Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 16
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Esa noche Nicolás no fue capaz de quedarse en la cama.

Llevaba horas dando vueltas en la oscuridad, escuchando la respiración regular de Julia a su lado, intentando convencerse de que aquella todavía era su vida, de que lo correcto era seguir allí, aguantar un poco más, esperar a que todo se calmara.

Pero cada minuto que pasaba le resultaba más insoportable, como si el propio colchón lo estuviera empujando hacia otra dirección, hacia un lugar donde por fin no tuviera que fingir que todo estaba bien, y que era feliz.

Se levantó sin hacer ruido.

Durante unos segundos se quedó quieto en el pasillo, escuchando la casa en silencio, con esa sensación extraña de estar abandonando algo sin retorno aunque todavía no lo supiera.

Abrió el armario del dormitorio de invitados, cogió un par de mudas al azar, una sudadera, lo justo para desaparecer unas horas, o unos días, sin pensar demasiado.

No miró atrás cuando cerró la puerta de la habitación.

El coche arrancó bajo el silencio de la noche.

Y mientras conducía, por primera vez en mucho tiempo, no pensó en Julia, ni en los niños, ni en lo que estaba dejando atrás. Solo pensó en Clara.

En volver a verla cuanto antes.

En llegar a ese lugar.

La casa que habían alquilado aquella vez era pequeña, aislada, casi escondida entre caminos secundarios y árboles altos.

Clara había insistido en aquel lugar precisamente por eso, por la sensación de que el mundo no existía más allá de sus paredes.

Desde el día en que Julia descubrió la primera reserva, habían acordado que sería ella quien se encargaría de organizar los siguientes encuentros.

Era más seguro así. Julia no sospecharía si todo salía de su propio control, si las reservas no pasaban por la mano de Nicolás.

Nicolás aparcó lejos de la entrada, como siempre, y caminó el resto del trayecto con las llaves en el bolsillo, sintiendo el corazón acelerado, él entero estaba demasiado despierto para la hora que era.

Cuando abrió la puerta, la casa estaba en silencio, iluminada solo por una lámpara cálida en la esquina del salón.

Clara estaba allí.

Sentada en el sofá, con el portátil abierto sobre las piernas, el pelo recogido con un moño alto sobre su cabeza, y una camiseta amplia que le caía sobre un hombro.

Levantó la vista en cuanto escuchó la puerta. Y sonrió. Como si lo hubiera estado esperando .

Nicolás cerró la puerta detrás de él sin decir nada y se quedó mirándola unos segundos, como si todavía le costara creer que aquel lugar existiera de verdad y que ella era toda suya.

Ella se levantó despacio, sin prisa, y cruzó la habitación hacia él, y en el momento en que lo alcanzó lo único que hizo fue abrazarlo, como si el tiempo separados no hubieran sido horas sino semanas enteras.

―Has tardado ―murmuró ella contra su cuello.

―No podía más ―respondió él, con una sinceridad que no se molestó en disfrazar.

Clara no preguntó nada más. No le pidió explicaciones.

No quiso saber si había discutido, si había mentido, si había hecho daño a alguien para estar allí.

Solo lo llevó hacia el sofá otra vez, le quitó la chaqueta con naturalidad y se sentó a su lado, con las piernas recogidas, mirándolo como si por fin el mundo la hubiera encajado en su sitio.

―No he vuelto a casa desde que te fuiste ―dijo ella al cabo de un momento, como si hablara de algo trivial.

Nicolás la miró sorprendido.

―¿No?

Clara negó suavemente.

―Matías no me pregunta demasiado. Dice que está bien, que necesita silencio para trabajar, que le viene mejor no tener distracciones en esta época del curso. No le ha extrañado. Creo que incluso le parece cómodo que no esté.

―A veces pienso que lleva años sin mirarme de verdad .

Nicolás no supo qué responder a eso. Solo le acarició la mano con los dedos, despacio, como si aquel contacto fuera suficiente para compensar todo lo demás.

Clara apoyó la cabeza en su hombro y durante un rato no hablaron.

La casa, el silencio, la noche afuera, todo parecía estar dentro de una burbuja frágil que ninguno de los dos quería romper.

Las horas pasaron sin que lo notaran.

Entre besos, conversaciones inconexas, risas suaves que no necesitaban motivo. No había motivo para preocupaciones, solo una especie de calma extraña, como si ambos hubieran encontrado un lugar donde por fin podían dejar de resistirse.

Cuando terminaron de amarse, Clara se quedó dormida primero, con la mano aún entrelazada con la de él, y Nicolás tardó un poco más en cerrar los ojos, mirando el techo sin pensar en nada concreto, solo en la certeza absurda de que no quería volver a ningún otro sitio que no fuese allí.

Entonces sonó el timbre de la entrada, eran las dos de la madrugada.

Clara se movió ligeramente en la cama, medio dormida.

―¿Quién es? ―murmuró.

Nicolás ya estaba de pie.

―Nadie sabe que estamos aquí.

―Entonces no abras ―dijo ella incorporándose.

Pero Nicolás ya estaba caminando hacia la puerta.

El pasillo le pareció más largo de lo normal, como si la casa hubiera cambiado de tamaño en cuestión de segundos. Cuando llegó a la entrada, apoyó la mano en el pomo durante un instante que se le hizo eterno. Afuera no se oía nada. Ninguna voz. Ningún movimiento. Solo el silencio de la noche.

Abrió.

Y cuando vio aquel rostro conocido no pudo hacer nada. Tampoco dijo nada. Solo arrugó la frente sin comprender qué estaba haciendo allí.