Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 14
50%

14

Julia llevaba toda la tarde esperando a que su marido entrase por la puerta de casa. No era una forma de hablar.

Llevaba literalmente horas mirando el reloj, escuchando cualquier ruido que llegara desde la calle y repasando una y otra vez la conversación que iba a tener en cuanto Nicolás cruzara la puerta.

Porque ya no quedaba nada que investigar por su parte, todo estaba bien claro.

No era una sospecha inocente. Sabía que le estaba siendo infiel.

Lo sabía con la misma certeza con la que sabía su propio nombre.

Había pasado la tarde entera revisando la información una y otra vez hasta terminar odiando cada una de aquellas direcciones.

Cuando Nicolás llegó a casa encontró una cena silenciosa y una familia aparentemente normal .

Los niños hablaban del colegio sin parar. Julia sonreía cuando correspondía. Nadie habría imaginado que llevaba varias horas conteniendo una bomba en su interior que cuando explotase no iba a dejar títere con cabeza.

A Nicolás no le pareció notar nada extraño. Eso fue precisamente lo que más rabia le dio a ella.

La normalidad que aparentaba cuando realmente todo estaba yéndose a la mierda. La tranquilidad en sus gestos, la indiferencia que mostraba.

Porque mientras ella llevaba meses intentando reconstruir algo, él parecía caminar por la casa sin una sola preocupación encima.

Los niños se fueron a dormir sobre las diez.

Julia esperó unos minutos para asegurarse de que ellos no escucharían nada.

Nicolás recogió algunos platos que todavía quedaban en la cocina, y después terminó de ordenar la cocina.

Se preparó un vaso de agua con un sobre de manzanilla y tila, era una mezcla que le ayudaba a conciliar el sueño.

Y finalmente se sentó en el sofá.

Fue entonces cuando ella decidió que ya había esperado bastante.

Entró en el salón con calma.

Y eso fue lo primero que hizo que Nicolás levantara la vista, porque en las últimas semanas, después de cenar ella se había ido directa a la cama, había leído allí un rato y después se la había encontrado dormida .

Aquella noche parecía peligrosa de otra manera.

―¿Qué tal la reunión de Teruel?

Nicolás tardó un segundo en responder.

―¿Qué reunión?

Julia sonrió. Aquella fue una sonrisa horrible.

―La de hace tres días.

―Ah, sí, esa.

El silencio que siguió duró apenas dos segundos.

Pero fueron suficientes.

Julia ya tenía su respuesta.

―Ya veo.

Nicolás dejó el vaso sobre la mesa.

―¿Qué pasa?

―Nada.

Ella siguió sonriendo.

―Solo me preguntaba si te gustaron las vistas.

―Julia...

―Las de la casa rural, digo.

Nicolás ya sabía por dónde iba aquello.

Y por primera vez en mucho tiempo no sintió miedo, ni nervios, ni siquiera culpa. Solo cansancio.

Julia dio un paso más hacia él.

―Imagino que tuvo que ser revitalizador despertarse viendo la sierra. Siempre has sido más de montaña que de playa.

Nicolás suspiró.

―¿Qué has hecho?

―¿Yo?

Ella soltó una pequeña carcajada.

―Absolutamente nada .

Sacó varias hojas dobladas de detrás de la espalda y las dejó caer sobre la mesa.

Allí estaba todo, reservas con fechas exactas y hasta las direcciones.

Nicolás las reconoció inmediatamente.

―Llamé a la inmobiliaria.

Ahora sí. Ahora el silencio fue mucho más largo.

Julia observó atentamente su reacción.

Quería verle nervioso, quería escuchar alguna excusa, alguna pista que dejase ver que había sido un error para él. Pero no ocurrió.

Y aquello la volvió completamente loca.

―¿Eso es todo? ―preguntó ella―. ¿Ni siquiera vas a intentar negarlo?

―No.

―¿No?

―¿Para qué?

La respuesta cayó sobre ella como una bofetada.

―¿Para qué? ―repitió.

―Ya lo sabes.

Julia empezó a notar cómo la rabia le subía por el pecho.

―Eres un hijo de puta.

Nicolás ni siquiera apartó la mirada.

―Puede.

―Me has hecho creer durante meses que podíamos arreglar esto.

―Lo intenté. Vaya que lo intenté, pero es que dos años son mucho para perdonarte…

―¡Mentira!

El grito resonó por toda la casa .

Nicolás miró brevemente hacia el pasillo que conducía a las habitaciones de los niños.

―Baja la voz.

―No me digas lo que tengo que hacer.

Julia sentía que estaba perdiendo el control.

Y lo peor era que él seguía sentado. Tranquilo. Casi aburrido.

―Mientras yo me alejaba de Sergio...

―Por decisión propia. Haz memoria y busca en esa cabecita si alguna vez te pedí que lo hicieras.

―Mientras yo intentaba arreglar nuestro matrimonio...

―Porque te convenía.

―Mientras yo estaba aquí...

Julia señaló toda la casa.

―¡Tú estabas acostándote con otra!

Nicolás permaneció unos segundos en silencio.

Después respondió con una calma que resultó mucho más cruel que cualquier grito.

―Sí.

Aquello la dejó sin aire.

Porque no había remordimiento en aquella afirmación.

No había vergüenza ni nada que se pareciera.

Solo una aceptación absoluta.

―Te odio.

―Lo sé.

―Te odio muchísimo.

―Lo imagino. Porque yo también te odié antes a ti.

―Quiero que te vayas de esta casa .

Y entonces, por primera vez, Nicolás sonrió.

Una sonrisa pequeñita y fría.

―Ni lo sueñes.

Julia parpadeó.

―¿Perdona?

―He dicho que ni lo sueñes.

Nicolás se levantó del sofá.

―No pienso marcharme de mi casa.

―Es nuestra casa.

―Exacto.

―Pues entonces largo. Yo me quedaré con los niños, así podrás follar cuanto te apetezca con vete a saber qué zorra.

―Si te molesta mi presencia puedes irte tú.

Julia lo miró como si acabara de abofetearla.

Porque durante años había sido ella quien tomaba las decisiones.

Ella era quien dirigía. Ella quien imponía.

Y de pronto Nicolás simplemente había dejado de obedecer.

―Eres increíble.

―No.

―Sí.

Ella empezó a caminar de un lado a otro del salón.

―Te atreves a actuar como la víctima cuando llevas meses engañándome.

―No soy la víctima.

―¿Ah no?

―No.

Nicolás le sostuvo la mirada .

―Pero tampoco soy el villano que te gustaría que fuera. Solo ha sucedido algo que jamás imaginé que pudiese ocurrir, y echando la vista atrás, pues tampoco imaginé que pudiese hacerte tanto daño. Tú lo hiciste y sé que pensabas en mí todo el tiempo.

―Claro que sabias que me dolería.

―Tú empezaste este juego.

―¿Otra vez con eso?

―Sí.

―Ya te pedí perdón.

―Y yo te escuché.

―Entonces, ¿para qué demonios seguimos hablando de Sergio?

La respuesta llegó inmediata.

―Porque nunca te arrepentiste de hacerlo.

Julia abrió la boca.

Pero Nicolás continuó.

―Te arrepentiste de que te descubrieran.

Aquello sí le hizo daño.

Porque una parte de ella sabía que había algo de verdad ahí.

―No tienes ni idea de lo que siento.

―No.

―Ni idea.

―Tienes razón.

Nicolás cogió el vaso de agua donde descansaban aún las bolsitas de hierbas, y después de escurrilas con calma, bebió un sorbo.

Después la miró con una tranquilidad que resultó devastadora.

―Pero sí sé una cosa .

―¿Cuál?

―Jamás pensaste que yo pudiera hacerte lo mismo.

Julia se quedó completamente inmóvil. Porque era verdad. Nunca lo había pensado. Nunca.

―Tú dabas por hecho que seguiría aquí esperando.

―No.

―Sí.

―No es verdad.

―Claro que lo es. No trates de engañarme de nuevo.

Nicolás negó lentamente con la cabeza.

―La diferencia entre nosotros es que tú te acostabas con alguien porque te divertía.

Julia sintió que algo se removía dentro de ella.

―¿Y tú?

―Yo me he enamorado.

El salón quedó en silencio. Un silencio tan absoluto que parecía imposible poder cubrir.

―¿Qué has dicho?

―Que me he enamorado.

Julia sintió una punzada en el pecho. Porque aquello era peor que cualquier infidelidad.

―No puede ser, en tan poco tiempo un hombre no puede enamorarse, y menos cuando lol está de su mujer.

―Sí. Sí es posible, y no, no sigo enamorado de ti, solo te soporto .

―No la conoces aún como para decir que estás enamorado. Estoy segura de que te ha enseñado lo mejor de ella, pero aún no has visto nada más.

―La conozco más de lo que tú me conoces a mí ahora mismo.

Julia tuvo que apartar la mirada.

Y por primera vez desde que empezó la discusión comprendió algo terrible.

No estaba perdiendo una pelea. Estaba perdiendo a su marido.