19
Clara Rivas
Las siguientes semanas deberían haber sido las más felices de mi vida. Y sin embargo no lo fueron. Porque resulta que enamorarse de alguien no elimina los problemas que tienes en tu vida. Solo consigue que los compartas.
Nicolás seguía casado.
Yo seguía casada.
Y aunque cada vez pasábamos más tiempo juntos, los dos seguíamos regresando a vidas que ya no nos pertenecían.
Bueno, él había decidido no regresar a su casa, y eso también me parecía mal, porque tenía dos hijos, y si un padre no siente la necesidad de estar con sus hijos, es porque no los quiere, y si no los quieres a ellos es muy difícil que logres querer a otra persona en el mundo .
Aquella tarde estaba sola en la casa que había alquilado a las afueras cuando sonó el teléfono.
No reconocí el número.
Estuve a punto de no responder.
Pero terminé haciéndolo.
―¿Sí?
Al otro lado hubo unos segundos de silencio.
Después sonó una voz.
―Soy Sergio.
Sentí un vuelco inmediato en el estómago.
―¿Cómo has conseguido este número?
―Eso no importa.
―Para mí sí.
―Necesito hablar contigo.
―No tengo nada que hablar, ya me quedó claro la otra noche que nos vas a descubrir.
―Solo diez minutos.
―No tengo nada que hablar contigo.
―Yo creo que sí.
Su tono no sonaba agresivo, tampoco desesperado. Sonaba cansado.
―Mira ―continuó―. Sé que no te caigo bien.
―Prefiero no decirte lo que pienso de ti, la verdad..
―Escúchame solo.
―No creo que tengas nada importante que decirme.
―Precisamente por eso quiero hablar contigo. Porque si tengo algo importante que necesitas saber .
Clara guardó silencio. Miró por la ventana. Los árboles se movían suavemente con el viento. Todo estaba tranquilo.
―¿Qué quieres?
―Contarte algo sobre Nicolás.
Aquello hizo que se incorporara en la silla.
―No me interesa.
―Claro que sí.
―No.
―Porque yo también pensaba que era el bueno de esta historia.
Y por algún motivo consiguió que Clara no colgara.
―¿Dónde?
―Hay una cafetería cerca del centro comercial.
―No prometo ir.
―Yo sí prometo estar.
Y la llamada terminó.
Clara permaneció varios minutos mirando la pantalla. Pensando. Enfadada consigo misma por seguir pensando en aquello.
Porque debería haberlo bloqueado.
Debería haber llamado a Nicolás.
Debería haber olvidado aquella conversación.
Y sin embargo... acabó yendo.
La cafetería estaba medio vacía cuando llegó, lo reconoció enseguida.
Era difícil no hacerlo a aquel hombre cuando se le veía una vez era poco común olvidarlo, guapo, con esa barba de dos semanas, piel tostada, pelo ondulado pero con un corte al más estilo sevillano, ojos claros que no sabría decir si verdes o azules, grande, sí, era un tipo bien grande, quizá mediría un metro noventa y poco, o incluso algo más.
Estaba sentado junto a la ventana, llevaba un vaquero color azul y una camiseta blanca de manga corta.
En este momento no le pareció arrogante.
Parecía otra persona que la que había llegado la otra noche al apartamento.
Cuando Clara llegó a la mesa él se puso de pie.
―Gracias por venir.
―Tienes cinco minutos.
―Justo lo que necesito.
Ella se sentó inmediatamente.
―Empieza.
―¿Sabes cuál es el problema de Nicolás?
―No tiene ningún problema.
―Que siempre necesita ser el héroe de alguien.
Clara sintió un pinchazo incómodo.
―No hables de él como si lo conocieses, él me ha contado que te follabas a su mujer, y ahora estás jodido porque ella te ha dejado.
―¿Por qué crees que está aquí contigo? Porque eres una mujer que necesita ayuda, ya sea emocional o económica. ¿No lo has pensado? Te ha concedido un préstamo imposible de aprobar.
―No te voy a permitir que te creas que tienes razón .
―¿No has pensado que esto es muy raro? Te conoce concediéndote un préstamo y ahora se convierte en tu amante.
Aquello la irritó muchísimo.
―Te escucho.
Sergio bajó la mirada hacia el café.
―Yo también estaba enamorado de alguien.
―De su mujer, de Julia.
―Sí.
―Y salió mal porque te enamoraste de una mujer casada, deberías de haberlo sabido desde el principio.
―Ella me dijo que me quería, y que ojalá fuera yo su marido, jugó conmigo.
Durante unos segundos ninguno habló.
―¿Sabes qué fue lo peor? ―preguntó él.
―¿Qué?
―Descubrir que la persona que creías conocer solo existía dentro de tu cabeza. Te va a pasar, él no es quien tú crees.
Aquello le resultó extrañamente familiar.
―No he venido a hablar de Julia.
―Ya lo sé.
―Entonces ve al grano.
Sergio asintió.
―Voy a decirte algo que probablemente no te guste.
―Adelante.
―Nicolás está enamorado de ti.
Clara sonrió.
―Eso ya lo sabía.
―No .
Sergio negó lentamente.
―No lo entiendes.
Se inclinó hacia delante.
―Está enamorado de una forma que no te gustaría descubrir. Él es posesivo, celoso.
La sonrisa desapareció del rostro de Clara.
―No sabes de qué hablas.
―Puede.
―Definitivamente no sabes de qué hablas.
―¿Y tú sí?
―No he venido a separaros. He venido a ofrecerte mi ayuda si en algún momento la necesitas, su mujer me ha contado como es él.
―Pues para no querer separarnos…
―He venido porque creo que ninguno de los dos sabe realmente lo que está haciendo.
―¿Divertirse, tener una historia de amor que se merece?
―Ya veo que aún crees en cuentos de hadas…
―Bueno, ya han pasado tus cinco minutos, me voy.
―Nicolás no es el hombre que crees.
―No lo conoces.
―Julia sí.
―Estás mintiendo.
―Yo solo quiero ayudarte.
Clara se levantó, ya había tenido suficiente.
―Me voy.
―Está bien.
―No vuelvas a llamarme .
―Está bien, pero no dudes en hacerlo tú si algo va mal.
Aquello la sorprendió.
―Nada irá mal.
Sergio terminó su café de un último trago y se levantó para despedirse de Clara.
―Eres preciosa, por eso está contigo.
―¿Eso es lo único que puedes ver en mí? Ves, esa es la diferencia entre tú y él. Quizá es lo que os pasa a los hombres como tú ―lo miró de arriba abajo.
Él levantó la vista.
―¿Cómo yo? ―preguntó Sergio.
―Sí, así como tú, guapo, fuerte, atractivo, pero con el cerebro con una sola neurona trabajando.
―Así es que te parezco guapo…
Sergio fue en lo único que se paró a pensar.
Y por primera vez pareció completamente sincero.
―Ahora mismo te besaría, ¿y tú qué harías si yo hiciera eso?
Clara frunció el ceño.
―Ni lo intentes ―dijo.
―No me has dicho que harías, ¿tienes miedo a que te bese y no sepas reaccionar?
Sergio dio un pequeño paso para acercarse a ella, y Clara no se movió.
―No te voy a besar porque preferiría que lo hicieras tú.
Sergio dijo aquello y se fue, dejando a Clara allí parada y con una reacción a sus palabras que no entendía.