Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 9
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Nicolás

Nicolás pasó más de una hora dando vueltas con el coche sin rumbo real, enlazando calles que conocía de memoria mientras la radio sonaba bajísima y las luces de la ciudad se reflejaban sobre el parabrisas como manchas borrosas.

Había intentado convencerse de que no quería volver a casa, de que quizá lo mejor era dormir en cualquier hotel cutre y desaparecer hasta la mañana siguiente, pero al final siempre terminaba pensando en lo mismo.

Los niños.

Así que acabó entrando en la urbanización mucho más tarde de lo habitual, con el cuerpo cansado y la cabeza hirviendo en pensamientos todavía.

La casa estaba en silencio cuando abrió la puerta .

Demasiado silencio para la hora que era, ni la televisión encendida ni voces de los niños como de costumbre.

Solo la luz tenue del salón encendida y el sonido lejano del lavavajillas funcionando en la cocina.

Julia apareció desde el pasillo apenas unos segundos después de escucharlo entrar. Llevaba ropa cómoda, el pelo recogido de cualquier manera y una expresión extraña en la cara, como si llevase horas preparando un discurso que ahora no supiera por dónde empezar.

―Nicolás…

Él ni siquiera respondió.

Dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y pasó junto a ella sin mirarla siquiera.

Julia giró inmediatamente detrás de él.

―Por favor, escúchame un momento.

Nicolás siguió caminando escaleras arriba.

―Los niños ya están dormidos ―añadió ella con una voz más baja―. Cenaron hace rato.

Eso consiguió que él se detuviera un segundo.

Solo uno.

Después siguió subiendo.

Julia lo observó desaparecer por el pasillo de arriba antes de seguirlo también, aunque esta vez más despacio.

Nicolás entró primero en la habitación de su hija pequeña. La luz de la luna entraba entre las cortinas y dibujaba sombras suaves sobre la cama. La niña dormía abrazada a un peluche con la boca ligeramente abierta.

Y joder. Eso sí le rompió algo por dentro.

Se sentó con cuidado en el borde del colchón y le apartó un mechón de pelo de la cara antes de besarle la frente muy despacio.

―Buenas noches, princesa ―murmuró.

Después fue a la habitación del mayor.

El niño dormía completamente atravesado sobre la cama, como si hubiese peleado con las sábanas todo el rato que llevaba allí.

Nicolás sonrió al verlo y le acomodó un poco la manta antes de inclinarse también para darle un beso en la cabeza.

Cuando salió al pasillo, Julia estaba allí esperándolo.

Con los brazos cruzados. Y la mirada cansada.

Y esa expresión de persona que sabe perfectamente que algo se ha jodido al completo.

Nicolás intentó pasar de largo.

Ella lo agarró suavemente del brazo.

―Por favor.

Él se soltó inmediatamente.

―No me toques.

Julia tragó saliva.

―Sé que estás enfadado .

Nicolás soltó una risa breve y completamente vacía.

―¿Enfadado?

Ella intentó acercarse un poco.

―Lo que pasó con Sergio… yo… no sé cómo hemos llegado a esto. Últimamente el estrés me supera, el banco me consume, tomo decisiones horribles y…

Y ahí explotó.

Nicolás se giró de golpe hacia ella con una expresión tan cargada de rabia que Julia incluso dio un pequeño paso atrás.

―¿Estrés? ―repitió él, incrédulo―. ¿Esa es tu explicación? Menuda mierda de excusa.

Ella abrió la boca, pero él ya había empezado.

―Eres una puta guarra, Julia.

La frase golpeó las paredes del pasillo como un disparo.

Ella se quedó inmóvil.

Nicolás avanzó un paso más hacia ella.

―Llevas casi dos años acostándote con Sergio. Dos años. Así que no me vengas ahora con que el estrés te hace tomar malas decisiones porque dudo muchísimo que hayas estado tan estresada cada puto día durante dos años seguidos.

―Baja la voz ―susurró Julia mirando hacia las habitaciones.

―¿Ahora te preocupan los niños ?

Ella cerró los ojos un segundo.

―Nicolás, por favor…

―No. No me hables ahora mismo porque te juro que lo único que tengo ganas de hacer es de mataros a los dos.

Julia levantó la vista rápidamente hacia él.

Y por primera vez pareció realmente asustada.

No por los insultos.

Ni siquiera por el enfado.

Era por la sinceridad del momento.

Nicolás estaba completamente destruido.

Ella dio otro paso lento hacia él.

―Nunca quise hacerte daño.

Él soltó una carcajada, esta vez más amarga.

―Pues vaya puta forma rara que tienes de quererme.

El silencio se tensó entre los dos.

Y entonces Julia preguntó algo que llevaba demasiado tiempo preguntándose en su interior.

―¿Qué es lo que más te duele?

Nicolás la miró fijamente.

Ella tragó saliva antes de continuar.

―¿Que te haya sido infiel… o que me haya reído de ti?

La respuesta salió sin esperas .

―Que os hayáis reído de mí.

Aquello le hizo daño.

Muchísimo más del que esperaba.

Porque significaba algo terrible.

Que el sexo no era lo importante.

Lo importante era la humillación.

El ridículo.

El haber sido el imbécil de la historia durante dos años.

Julia sintió una oleada repentina de rabia mezclándose con culpa, una reacción absurda y violenta que le subió por el pecho como fuego.

Porque incluso ahora…

Incluso después de todo…

Seguía hablando más de orgullo que de amor.

Y eso la destrozó. Pero no solo fue eso, porque Nicolás no dejó de decirle lo que pensaba de ella.

―Eres un ser despreciable, te mereces lo peor que te pueda pasar en la vida. Eres una cerda sin sentimientos.

Julia se giró bruscamente hacia el aparador del pasillo y agarró un jarrón de cristal pesado casi sin pensar.

Nicolás apenas tuvo tiempo de reaccionar.

―Julia, ¿qué cojo…?

El jarrón salió disparado directamente hacia él .

Le golpeó en el lateral de la cabeza con un ruido seco y brutal antes de estallar contra el suelo en decenas de pedazos.

Nicolás soltó un gruñido de dolor y tuvo que apoyarse contra la pared mientras se llevaba una mano a la sien.

―¡¿Estás loca?!

Julia respiraba agitadamente y con los ojos llenos de rabia.

De lágrimas.

De todo al mismo tiempo.

―¡Pues deja de mirarme como si fueras una víctima perfecta! Todo esto es por tu puta culpa, no me he sentido deseada en mucho tiempo. Si una mujer no se siente así y de repente se lo encuentra en otro hombre es inevitable que ocurra esto.

Nicolás levantó la vista hacia ella.

Y durante un segundo Julia vio algo peligrosísimo en sus ojos.

No era rabia, era pérdida absoluta de control.

Él miró los cristales rotos por el suelo, después volvió a mirarla a ella y finalmente negó con la cabeza mientras retrocedía hacia las escaleras.

―Tengo que irme de aquí.

Su voz sonó irreconocible.

Ronca. Temblaba de furia .

―Porque como me quede cinco minutos más… voy a hacer una locura.

Y esta vez Julia no intentó detenerlo.

Solo se quedó inmóvil en mitad del pasillo, respirando agitadamente mientras escuchaba la puerta principal cerrarse de un portazo abajo.

Después de escuchar el motor del coche arrancando en la calle. El silencio que quedó después fue desagradable, roto únicamente por el zumbido lejano del lavavajillas.

Respiraba demasiado rápido.

Tenía las manos temblando.

Y no conseguía apartar la vista de la pequeña mancha de sangre que Nicolás había dejado en la pared al tocarse la sien después del golpe.

Mierda. Había perdido completamente el control.

Se llevó ambas manos a la cara y cerró los ojos con fuerza, intentando ordenar el caos que sentía dentro, pero lo único que conseguía ver era la expresión de él justo antes de irse.

Aquella mirada vacía, fría. Como si hubiese dejado de reconocerla de repente.

Eso fue lo que terminó de asustarla.

No los insultos, ni siquiera la amenaza. Sino la sensación de que Nicolás acababa de desconectarse emocionalmente de ella.

Y Julia no estaba preparada para eso. Porque una cosa era jugar. Provocar. Tensar. Pero otra muy distinta era perderlo de verdad .

Escuchó un pequeño ruido al fondo del pasillo y giró la cabeza sobresaltada. La puerta de la habitación de su hijo estaba entreabierta.

El niño apareció medio dormido, restregándose un ojo.

―¿Mamá?

Julia reaccionó enseguida, tragándose toda la ansiedad de golpe y forzando una sonrisa inmediata.

―Eh, cariño… ¿qué haces despierto?

Él miró el suelo lleno de cristales.

Después a ella.

―He escuchado un ruido.

Julia se agachó rápidamente frente a él, apartando algunos trozos de cristal con la mano.

―Se me cayó un jarrón, nada más.

―¿Y papá?

La pregunta no supo responderla y sostuvo la sonrisa como pudo.

―Ha salido un momento. Vuelve luego ―consiguió pronunciar.

El niño pareció aceptarlo sin más. Estaba demasiado dormido para analizar nada. Julia le acarició el pelo con suavidad y lo acompañó de nuevo hasta la cama, arropándolo despacio mientras él ya volvía a cerrar los ojos.

Cuando salió otra vez al pasillo, la casa volvió a parecer enorme .

Vacía y silenciosa.

Fue entonces cuando el móvil empezó a vibrar sobre el aparador.

Era una llamada de Sergio.

Julia lo miró unos segundos sin cogerlo.

Volvió a sonar. A la cuarta llamada terminó contestando con un suspiro agotado.

―¿Qué quieres?

―¿Ya se te ha pasado el ataque de sociopatía o sigues igual de encantadora como de costumbre?

Julia cerró los ojos un instante.

―No tengo ganas de discutir ahora.

―Pues yo sí. Porque me has tratado como una mierda esta tarde.

Ella empezó a caminar lentamente hacia la cocina mientras se masajeaba la frente.

―Sergio, por favor…

―No, escúchame tú a mí. Llevo dos años escondiéndome contigo como un imbécil y hoy me has dejado claro que solo era un entretenimiento para ti.

Julia abrió la nevera sin siquiera saber qué estaba buscando.

―No quiero hablar de esto ahora.

―Claro. Porque ahora estás ocupada salvando tu matrimonio.

Eso hizo que ella se quedara quieta .

Sergio soltó una pequeña risa amarga al otro lado.

―¿Qué pasa? ¿Tu marido se ha enfadado muchísimo? Qué sorpresa para ti, aunque yo siempre pensé que este momento llegaría.

Julia cerró la nevera de golpe.

―No sabes de lo que hablas.

―Sé exactamente de lo que hablo. Y también sé una cosa más.

Ella guardó silencio.

―Te has enamorado de él otra vez justo cuando has visto que podía irse y abandonarte.

Aquello la dejó completamente inmóvil.

Porque odiaba la posibilidad de que fuese verdad.

Sergio continuó hablando con una calma cruel.

―Mientras Nicolás estaba ahí aguantándolo todo te daba igual. Pero ahora que has visto que puede desaparecer… de repente te importa.

Julia apretó la mandíbula con fuerza hasta escuchar crujir sus propios dientes.

―Vete a la mierda.

Y colgó.

Después dejó el móvil sobre la encimera y se apoyó con ambas manos en ella mientras intentaba respirar despacio, pero no podía .

Porque cuanto más pensaba en Nicolás fuera de casa, más incómoda se volvía la sensación dentro de su pecho.

Y mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Nicolás seguía conduciendo sin rumbo.

La cabeza le latía por el golpe aún. Tenía la camisa manchada de pequeñas gotas de sangre ya seca cerca del cuello y una presión insoportable dentro del pecho que no conseguía sacar de ninguna manera.

Terminó aparcando frente a un bar abierto veinticuatro horas junto a la carretera.

Ni siquiera sabía dónde estaba exactamente.

Entró, se pidió un whisky y se sentó solo al fondo.

El camarero le lanzó una mirada rápida al ver la herida de la cabeza.

―¿Noche complicada?

Nicolás soltó una pequeña risa sin humor.

―No tienes ni idea.

Le sirvieron el vaso. Y justo cuando estaba a punto de beber, el móvil vibró sobre la barra.

Era Clara.

Nicolás se quedó mirando su nombre en pantalla mientras le saba otro sorbo a su bebida.

Nicolás siguió mirando el nombre de Clara iluminando la pantalla del móvil mientras el hielo del whisky se derretía lentamente dentro del vaso.

Durante unos segundos no hizo nada. Ni respirar casi se permitió.

Solo observó aquellas letras como si fueran una salida de emergencia aparecida en mitad de un incendio.

Después respondió.

―¿Sí?

Al otro lado hubo un pequeño silencio antes de escuchar la voz de Clara, suave, y algo insegura.

―Hola…

Nicolás cerró los ojos apenas un instante al escucharla.

Joder, pensó.

Necesitaba esa voz muchísimo más de lo que quería admitir.

―Perdona si es tarde ―continuó ella―. No sabía si escribirte o no.

Él apoyó el codo sobre la barra y se pasó una mano por la cara cansadamente.

―No dormía.

Clara guardó silencio unos segundos.

―¿Estás bien?

La pregunta era sencilla. Pero Nicolás llevaba demasiadas horas acumulando mierda dentro.

Soltó una pequeña risa vacía mientras miraba el whisky.

―No creo que esa palabra hoy me definiese bien.

Ella pareció notar algo enseguida .

―¿Ha pasado algo?

Nicolás dudó.

Y quizá fue el alcohol que ya empezaba a surtir efecto en él. O la rabia. O simplemente el hecho de sentirse visto por alguien por primera vez en muchísimo tiempo. Pero terminó respondiendo:

―Mi mujer me lanzó un jarrón a la cabeza hace una hora.

Hubo silencio por parte de Nicolás.

Luego Clara habló mucho más seria.

―¿Qué?

―Larga historia.

―¿Estás herido?

Nicolás tocó la pequeña inflamación cerca de la sien y sonrió apenas.

―He sobrevivido, pero quizá necesite ir al hospital y que me echen un vistazo.

Clara soltó aire al otro lado. Después dijo algo casi en voz baja.

―No deberías estar solo ahora mismo.

Aquello le atravesó el pecho de una forma peligrosísima.

Nicolás levantó lentamente el vaso.

―¿Y tú? ¿Me has llamado para ver cómo estoy?

Ella tardó un segundo en responder .

―Yo tampoco quiero estar sola.

El silencio que vino después fue distinto.

Como si ambos estuvieran entendiendo perfectamente hacia dónde iba aquello sin necesidad de decirlo.

Nicolás dejó dinero sobre la barra sin terminar siquiera la bebida.

―¿Dónde estás?