques.

―No quiero hacerte daño.

―¡Entonces déjame ir!

Y justo cuando iba a salir por la puerta, escuchó un ruido que le hizo girarse.

Nicolás sostenía en su mano la misma figura de porcelana que minutos antes Clara había estrellado en su cabeza.

La mano de Nicolás agarró a Clara por el antebrazo.

Clara soltó un grito, intentó soltarse.

Intentó avanzar, pero él la sujetaba con una fuerza desesperada.

―No te vayas.

―¡Suéltame!

―No te vayas.

―¡Nicolás!

―No entiendes nada.

Ella se volvió hacia él, y cuando lo miró vio como Nicolás tenía los ojos acristalados.

―Lo estoy haciendo por nosotros.

―No existe ningún nosotros si tengo que quedarme a la fuerza.

Aquella frase pareció entenderla, y Clara durante un instante creyó que la soltaría .

Pero ocurrió exactamente lo contrario.

―Te has portado muy mal, Clara.

El miedo le recorrió el cuerpo entero.

―¿Qué has dicho?

―Intenté hacerlo bien.

Su voz sonaba extrañamente tranquila.

―Intenté darte libertad.

―Nicolás...

―Intenté confiar en ti.

―Por favor...

―Y mira dónde nos ha llevado eso.

Clara empezó a comprender que ya no estaba hablando con ella. Estaba hablando con fantasmas.

Con Julia. Con los años de traición. Quizá con todas las heridas que nunca había curado. Con todo aquello que llevaba acumulando mucho antes de conocerla.

Y entonces lo entendió. Aquella historia jamás había empezado con ella.

Lo último que vio fue a Nicolás acercándose a ella con la mano en lo alto y la figura de porcelana cerrada en su puño.

Lo último que sintió fue el terror absoluto de descubrir que el hombre que había creído conocer no existía realmente.

Y después... oscuridad.

Cuando despertó lo primero que sintió fue dolor .

No era un dolor insoportable, era más bien una presión constante detrás de los ojos, como si alguien hubiese apretado demasiado fuerte su cabeza durante horas. Después llegó la sensación de sequedad en la garganta. Y por último terror.

Porque tardó unos segundos en darse cuenta de que no podía mover los brazos. Clara abrió los ojos de golpe. La habitación estaba a oscuras, solo una lámpara de mesita iluminaba una pequeña parte del dormitorio.

Intentó incorporarse, pero no pudo.

Las muñecas estaban inmovilizadas contra el cabecero y las piernas también.

Durante unos segundos su cerebro se negó a aceptar lo que estaba viendo.

Probó otra vez, las correas no cedían.

El pánico comenzó a subirle desde el estómago.

―¿Nicolás?

Su propia voz sonó extraña.

Temblorosa.

Pequeña.

No obtuvo respuesta.

―¿Nicolás?

Esta vez más alto.

Entonces escuchó algo.

El ruido de una silla. Alguien moviéndose en la oscuridad, y poco después apareció él.

De pie mirándola en una esquina del dormitorio.

Llevaba allí quién sabe cuánto tiempo. Clara sintió un escalofrío. Porque había algo profundamente incorrecto en su expresión .

Aquella no era la cara de Nicolás, o al menos no la que ella conocía.

Tenía los ojos hundidos y una sonrisa extraña.

―Ya estás despierta.

Clara tragó saliva.

―¿Qué estás haciendo?

―Esperando.

―Suéltame.

Él no respondió.

Simplemente siguió observándola.

―Nicolás.

―Te he preparado café.

Clara parpadeó.

―¿Qué?

―Siempre te gustaba el café por las mañanas.

Ella sintió un vuelco en el estómago que le provocó una arcada.

―Nicolás.

―Aunque luego decías que no podías dormir por mi culpa.

Aquello la dejó inmóvil, porque había algo raro, algo muy raro.

―¿Qué estás diciendo?

Él sonrió.

―Lo mismo de siempre, Julia.

El mundo pareció desaparecer para Clara.

―¿Qué?

―Siempre haces lo mismo.

―Nicolás...

―Me dices que me quieres pero te quieres ir.

La sonrisa desapareció .

―Te vas.

―Nicolás, mírame.

―Y después vuelves como si nada hubiese pasado.

―Soy Clara.

―Y yo tengo que fingir que no me duele.

Clara sintió cómo el miedo se transformaba en auténtico terror.

Porque él no estaba bromeando.

―Soy Clara.

―No.

―Escúchame.

―No.

Empezó a caminar por la habitación.

―Siempre haces esto.

―Nicolás...

―Primero dices que me quieres.

―Por favor.

―Después aparece otro.

―Mírame.

―Y después me culpas a mí.

Clara notó que le temblaban las manos.

―No soy Julia.

―Claro que lo eres.

―¡No!

El grito resonó por toda la habitación. Y durante unos segundos él se quedó inmóvil, mirándola, confundido. Como si una pequeña parte de su cerebro hubiese despertado.

―Clara...

Susurró el nombre .

Y Clara sintió una mínima esperanza.

―Sí. Sí, Nicolás. Soy Clara.

Él la observó. Y por un instante pareció regresar.

Pareció reconocerla.

Pero entonces volvió a mirar hacia la ventana.

―No ―Negó lentamente con la cabeza―. No puedes volver a engañarme.

Clara sintió que el corazón se le disparaba.

―Nicolás...

―Esta vez no te voy a escuchar.

Se acercó a la cama y se sentó a su lado, le apartó un mechón de pelo de la cara con una delicadeza casi insoportable.

Porque aquel gesto habría parecido cariñoso en cualquier otro contexto. Ahora resultaba aterrador.

―Esta vez te vas a quedar conmigo.

La voz sonó suave y calmada, como si estuviera anunciando algo completamente razonable.

Y fue entonces cuando Clara comprendió algo horrible.

No estaba intentando escapar de una discusión entre dos personas, ni de un hombre enfadado.

Ni siquiera de un hombre violento. Estaba atrapada con alguien que había dejado de distinguir entre lo que había ocurrido de verdad y lo que llevaba años repitiéndose dentro de su cabeza.

Y eso era aterrador.