Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 11
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Clara

Duchada de nuevo y vestida, salió del baño y se detuvo junto a la cama donde se encontraba Nicolás. Todavía desnudo sobre el colchón. Solo deseaba una cosa pero le resultó imposible pronunciarlo.

Quería decirle que se marchase, que regresara a su casa, junto a su mujer, que la perdonase, que tratase de hablar las cosas con ella, que no tirase por la borda tantos años, y sobre todo, que se alejase de ella.

Porque aunque pareciese extraño, aunque no tuviese lógica alguna, Clara se había enamorado.

Estaba sintiendo una sensación que llevaba años sin sentir.

Y Nicolás no era ni la cuarta parte de guapo que Matías.

Matias tenía un cuerpo de infarto, sonrisa de anuncio, un pelazo increíble y unas manos grandes.

Aunque si lo pensaba bien, de qué le servían las manos de su marido si no la tocaba nunca.

Ya no podía recordar la última vez que lo hicieron.

Cree que por San Valentín, y habían pasado tres meses.

Y no era como para recordarlo, porque solo le pidió que se quitase la ropa, la colocó de lado sobre la cama y se la metió.

Tardó como tres minutos en correrse y después se marchó al salón a terminar de corregir exámenes. Así era el sexo con Matías, funcional.

De pronto la voz de Nicolás suena.

―¿Vienes conmigo?

Clara lo mira.

Sí es muy distinto a su marido. Casi no tiene pelo, está un poco fofo si hablamos físicamente, no ve músculos por ningún lado, y de cara tampoco tiene una belleza radiante.

Pero, ¿como la ha hecho sentir? Joder la ha hecho sentir la mujer más jodidamente atractiva del mundo.

Había sido el mejor sexo de su historia.

Entonces, ¿por qué quería que se fuese? Sí, quería que se marchase porque si no ocurría lo más probable era que se enganchase a él.

Y ya era suficiente con sufrir por un hombre como para sufrir por dos.

―Creo que debes irte ―consiguió decir.

―Está bien.

Nicolás no preguntó, solo se levantó de la cama con una erección enorme de nuevo y pasó por delante de ella para coger su ropa que había dejado sobre una silla.

Clara no pudo retener ese deseo que la invadió y acarició su brazo cuando él se detuvo frente a la silla.

Nicolás se giró para mirarla a la cara.

―Me has pedido que me vaya…

―Ya… pero ahora ya no quiero que lo hagas .

Se arrodilló frente a él, y agarró su enorme polla entre sus manos para introducírsela en la boca.

Nicolás emitía sonidos roncos que cada vez se espaciaban menos, hasta que tiró de ella hacia arriba para subirla al escritorio que tenía a su espalda, abrirle las piernas y penetrarla una y otra vez hasta que explotaron de nuevo.

―Eres increíble ―le dijo a Clara.

―Tú también.

―De verdad, eres preciosa, inteligente, sexi. ¿Qué tiene tu marido en la puta cabeza?

Aquello terminó por convencer a Clara de que a ese hombre lo quería en su vida.

―Quédate esta noche, no te marches.

Le dijo ella cuando vio que Nicolás se empezaba a vestir.

―¿Estás segura? No quiero complicar las cosas.

―Al revés, si te quedas haces que no le des demasiadas vueltas a lo que ha ocurrido hoy.

―Está bien, aunque si pretendes otro asalto, creo que he dado todo de mí en estos dos. Uno ya está mayor y no consigue todo lo que se propone ―dijo medio en broma.

―No, tranquilo, prefiero dormir y descansar.

Se tumbaron sobre la cama y Nicolás al poco colocó una mano sobre su cintura y la atrajo hacia él. Interpretando que si no quería dormir sola al menos debería de notar que no lo estaba.

Clara al notar su cuerpo detrás de ella, sonrió y cerró los ojos.