Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 15
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A la mañana siguiente, Lara Martínez y Velasco abandonaron la comisaría con una dirección escrita en una hoja doblada sobre el salpicadero. El tráfico comenzaba a congestionarse a esas horas y ninguno de los dos habló demasiado durante el trayecto. Ambos seguían dándole vueltas a la misma cuestión.

Nicolás Ferrer. Un simple empleado de banca que había concedido un préstamo bastante cuestionable a una escritora en apuros económicos.

Sobre el papel no parecía gran cosa.

Pero tampoco parecía casualidad.

Y en una investigación por homicidio, las casualidades tenían la desagradable costumbre de terminar convirtiéndose en pistas.

La urbanización donde vivía estaba situada en una zona residencial tranquila.

Casas adosadas prácticamente idénticas entre sí, jardines bien cuidados y coches familiares aparcados frente a las puertas.

Lara observó varios juguetes infantiles desperdigados sobre el césped, y pensó que era exactamente el tipo de lugar donde la gente se convencía a sí misma de que las tragedias ocurrían en otros barrios.

Aparcaron frente a la vivienda y subieron los pocos escalones que conducían a la entrada.

Lara llamó al timbre.

No obtuvieron respuesta.

Volvió a llamar.

Y entonces escucharon pasos aproximándose desde el interior.

La puerta se abrió apenas unos centímetros al principio, como si quien estuviera dentro quisiera asegurarse de quién llamaba antes de permitir la entrada.

La mujer que apareció tenía el cabello recogido y una expresión de agotamiento difícil de disimular. No parecía alguien que acabara de levantarse ni alguien que hubiera pasado mala noche.

―¿Sí?

Lara mostró la placa.

―Inspectora Lara Martínez. Policía Nacional. Él es el inspector Velasco. Venimos buscando a Nicolás Ferrer.

Durante una fracción de segundo la mujer se quedó completamente inmóvil.

Fue algo tan breve que habría pasado desapercibido para cualquiera.

Pero Lara llevaba demasiados años interrogando personas .

Había reconocido aquella reacción cientos de veces.

No era sorpresa, era tensión, la clase de tensión que aparece cuando alguien escucha un nombre que esperaba escuchar tarde o temprano.

―No está ―respondió finalmente.

―¿Podemos pasar?

Julia dudó apenas un instante antes de abrir la puerta por completo.

El interior de la vivienda tenía aspecto de hogar habitado.

No de esos que aparecen en las revistas de decoración, sino de una casa real.

Había mochilas escolares apoyadas junto a una pared de la entrada, dibujos infantiles pegados con imanes en la nevera y una montaña de ropa perfectamente doblada sobre una silla del comedor.

La clase de detalles que transmitían normalidad.

Sin embargo, Lara había aprendido hacía tiempo que los peores secretos siempre se escondían detrás de escenarios aparentemente normales.

Tomaron asiento en el salón mientras Julia permanecía frente a ellos con los brazos cruzados.

―Como le decía, buscamos a su marido ―explicó Lara―. Necesitamos hacerle algunas preguntas relacionadas con una investigación.

―Pues no puedo ayudarles.

―¿No sabe dónde está?

―No.

La respuesta los dejó asombrados, y Lara y Velasco se miraron ipso facto.

―¿Cuándo fue la última vez que lo vio ?

Julia desvió la mirada hacia una ventana.

―Hace unos diez días, puede que alguno más.

Velasco dejó de escribir.

―¿Diez días?

―Más o menos.

―¿Y desde entonces no ha vuelto por aquí?

―No.

―¿Ni una llamada?

―No.

―¿Ni mensajes?

―No.

―Veo que tienen hijos, ¿no se ha molestado en venir a verlos tampoco?

A medida que avanzaba la conversación, Lara empezó a sentir una incomodidad creciente.

No por las respuestas.

Sino por la ausencia de determinadas respuestas.

Porque una esposa que lleva diez días sin ver a su marido normalmente hace preguntas.

Muchas preguntas.

¿Ha tenido un accidente?

¿Ha ocurrido algo?

¿Por qué lo buscan?

¿Está bien?

Julia no había formulado ni una sola.

Era como si ya hubiera aceptado aquella desaparición mucho antes de que ellos llamaran a la puerta.

―¿Ha denunciado su desaparición? ―preguntó Lara.

La mujer la miró directamente a los ojos .

―No.

Velasco levantó la cabeza.

―¿No?

―No.

―¿Y por qué no?

Julia soltó un suspiro sin ganas.

―Porque mi marido no está desaparecido.

―Entonces díganos dónde está.

―Si lo supiera no estaríamos teniendo esta conversación.

Aquella respuesta hizo que Lara intercambiara una rápida mirada con su compañero.

La mujer era inteligente.

Y estaba escogiendo cuidadosamente cada palabra.

―Creo que sería más fácil para todos si nos explicara qué ocurre exactamente entre ustedes.

Julia permaneció unos segundos en silencio. Después caminó hasta una butaca cercana y se dejó caer sobre ella.

Parecía cansada, derrotada, triste, pero no preocupada.

―Mi marido me estaba siendo infiel.

Velasco retomó las anotaciones.

―¿Está segura?

―Completamente.

―¿Desde cuándo?

―No lo sé. Pero hace unos veinte días tuvimos una conversación donde me lo confirmó.

―¿Y cuándo lo descubrió?

―Se lo acabo de decir .

―No. Ha dicho que tuvieron una conversación de confirmación, pero no ha dicho cuando descubrió que su marido era infiel.

Aquello hizo que Lara se inclinara ligeramente hacia delante.

―Justo ese día también, por la mañana llame a una agencia, pues encontré una tarjeta en un bolsillo. Esperé a que llegase del trabajo y fue cuando hablamos.

―Y en ese momento le dijo que tenía un amante.

―Sí. Bueno, me dijo que estaba enamorado de ella.

―¿Discutieron?

Julia soltó una risa.

―¿Ustedes qué creen?

Ninguno respondió.

―Sí, discutimos.

―¿Mucho?

―Muchísimo.

La palabra salió cargada de veneno.

―¿Llegaron a las manos?

Por primera vez Julia pareció incómoda.

―Ese día no.

―¿Ha habido escenas de violencia entre ustedes?

―Le lancé un jarrón meses antes.

Velasco dejó de escribir.

―¿Qué?

―Un jarrón.

―¿Le alcanzó?

―Sí.

―¿Dónde?

―En la cabeza .

―¿Necesitó atención médica?

―No lo sé.

―¿Cómo que no lo sabe?

―Porque se marchó poco después.

La tensión dentro de la habitación empezó a aumentar.

Lara observó detenidamente a la mujer que tenía delante.

―¿Y ahora nos puede contar el motivo de esa discusión de hace unos meses?

―No tiene nada que ver con esto.

―Necesitamos saberlo.

―Yo le había sido infiel antes. Se enteró discutimos y me llamo puta, yo le lancé el jarrón, se fue de casa y regresó al día siguiente.

―¿Dónde pasó la noche?

―No tengo la menor idea.

―¿No le parece extraño que su marido ahora lleve sin ver a sus hijos tantos días?

―Claro que me parece extraño. Pero no sé qué es lo que tiene en la cabeza.

―Entonces ¿por qué no ha denunciado?

Julia tardó varios segundos en responder.

Cuando lo hizo, su voz sonó más baja.

Más sincera.

―Porque pensé que estaba castigándome.

―¿Castigándola?

―Sí.

Se pasó una mano por el rostro.

Por primera vez parecía realmente agotada .

―Primero pensé que necesitaba tiempo para darse cuenta si me quería, si me echaba de menos, o simplemente quería devolverme todo ese daño que yo le he causado.

Pensé que quería hacerme daño, no creí que lo que me dijo sobre su enamoramiento fuese real, y ahora ya solo pienso que esta con ella.

Aquella última frase llamó inmediatamente la atención de Lara.

―¿Con ella?

―La mujer con la que me engañaba.

―¿Sabe quién es?

Julia negó lentamente.

―No.

Cuando finalmente abandonaron la vivienda y caminaron hacia el coche, ninguno habló durante varios metros.

Fue Velasco quien rompió el silencio.

―No me ha gustado nada.

―A mí tampoco.

―¿Crees que oculta algo?

Lara abrió la puerta del vehículo pero no llegó a entrar. Seguía mirando la casa.

―Creo que sabe más de lo que dice.

―¿Sobre la amante?

―Sobre todo.

Velasco suspiró.

―Cada vez tenemos más preguntas.

―Y menos respuestas.

―La víctima sigue sin ser identificada.

―Sí .

―Clara lleva desaparecida casi el mismo tiempo que Nicolás.

―Sí.

―Y ahora resulta que Nicolás tenía una amante. ¿Crees que el marido de Clara nos puede confirmar si su mujer tenía un amante?

Lara permaneció unos segundos pensativa.

Después cerró la puerta del coche de nuevo.

―¿Sabes qué es lo peor? que ese tipo de hombres no se darían cuenta jamás. No has visto su apariencia, solo se preocupa por él, no tiene pinta de que se preocupe por nadie más.

―¿Qué?

―Que por primera vez desde que entramos en aquel apartamento ya no estoy segura de que estemos investigando la desaparición de una sola persona.

Y mientras pronunciaba aquellas palabras, una idea comenzó a abrirse paso lentamente en su cabeza.

Una idea incómoda.

Porque si Nicolás también había desaparecido... entonces el cuerpo que se estaba pudriendo dentro de aquella bañera podía pertenecer a cualquiera de ellos.