Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 12
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Los dos meses siguientes fueron una mentira. Una mentira enorme que, para resultar todavía más real, tenía apariencia de verdad.

Clara volvió a casa aquella primera noche convencida de que lo ocurrido con Nicolás había sido un error irrepetible.

Un accidente provocado por dos personas dolidas que habían coincidido en el momento exacto.

Se repitió aquello varias veces mientras observaba a Matías dormir a su lado.

También se lo repitió mientras desayunaban al día siguiente.

Y mientras él se marchaba a trabajar. Y mientras escribía frente al ordenador.

Pero tres días después estaba mirando el móvil. Esperando un mensaje. Y cuando llegó, sonrió.

Nicolás tampoco tenía intención de volver a verla. Al menos eso se dijo a sí mismo. Pues Julia estaba haciendo esfuerzos reales por arreglar las cosas. Después de la discusión parecía otra persona. Más presente. Más atenta. Incluso había roto definitivamente con Sergio.

―Lo he trasladado a Zaragoza ―le dijo una noche durante la cena.

Nicolás levantó la vista del plato.

―¿Y eso?

―Porque no quiero seguir viéndolo.

La respuesta había sonado sincera. Y quizás lo era, pero para Nicolás llegaba con un poco de retraso.

Sí, era tarde, porque mientras Julia intentaba reconstruir algo, Nicolás ya esperaba con ansiedad los mensajes de otra mujer.

Al principio fueron encuentros inocentes. Un café, después una comida. Una coincidencia premeditaba mientras los dos daban un paseo.

Después empezaron las excusas, Clara empezó a inventar congresos que no existían. Nicolás a ponerse reuniones que después eran canceladas. Visitas a clientes inventados. Y poco a poco fueron construyendo una rutina que no figuraba en ninguna agenda.

Una vez se encontraron en un hotel junto a la playa. Otra en una pequeña casa rural a cuarenta kilómetros de la ciudad. Después en un apartamento turístico donde pasaron toda una tarde viendo llover desde la ventana mientras Clara le leía capítulos de la novela que ya nadie quería publicar.

―Esta parte es horrible ―decía ella.

―Esta parte es buenísima.

―No tienes criterio.

―Y tú tienes demasiadas inseguridades.

Ella terminaba riéndose .

Y Nicolás pensaba que llevaba años sin escuchar una risa que le gustara tanto.

Lo peor era que ambos seguían intentándolo en casa.

Clara continuaba cenando con Matías. Escuchando hablar de alumnos como si verdaderamente le interesase.

También se esforzaba por preguntarle sobre los exámenes.

Intentaba cuadrar sus horarios con los de él para que jamás sospechase que salía de casa.

Y cada vez le costaba más fingir que aquello era suficiente.

Nicolás seguía acostándose junto a Julia cada noche. Seguía yendo a reuniones familiares. Seguía recogiendo a los niños del colegio. Y cada vez sentía más la sensación de estar viviendo la vida de otra persona.

El problema llegó cuando Julia empezó a creer que realmente estaban mejorando. Porque durante unas semanas Nicolás dejó de discutir. Dejó de hacer preguntas. Incluso volvió a sonreír alguna vez. Y ella confundió resignación con reconciliación.

Hasta aquella tarde.

Fue algo tan estúpido que años después seguiría preguntándose cómo no lo vio antes.

Estaba guardando ropa limpia cuando encontró una tarjeta dentro del bolsillo interior de una americana.

Una simple tarjeta. Con el logotipo de una agencia inmobiliaria.

Julia la sostuvo entre los dedos unos segundos.

No recordaba ninguna agencia con ese nombre.

Se sentó en el borde de la cama observándola.

Después la giró. Había un número de teléfono.

Nada más. Y por algún motivo una sensación desagradable empezó a instalarse en su estómago.

No tenía pruebas. No tenía motivos para desconfiar de él, o quizá sí, porque Nicolás era un hombre bueno, pero recordaba que era rencoroso, y quizá ese rencor lo iba a sacar en forma de revancha.

A la mañana siguiente esperó a que Nicolás saliera de casa. Ella se encargaría de llevar a los niños a la escuela, le dijo.

Lo vio marcharse con normalidad, subirse al coche y hasta despedirse con un beso desde su asiento. Y cuando desapareció al final de la calle, marcó el número.

Respondió una mujer joven.

―Buenos días, Grupo Horizonte, ¿en qué puedo ayudarla?

Julia sonrió automáticamente. La misma sonrisa profesional que utilizaba con los clientes importantes. Porque aunque no se viera, el tono de voz cambiaba inmediatamente cuando esa sonrisa aparecía en su rostro.

―Buenos días. Mire, llamo porque mi marido trabaja con ustedes ocasionalmente y necesito localizar una documentación relacionada con unos alquileres temporales.

―¿A nombre de quién?

―Nicolás Ferrer.

La mujer tardó unos segundos.

Se escuchó un teclado.

―Sí, aquí aparece .

Julia notó cómo el corazón le daba un golpe inesperado.

―Perfecto. ¿Podría confirmarme cuáles fueron las últimas reservas? Es para una cuestión fiscal.

―Claro, un momento.

Más teclado y una espera que para Julia era eterna.

Y entonces empezó a escuchar: todas las fechas, las direcciones de apartamentos, de casas rurales, incluso de hoteles gestionados por la misma empresa.

Era una lista demasiado larga, muchísimo más larga de lo que nadie esperaría para tan poco tiempo.

Julia dejó de tomar notas a mitad de la conversación. Porque ya no las necesitaba.

La mujer al otro lado del teléfono seguía hablando. Pero ella apenas escuchaba.

Solo había una pregunta repitiéndose dentro de su cabeza.

¿Con quién?

Cuando colgó permaneció inmóvil en la cocina. Mirando el teléfono.

Durante dos meses había estado intentando recuperar a su marido. Y mientras ella luchaba por salvar su matrimonio, Nicolás había estado deseando estar en cualquier otro lugar. Con cualquier otra persona.

Y por primera vez desde que comenzó todo aquello con Sergio, Julia comprendió exactamente cómo se sentía una traición cuando te toca recibirla. Aunque en el fondo eso lo hubiese buscado ella, justamente eso, para que su marido se alejase de ella…