17
Nicolás se quedó inmóvil durante unos segundos al abrir la puerta.
La sorpresa fue tan grande que incluso tardó en poder pronunciar su nombre.
Porque la última persona que esperaba encontrarse a las dos de la madrugada, en mitad de ninguna parte, era Sergio.
Allí estaba.
Con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta ligera, el cabello revuelto por el viento y una expresión extraña en el rostro. No parecía enfadado. Podría decirse que parecía sorprendido y desesperado.
―Tú.
Nicolás salió al porche y cerró la puerta detrás de sí casi por instinto.
―¿Qué cojones haces aquí?
Sergio sonrió .
―Me ha costado encontrarte pero al final lo he hecho.
―Pues ya me has encontrado. Ahora lárgate por donde has venido.
―No.
Aquella respuesta hizo que Nicolás lo mirara con más atención.
Había algo raro en él. Como si llevara días sin dormir o simplemente estaba drogado.
―¿Cómo has sabido dónde estaba?
―Te llevo siguiendo semanas.
Nicolás parpadeó.
―¿Qué?
―Lo que oyes.
―Estás enfermo.
―Puede ―. Sergio se acercó un paso―. Pero necesito entender qué está pasando.
Nicolás empezó a notar que la paciencia le duraba exactamente cero segundos.
―Pues pregúntaselo a tu psicólogo y vete de aquí ya.
―No bromees.
―¿Quién está bromeando?
Después Sergio se rascó un poco la nariz mientras aspiraba para dentro, un claro ejemplo de las personas que se meten cocaína. En ese momento Nicolás se dio cuenta de que Sergio no parecía dispuesto a marcharse.
Y Nicolás tampoco tenía intención de seguir conversando con una persona en su estado.
Finalmente fue Sergio quien habló .
―Yo la quiero.
Aquello consiguió detenerlo.
―¿Perdona?
―A Julia.
Nicolás soltó una carcajada incrédula.
―No me jodas.
―La quiero de verdad.
―Claro.
―Hablo en serio.
―Y yo también cuando te digo que no me jodas.
Sergio tragó saliva.
―Pensaba que cuando desapareciera de su vida...
―¿Desaparecieras?
―Cuando me trasladaron sin que ella pudiese hacer nada.
―Ya.
―Pensaba que volvería contigo.
Nicolás lo observó durante unos segundos.
Y entonces empezó a comprender que Sergio no estaba allí por él. Estaba allí por Julia. Como un perro perdido buscando una puerta que se había cerrado.
―No te ha llamado.
No era una pregunta.
Sergio negó lentamente.
―Ni un mensaje.
―No.
―No sabes nada de ella desde que se encargó de que te trasladasen…
―Una mierda, ella no lo hizo .
―No, que va, porque ella es una mujer maravillosa que no le gusta hacer daño a la gente y que además parece ser que estaba enamorada de ti.
Nicolás soltó aire por la nariz.
―Me decía que me quería, y que jamás podría separarse de mí.
―Pues creo que ya tienes la respuesta.
Aquello hizo que algo se rompiera en la expresión de Sergio.
―No.
―Sí.
―No puede ser.
―Puede perfectamente.
―No la conoces.
―La conozco más de lo que crees.
―Yo sé lo que sentía por mí.
Nicolás soltó otra carcajada.
―Tú no sabes nada. Me quería.
―No.
―Sí.
―No, Sergio ―Nicolás habló completamente serio.― lo que le gustaba era acostarse contigo.
Las palabras de Nicolás salieron muy duras para Sergio, quien apretó la mandíbula al escucharlas.
―Eso no es verdad.
―Claro que lo es, y si no, ¿por qué no te llama? Yo hace tiempo que decidí apartarme.
―No.
―¿Quieres saber la verdad?
El otro no respondió .
―Si hubiera querido estar contigo estaría contigo ahora mismo.
El viento agitó las ramas de los árboles que rodeaban la casa.
Ninguno habló durante varios segundos.
Hasta que Nicolás terminó de rematarlo.
―Además deberías plantearte que no esté con otro, ahora que tú no estás en la oficina seguro que tiene a alguien bajo sus órdenes.
Sergio levantó la vista.
―¿Qué?
―Julia es así, crees que tú has sido el primero, pues yo pienso que no.
El puñetazo llegó tan rápido que Nicolás no tuvo tiempo de verlo.
Sintió el impacto directamente sobre el pómulo. Después fue directo al suelo. El sabor metálico de la sangre le inundó la boca.
―¡No vuelvas a decir eso!
Nicolás escupió a un lado mientras se incorporaba.
―¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme hasta que te quiera?
―¡Cállate!
―¿Hasta que consigas que Julia te quiera?
Sergio volvió a lanzarse hacia él.
Esta vez ambos chocaron con violencia.
El golpe los hizo caer contra una de las columnas del porche.
La puerta se abrió de golpe.
―¡Nicolás !
Los dos hombres se separaron nada más ver a Clara.
Sergio levantó la cabeza y fue suficiente lo que vio.
La luz del interior iluminó parcialmente su rostro, y en ese mismo momento algo cambió en su expresión. La reconoció completamente.
―Espera...
Clara se quedó inmóvil.
―¿Qué?
Sergio la señaló.
―Tú.
Ahora era él quien parecía sorprendido.
―Yo te conozco.
Clara frunció el ceño.
―No creo.
―Sí.
Dio un paso hacia ella.
―Claro que sí.
Nicolás se interpuso inmediatamente.
―Ni se te ocurra acercarte.
Pero Sergio apenas lo escuchaba a él. Seguía mirando a Clara. Intentando colocar la imagen en su cabeza y de pronto lo consiguió.
―El banco.
Clara sintió cómo el estómago se le encogía.
―¿Qué?
―Eres la mujer del préstamo.
Nicolás notó que la sangre desaparecía de su cara .
Porque acababa de entender exactamente lo mismo que Clara.
Sergio sabía quién era ella. Y ahora sabía que estaban juntos.
La sonrisa que apareció entonces en el rostro de Sergio fue la más peligrosa que Nicolás le había visto jamás.
―Vaya.
Miró a uno y luego al otro.
Y después soltó una pequeña carcajada.
―Ahora sí que lo entiendo todo.
Y por primera vez desde que había llegado, Nicolás tuvo la sensación de que aquel encuentro acababa de convertirse en un problema mucho más grave que una simple pelea.