Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 10
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Una hora después estaba llamando a la puerta de un pequeño hotel junto a la playa, uno de esos sitios discretos donde nadie hace preguntas mientras pagues por adelantado.

La habitación olía a sábanas limpias y ambientador barato de vainilla mezclada con cedro.

Clara abrió la puerta todavía con el pelo algo húmedo, porque acababa de ducharse antes de que él llegara. Llevaba una camiseta gris enorme y calcetines altos, y durante unos segundos ninguno de los dos habló. Solo se miraron.

Y esta vez ya no quedaba espacio para fingir que aquello era casual. Clara fue la primera en romper la distancia.

―Dios mío… sí que te dio fuerte ―le dijo al ver la herida en la cabeza .

Le rozó con cuidado la herida mientras fruncía el ceño. Nicolás notó inmediatamente el calor de sus dedos. Y algo dentro de él se activó.

Ella levantó la vista hacia sus ojos.

―¿Te duele?

―Menos ahora.

Clara sonrió.

Y esa sonrisa terminó de encenderlo todo.

Nicolás la agarró de la cintura casi con desesperación y la besó nada más cerrar la puerta detrás de él.

Esta vez las ganas, la necesidad se emplearon al máximo. Las ganas absurdas de sentirse querido por alguien aunque fuera durante unas horas.

Clara respondió al beso enseguida, rodeándole el cuello con los brazos mientras caminaban torpemente hacia atrás hasta chocar contra la pared de la habitación.

Nicolás enterró la cara un instante en su cuello y ella soltó una respiración temblorosa, acariciándole el pelo lentamente.

―No sabes las ganas que tenía de volver a verte hoy…

Él levantó la mirada hacia ella.

Y por primera vez en toda la noche alguien lo estaba mirando como si importara de verdad. Aunque fuera con un doble sentido, aunque solo buscase en él sexo, necesidad, calmar la sed .

Clara apoyó la frente contra la suya y habló casi susurrando.

―Quédate conmigo esta noche.

Nicolás cerró los ojos un segundo, porque sabía perfectamente que aquello era una pésima idea. Una idea horrible. Pero también sabía otra cosa. Que llevaba demasiado tiempo sintiéndose solo. Así que volvió a besarla. Y esta vez ninguno de los dos intentó detenerse.

La habitación del hotel era pequeña, demasiado cálida y con una iluminación tenue que hacía que todo pareciera un poco irreal, como si hubieran entrado en una vida prestada durante unas horas.

Nicolás seguía junto a la puerta después de besarla, respirando cerca de su boca, todavía con una mano agarrándole la cintura mientras Clara lo observaba con los ojos oscuros clavados en él, igual de acelerada que hacía unos segundos pero ahora también vulnerable, como si el simple hecho de tenerlo allí hubiese derrumbado algo dentro de ella.

Fue ella quien terminó apartándose unos centímetros, lo justo para mirarle bien la herida de la cabeza.

―Ven aquí, anda ―murmuró con una suavidad inesperada.

Lo llevó hasta el borde de la cama y desapareció un momento en el baño.

Nicolás aprovechó ese segundo para sentarse y quedarse mirando el suelo, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas.

De pronto estaba agotado. No físicamente.

Era algo más profundo. Como si toda la tensión acumulada durante años hubiera decidido caerle encima precisamente esa noche.

Clara volvió con una pequeña toalla húmeda y un botiquín de hotel. Se colocó frente a él, de pie entre sus piernas, y le apartó el pelo con muchísimo cuidado.

―Te va a escocer.

―Después del día de hoy creo que sobrevivo a cualquier cosa.

Ella sonrió un poco por empatía, pero la sonrisa le duró poco.

Mientras limpiaba la pequeña herida de la sien, Nicolás podía notar cómo ella lo observaba a ratos, como si todavía estuviera intentando entender cómo dos personas terminaban así de destrozadas y en una habitación compartida apenas unas horas después de conocerse.

―Tu mujer te ha hecho esto… ―dijo finalmente Clara, más para sí misma que para él.

Nicolás soltó una risa pequeña y cansada.

―No. Esto me lo ha hecho descubrir quién es realmente. Esto es lo de menos, lleva haciéndome daño hace más tiempo.

Clara dejó de mover la toalla un instante.

―Eso duele más.

Él levantó la vista hacia ella.

Y joder, sí que lo entendía.

Clara terminó de limpiarle la herida y dejó la toalla a un lado antes de sentarse también en la cama, aunque manteniendo todavía un pequeño espacio entre ambos. Durante unos segundos ninguno habló. Solo se escuchaba el aire acondicionado y el ruido lejano de coches pasando fuera.

Hasta que Nicolás soltó aire lentamente y dijo:

―¿Sabes qué es lo peor?

Ella giró un poco la cabeza hacia él.

―¿Qué?

―Que creo que ni siquiera estoy destrozado porque me haya engañado. Creo que estoy destrozado porque llevo años intentando ser suficiente para alguien que ya había decidido que no me quería a su lado.

Clara bajó la mirada hacia sus propias manos.

Aquello le dolió porque realmente podía aplicarlo a su matrimonio.

―Sí… ―murmuró―. Sé exactamente cómo se siente eso.

Nicolás la observó de perfil.

Ella tenía la vista fija en el suelo ahora, con esa expresión de persona que lleva demasiado tiempo tragándose cosas.

―Matias ni siquiera tiene que decirme nada muchas veces ―continuó ella―.

Lo noto en cómo me mira cuando hablo de mis libros.

En cómo cambia de tema. En el silencio cuando le cuento algo que para mí es importante.

Es como vivir intentando demostrar constantemente que mereces ocupar espacio en la vida de tu pareja .

La voz empezó a sonar más baja al final.

Clara soltó una pequeña risa avergonzada mientras se secaba rápido debajo de los ojos.

―Joder… qué imagen tan deprimente debo estar dando.

―No.

Nicolás respondió rápido.

Ella levantó la vista.

Y él continuó, más bajo:

―Lo deprimente es que alguien te haga sentir así.

El silencio volvió a caer entre los dos, pero esta vez era distinto. Más íntimo.

Porque ya no estaban coqueteando únicamente.

Ahora se estaban viendo de verdad.

Clara se encogió ligeramente sobre sí misma antes de hablar otra vez.

―Cuando me llamó hoy el editor… ―tragó saliva― pensé que me iba a dar una oportunidad más. Y en vez de eso me dijo que iban a quitarme el contrato porque ya no soy rentable. Vi a cámara lenta pasar todos mis sueños por delante de mis narices.

Nicolás frunció el ceño.

Ella sonrió sin humor.

―Ni siquiera sonó cruel. Eso fue lo peor. Sonaba aburrido. Como alguien diciéndome que una impresora se había quedado sin tinta .

Él negó suavemente con la cabeza.

―Seguro que se equivocan contigo.

Clara soltó otra pequeña risa.

―No lo sabes.

―Lo intuyo.

Ella lo miró.

Y esta vez sí hubo algo distinto en sus ojos.

Porque probablemente llevaba muchísimo tiempo sin escuchar algo así dicho de verdad.

Nicolás se acercó un poco más en la cama, despacio, como si quisiera darle espacio para apartarse si lo necesitaba, pero Clara no se movió. Al contrario. Terminó apoyando la cabeza sobre su hombro con una naturalidad que resultó casi triste.

Y él la abrazó.

Clara cerró los ojos en cuanto notó sus brazos alrededor.

―No sabía cuánto necesitaba esto ―susurró.

Nicolás apoyó la barbilla sobre su pelo y respondió con una honestidad que ni él esperaba:

―Yo tampoco.

Permanecieron así bastante tiempo. Hablando a ratos. Callándose otros. Compartiendo pequeñas miserias como dos desconocidos que, precisamente porque no se conocen lo suficiente, pueden contarse cosas que ya no saben decirle a nadie más .

Clara terminó riéndose bajito cuando él le contó que llevaba años fingiendo que le gustaban las cenas de padres del colegio mientras fantaseaba con tirarse a la vecina.

Y Nicolás sonrió de verdad cuando ella le confesó que una vez había comprado cincuenta ejemplares de su propio libro para que pareciera que la firma estaba siendo un éxito.

―Eso es tristísimo.

―Lo sé.

―¿Cuántos vendiste realmente?

Ella escondió media cara contra su pecho.

―Tres.

Nicolás soltó una carcajada cansada.

Y Clara terminó riéndose también.

Una risa pequeña, rota, pero real.

Después levantó la cabeza lentamente hacia él.

Y entonces volvió el silencio.

Ese otro silencio. El que ya no tiene nada que ver con tristeza.

Ella le rozó la mandíbula con las yemas de los dedos mientras lo miraba muy despacio.

―Creo que llevamos demasiado tiempo sintiéndonos solos, ¿verdad?

Nicolás no respondió .

Solo la besó. Y esta vez fue diferente a todo lo anterior. Más lento. Fue como si antes de devorarse el uno al otro necesitasen comprobar que todavía podían gustar a personas del sexo opuesto.

Con un movimiento rápido, Nicolás la giró sobre la cama y se colocó sobre ella.

Clara nada más notar el peso del cuerpo de él, gimió.

Fue escucharla y él no pudo reprimir su instinto de desnudarla.

Se colocó de rodillas y empezó a quitarle la ropa, después la sujetó por el cuello y con su otra mano se bajó los pantalones y se la sacó por encima del calzoncillo para después rozarla sobre ella.

Clara comenzó a jadear sin poder controlarse. Nicolás le pidió que se diese la vuelta y ella obedeció.

Con un movimiento brusco la giró y tiró de su cadera para después hundirse en ella desde atrás.

La escuchaba gemir en alto y Nicolás sonreía. Clara intentaba enderezarse para sentirla más adentro y Nicolás ya no podía controlarse. Esa visión de su enorme polla atrapada entre la parte baja de su trasero era lo mejor que había visto en años.

La volvió a sujetar por el cuello, esta vez por la nuca y Clara giró la cabeza para que pudiera besarla.

―Más fuerte, más rápido ―le pidió.

Obedeció a la vez que clavó sus dientes sobre el hombro de ella. Clara comenzó a estremecerse.

―Pronuncia mi nombre ―le pidió él.

―Nicolás ―repitió ella entre sacudidas que su cuerpo no podía evitar .

A los pocos segundos Nicolás salió de ella y con la ayuda de su mano se corrió sobre su culo.