21
Lara Martinez
La desaparición de Sergio Ruiz empezó a preocuparles exactamente siete minutos después de descubrir que nadie era capaz de decir dónde estaba.
Lara llevaba una libreta abierta sobre las piernas mientras Velasco conducía hacia la sucursal bancaria donde trabajaba el joven. Habían intentado localizarlo durante toda la mañana. Sin éxito.
Después habían llamado al domicilio de sus padres. Nadie respondió.
Y cuando una patrulla se acercó a comprobar su dirección, encontraron el apartamento vacío.
Daba la sensación de que alguien hubiera salido unos días antes y todavía no hubiera regresado .
―Tres desaparecidos ―murmuró Velasco mientras aparcaba.
―Y un cadáver.
―Empieza a parecer una broma.
Lara observó el edificio del banco a través del parabrisas.
―Lo que empieza a parecer es un desastre que si no logramos descubrir vamos a parecer idiotas.
Entraron mostrando sus placas.
El nuevo director de la sucursal no tardó en recibirlos.
Era un hombre de unos cincuenta años, perfectamente peinado hacia atrás con el pelo engominado, y con esa expresión típica de quien lleva demasiado tiempo gestionando problemas ajenos.
―¿Sergio Ruiz? ―repitió―. Lleva varios días sin venir.
―¿Cuántos exactamente? ―preguntó Lara.
―Cinco. O siete.
Velasco levantó la vista.
―¿Y eso es normal?
―Pensamos que estaba de baja o que había pedido días libres. No es normal pero tampoco es lo más extraño que pueda suceder.
―¿Lo comprobaron?
―Esta mañana.
El director comenzó a ponerse nervioso.
―Y no había solicitado nada.
Lara anotó aquello.
―¿Tenía amigos aquí?
―Supongo .
―¿Supone?
―Inspector, esto es un banco, no un instituto.
Velasco sonrió.
―Créame, los trabajo, cualquiera que sea suelen parecerse más a los institutos de lo que la gente imagina.
Aquello arrancó una sonrisa involuntaria al hombre.
―Puede que tenga razón.
―Necesitamos hablar con quienes trabajaban cerca de él.
Los condujo hasta la planta principal.
Decenas de empleados levantaron la cabeza al ver entrar a los policías detrás de Lara y Velasco que iban de paisanos.
Y justo entonces Lara percibió algo. Ese pequeño silencio que aparece cuando todo el mundo sabe que algo ocurre. Y nadie quiere ser el primero en hablar.
Durante la siguiente media hora fueron entrevistando a varios trabajadores. Las respuestas resultaron prácticamente idénticas.
Sergio era agradable.
Sergio era muy profesional.
Sergio era simpático.
Sergio era reservado.
Todas las respuestas eran muy similares, muy perfectas, y completamente inútiles.
Velasco comenzaba a desesperarse.
―Debe de ser el hombre más aburrido de España.
―O el más protegido.
―También .
Lara estaba a punto de dar por terminada la ronda de preguntas cuando vio a una mujer observándolos desde una mesa cercana.
No apartó la mirada cuando la descubrieron. Al contrario. Parecía estar esperando.
Lara reconoció inmediatamente a aquella expresión.
―¿Cómo se llama? ―preguntó señalándola.
El director suspiró.
―Marta.
―¿Marta qué?
―Marta Gómez.
―¿Y por qué pone esa cara?
Él cerró los ojos un segundo.
―Porque Marta cree que sabe absolutamente todo lo que ocurre en esta oficina. Es una cotilla.
Velasco sonrió.
―Nuestra clase favorita de persona.
Marta tardó exactamente treinta segundos en sentarse frente a ellos.
―Antes de que empiecen ―dijo inclinándose hacia delante―, quiero aclarar que yo nunca cotilleo.
Velasco casi se atragantó.
Lara permaneció seria.
―Por supuesto.
―Jamás, eso debe quedar bien claro.
―Lo imaginaba ―continuó Lara.
―Pero la gente habla, todos tienen ganas de contar las cosas ―dijo Marta.
―Naturalmente.
―Y una escucha cosas .
―Naturalmente.
Marta sonrió.
―Entonces sí, creo que puedo ayudar.
Lara abrió la libreta.
―Adelante.
―Sergio tenía una relación en la oficina de la que vino. Que justo por eso lo trasladaron aquí.
―¿Con quién?
―Con Julia Ferrer, claro.
El bolígrafo de Lara se detuvo.
Velasco también dejó de escribir.
―¿Está segura de lol que está diciendo?
―Vamos. Claro que lo estoy.
Marta soltó una pequeña carcajada.
―Media oficina lo sabía.
―La esposa de Nicolás Ferrer.
―Exactamente.
―¿Desde cuándo? ―preguntó Velasco.
―Mucho tiempo, es posible que más de un año quizá.
Aquello hizo que Lara levantara lentamente la cabeza.
―¿Y Nicolás lo sabía? ―preguntó Lara.
―No tengo ni idea.
―¿Discutieron alguna vez?
―No delante de los compañeros. Bueno menos por aquel día que se destapó todo.
―Dígame que es lo que ocurrió.
Marta dudó por primera vez.
―Julia se puso a coquetear delante de su marido con Sergio. Bueno estaban en su despacho pero Nicolás parece que se dio cuenta, y es probable que él para darle celos también se pusiera a darle celos a ella con una clienta, y dicen que Julia salió echa una fiera del despacho y se montó gorda.
―¿Qué nos puede contar sobre esa discusión?
―Nunca parecía enamorada.
―No estaba allí pero él le dijo de todo.
―Explíquese.
Marta bajó la voz. Como si fuera a contar un secreto de Estado.
―Pues que él la llamó golfa, y ella se lo confirmó. Aquí el que me dio pena fue Sergio, él sí estaba enamorado. Muchísimo, dicen que se le notaba. Pero ella no.
―¿Entonces por qué estaba con él?
―No lo sé.
―Intente hacer memoria que seguro que ha oído algo.
La mujer se encogió de hombros.
―¿Porque podía? No lo sé, pero imagino que pudiendo meterte en la cama con un hombre guapo y más joven que tú pues no lo vas a hacer con un viejo encorvado.
―¿Y todo esto quién se lo ha contado a usted?
―No voy a revelarles mi fuente, pero créanme que lo que les digo es cierto. Lo que también sé es que las últimas semanas fueron rarísimas.
―¿Por qué?
―Porque Sergio estaba obsesionado tanto con Julia que no paraba de acosarla .
Lara y Velasco intercambiaron una mirada inmediata.
―¿Entonces dejaron de ser amantes?
―A mí me dijeron que antes de trasladarlo ya no parecían estar juntos.
Lara cerró lentamente la libreta mientras observaba a Marta durante unos segundos más.
―¿Hay algo más que debamos saber?
Marta se quedó pensativa.
―Nada que pueda demostrar.
―No le he pedido pruebas.
Aquello arrancó una sonrisa a la mujer.
―Entonces sí. Julia siempre me dio miedo.
Velasco arqueó una ceja.
―¿Miedo?
―No de que me matase ni nada parecido. De esa clase de personas que sonríen mientras te clavan un cuchillo y después te preguntan si te encuentras bien.
―Ya.
―No sé explicarlo mejor.
Lara se puso en pie.
―Lo ha explicado perfectamente.
Marta pareció satisfecha con la respuesta.
―Pues entonces eso es todo.
―Gracias por su tiempo.
―Ha sido un placer colaborar con la justicia.
Cuando los inspectores se alejaron, Velasco todavía alcanzó a escucharla decirle a una compañera:
―¿Ves? Ya te decía yo que algún día acabarían viniendo policías .
La puerta del banco se cerró tras ellos. El sol de media tarde calentaba la acera con fuerza. Durante varios metros ninguno habló. Ambos caminaban deprisa. Hasta que Velasco rompió el silencio.
―Nos ha mentido.
―Sí.
―Y bastante además.
―Sí.
―Cuando la interrogamos parecía que Sergio era poco más que un antiguo compañero de trabajo.
―Exacto.
Velasco abrió la puerta del coche.
―Y resulta que llevaba más de un año acostándose con él.
Lara se sentó en el asiento del copiloto y lanzó la libreta sobre el salpicadero.
―Y no solo eso.
―¿Qué más?
―Tampoco mencionó que Nicolás descubrió la relación.
―Ni que hubo una pelea entre ellos.
―Ni que Sergio estaba obsesionado con ella.
Velasco arrancó el motor.
―Ni que probablemente fue la última persona importante en la vida de los dos desaparecidos.
El coche salió del aparcamiento.
Lara observó por la ventanilla cómo el banco desaparecía detrás de ellos.
Las piezas empezaban a encajar y eso la inquietaba.
―Tenemos un cadáver masculino .
―Sí.
―Tenemos a Sergio desaparecido.
―Sí.
―Tenemos a Nicolás desaparecido.
―Sí.
―Y tenemos a Julia mintiendo.
Velasco asintió.
―Empieza a parecer una combinación bastante fea.
Lara repasó mentalmente la declaración que Julia les había dado el día anterior.
―Hay algo que no me gusta.
―¿Solo algo?
―Sabes a qué me refiero.
Velasco sonrió.
―Dispara.
―Cuando hablamos con ella no parecía preocupada.
―Eso pensé yo también.
―Parecía enfadada.
―Mucho.
―Como alguien que ha discutido con su marido.
―No como alguien cuyo marido lleva días desaparecido.
El semáforo se puso en rojo y Velasco frenó.
―¿Crees que sabe dónde está?
―Creo que sabe mucho más de lo que nos contó.
―¿Y si el cadáver es Nicolás?
Lara no respondió inmediatamente, miró por la ventanilla, pensó en la bañera, pensó en el apartamento alquilado por Clara. Después pensó en Sergio .
Y pensó en todas las mentiras que empezaban a aparecer.
―Si el cadáver es Nicolás ―dijo finalmente―, Julia tiene un problema.
―¿Y si es Sergio?
―También lo va a tener.
El semáforo cambió a verde y el coche volvió a ponerse en marcha.
―¿Crees que nos recibirá bien?
Velasco soltó una carcajada.
―Creo que está a punto de odiarnos bastante.
―Perfecto.
―¿Por qué perfecto?
Lara se acomodó en el asiento.
―Porque cuando alguien se enfada suele cometer errores.
Y ahora mismo necesito que Julia Ferrer cometa alguno.
El trayecto hasta la urbanización duró veinte minutos. Cuando llegaron, la vivienda parecía tranquila.
Los juguetes de los niños seguían en el jardín.
Las persianas estaban levantadas.
Y un coche aparcado en la entrada.
Velasco apagó el motor.
―¿Preparada?
Lara ya estaba saliendo del vehículo.
―Siempre.