8
Clara Rivas
Clara caminaba de vuelta a casa con esa sensación rara de ir flotando mientras regresaba a su casa, como si su cuerpo hubiese decidido seguir el recorrido habitual mientras su cabeza se quedaba unos pasos atrás, enganchada a pensamientos que no terminaban de cuajar, pero que a la vez le encantaba sentir.
Se cruzaba con escaparates y cristales de coches aparcados y en todos veía su reflejo diferente, fragmentado, deformado por ángulos distintos, como si cada superficie le devolviera una versión ligeramente equivocada de sí misma.
A veces se detenía un segundo sin darse cuenta, arreglándose el pelo o mirándose los ojos con una atención distraída, intentando comprobar si seguía siendo la misma persona que aquella mañana había salido de casa con la idea de que todo, de algún modo, iba a arreglarse solo.
Cuando llegó al portal, subió las escaleras sin usar el ascensor, más por impaciencia que por decisión, y al entrar en casa dejó las llaves en el cuenco de la entrada con un gesto automático, casi sin mirarlas.
La casa estaba en silencio, ese tipo de silencio que no es paz sino espera.
Encendió una lámpara del salón, se quitó los zapatos sin sentarse y se movió por el espacio como si estuviera ensayando una rutina que ya conocía de memoria.
Abrió el portátil, lo colocó sobre la mesa del comedor y mientras esperaba a que cargara el sistema, se estiró un poco el cuello, como si estuviera activando algo dentro de sí misma.
La música del móvil empezó a sonar bajita, una canción cualquiera que le había salido en aleatorio, y sin darse cuenta comenzó a moverse ligeramente al ritmo mientras introducía la contraseña en el portátil.
Ese pequeño gesto, casi ridículo, la hizo sonreír sola durante un instante, porque le dio la sensación de que, mientras estuviera escribiendo, mientras pudiera seguir avanzando en su novela, todo lo demás se podía mantener a raya un poco más de tiempo.
Cuando Matías llegó del trabajo ella ya estaba metida en su mundo.
Oyó la puerta, pero no levantó la cabeza de inmediato.
Solo giró ligeramente el cuerpo, lo suficiente para mirarlo desde el salón, y le dedicó un saludo que no era ni frío ni cálido.
Un saludo como de costumbre, como si estuviera marcando su presencia en una habitación compartida .
―Hola, ya estás en casa ―dijo, sin apartar del todo los ojos de la pantalla, y él respondió con un gesto corto, dejando la chaqueta sobre una silla antes de mirarla a ella durante unos segundos largos, observándola.
Algo le resultó extraño a Matias, pues antes, Clara siempre se acercaba, siempre buscaba su atención, siempre esperaba ese beso que casi nunca llegaba pero que ella insistía en provocar, como si la costumbre pudiera forzar lo que no nacía solo.
Esa tarde, sin embargo, no lo hizo. No se levantó. No lo buscó. Ni siquiera lo intentó.
Matías se quedó apoyado en el marco del salón unos segundos más, con esa expresión neutra que tenía cuando estaba cansado pero no quería decirlo, y finalmente se fue a cambiar de ropa sin comentar nada.
Clara, ajena a esa pequeña observación, seguía moviéndose suavemente al ritmo de la música mientras escribía, dejándose llevar por una especie de inspiración que no le había visitado en semanas y que ahora, de repente, le hacía sentir ligera, como si por fin todo estuviera volviendo a encajar.
Cuando terminó un párrafo importante incluso se permitió una sonrisa más abierta, de esas que no aparecen sin motivo claro, y pensó que quizá ese era el inicio del cambio que llevaba tanto tiempo esperando.
El teléfono sonó justo cuando estaba corrigiendo una frase.
Lo miró con curiosidad, y al ver el nombre de su editor en la pantalla sintió una descarga inmediata de ilusión, casi infantil, como si todas las malas noticias de los últimos meses pudieran compensarse con una sola llamada buena.
Contestó casi sin pensar, demasiado rápido incluso, con una alegría que no intentó disimular.
―¡Hola! Justo estaba pensando en ti, dime que traes buenas noticias ―dijo mientras se levantaba de la silla, caminando por el salón con el móvil en la mano.
Pero al otro lado de la línea la voz de su editor sonó más seria de lo esperado desde el primer segundo, aunque ella no lo interpretó así todavía.
Al principio escuchó sin procesar del todo, asentía en silencio mientras seguía andando, como si estuviera esperando el giro natural de la conversación, ese momento en el que le dirían que sí, que había adelanto, que confiaban en ella, que el libro iba adelante.
Pero ese momento no llegó. En su lugar, la voz del editor se volvió más fría, y empezó a utilizar palabras más técnicas, hablando de líneas editoriales, de cambios de mercado, de prioridades internas, de dos nuevos autores independientes que estaban funcionando muy bien en plataformas digitales y de la necesidad de reorganizar recursos.
Clara se detuvo en seco cuando entendió la palabra clave, esa que no necesitaba más explicación: prescindir.
Durante unos segundos no respondió. Se quedó mirando un punto fijo del suelo del salón, con el teléfono pegado a la oreja y la sensación de que el aire había cambiado de densidad. Cuando habló, lo hizo con una calma artificial, como si estuviera leyendo una respuesta aprendida.
―Entiendo… sí, claro, lo comprendo, no te preocupes, estas cosas pasan, es el mercado ―dijo, intentando incluso suavizar el tono con una risa breve que no llegó a sonar del todo convincente.
Mientras tanto, Matías apareció en el fondo del pasillo, recién cambiado, observándola desde cierta distancia sin interrumpir, con esa mirada suya que parecía siempre evaluar más de lo que debía.
Clara, al notar su presencia, cambió ligeramente el peso del cuerpo, girándose un poco para que no pudiera leerle la cara, y siguió hablando con su editor como si la conversación siguiera siendo perfectamente normal, como si no estuviera ocurriendo nada importante.
―Sí, sí, lo entiendo perfectamente, de verdad, gracias por llamarme, ya hablaremos en otro momento ―añadió, alargando un poco las frases, buscando desesperadamente que el final de la llamada no sonara a lo que realmente era.
Cuando colgó, se quedó con el móvil en la mano unos segundos sin moverse, respirando despacio, y después lo dejó sobre la mesa con un cuidado excesivo, como si cualquier gesto brusco pudiera hacer que todo aquello se volviera del todo real.
Matías seguía mirándola desde el pasillo, sin decir nada todavía, y Clara, sintiendo su presencia, se obligó a volver al portátil casi de inmediato, abriendo un documento cualquiera para fingir actividad, como si la continuidad del trabajo pudiera borrar la conversación anterior.
Se aclaró la garganta, se acomodó el pelo y empezó a escribir algo sin mirar realmente la pantalla, mientras su voz salía más ligera de lo que se sentía por dentro.
―Era el editor, cosas del libro, ya sabes, cambios de planificación, nada importante, lo típico del sector ―dijo, sin mirarlo directamente, intentando que sonara casual, y al mismo tiempo sintiendo cómo cada palabra que decía se alejaba un poco más de la verdad.
Matías no respondió al instante. Solo la observó un segundo más, con una expresión indescifrable, antes de moverse hacia la cocina.
Y Clara, cuando escuchó sus pasos alejarse, bajó un poco la mirada a la pantalla y siguió escribiendo, con los dedos temblando ligeramente pero con la firme decisión de no dejar que aquello, al menos por ahora, saliera de esa habitación.
La cena había sido silenciosa la mayor parte del tiempo, de esas en las que los cubiertos suenan más de lo normal porque nadie encuentra una conversación segura del que hablar sin abrir temas delicados.
Clara había intentado mantener una normalidad casi exagerada, preguntando cosas pequeñas, comentando el día, incluso sonriendo en momentos donde no había nada especialmente gracioso, como si mantener esa rutina pudiera evitar que lo demás se desmoronara.
Matías apenas había participado. Respondía con frases cortas, miradas perdidas hacia el plato o hacia el móvil que dejaba boca abajo sobre la mesa a cada poco, como si estuviera intentando decidir si seguir ignorando algo o enfrentarse a ello de una vez por todas.
Cuando terminaron, Clara recogió sin que él lo pidiera, moviéndose por la cocina con esa energía automática que le salía cuando quería evitar pensar demasiado.
Luego se fue al baño, se desmaquilló con calma, y cuando volvió al dormitorio él ya estaba en la cama, apoyado contra el cabecero con el portátil cerrado a un lado y el móvil en la mano.
Clara había tenido la intención de tardar más y así encontrarlo dormido, pero no fue así.
Clara se metió en la cama en silencio, acomodándose de lado, mirando el techo un instante antes de apagar la luz de su mesilla. La habitación quedó en una penumbra suave, rota solo por la luz azul del móvil de Matías.
Durante unos minutos ninguno de los dos dijo nada, hasta que él dejó el teléfono sobre el colchón y giró la cabeza hacia ella.
―Clara… ―su voz sonó más baja de lo habitual, no agresiva, pero sí se percibía cierta tensión―. Hoy he mirado la cuenta del banco. Hay más dinero del que debería haber. Mucho más.
Ella tardó un segundo en reaccionar, demasiado consciente de lo que significaba esa frase. Se giró un poco hacia él, intentando parecer tranquila.
―Ah… sí, me llamó el editor ―respondió rápido, quizá demasiado rápido―. Me adelantaron parte de los derechos de la novela, ya sabes, cosas de última hora, parece que quieren motivarme .
Matías no apartó la mirada. No se movió. Solo la observó en silencio, con una calma que a Clara le resultó incómoda de inmediato.
―Mientes ―dijo él, sin subir el tono.
Clara parpadeó.
―¿Qué?
Matías giró la cabeza hacia la mesilla, donde su móvil seguía apagado, y luego volvió a mirarla.
―He visto el concepto en los movimientos del banco. “Préstamo concedido”. No es un adelanto de ningún editor.
El silencio que siguió fue tan incómodo que parecía ocupar toda la habitación. Clara sintió cómo el estómago se le cerraba, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de repente.
―No sabes de lo que hablas… ―lo intentó, pero su voz ya no sonaba segura.
―Sí lo sé ―la cortó él, esta vez con algo más de firmeza―. Sé perfectamente lo que he leído.
Clara se incorporó un poco, apoyándose en el codo, ya sin poder sostener la mentira con la misma facilidad.
―Lo hice por nosotros ―dijo entonces, con la voz empezando a romperse―.
Porque tú siempre estás mirándome como si estuviera fallando en todo, como si no fuera suficiente, como si en cualquier momento te fueras a dar cuenta de que no soy nada de lo que pensabas que era…
necesitaba hacerlo, necesitaba sentir que podía seguir adelante con mi trabajo.
Necesitaba ese dinero para da rme el tiempo que parece que tú no estás dispuesto a ofrecerme de confianza.
Matías soltó una risa breve, sin humor, girándose también hacia ella en la cama.
―¿Por nosotros? Clara, has pedido un préstamo a escondidas. Eso no es por nosotros, es por ti intentando tapar otra cosa. Si no funciona lo que haces mi instinto me dice que debes hacerlo de otra manera, o hacer otra cosa.
―¡No entiendes nada! ―su voz sonó fuerte―. Siempre es lo mismo contigo, siempre es como si yo estuviera por debajo, como si todo lo que hago fuera un error, como si te decepcionara cada día un poco más.
Matías se pasó una mano por la cara, exhalando despacio, claramente agotado de la conversación.
―Es que estoy cansado de esto ―dijo él finalmente―. De tu inseguridad constante, de tus crisis, de tu trabajo que parece siempre una excusa para estar mal, para que todo el mundo tenga que adaptarse a ti. Es agotador vivir así. Es agotador vivir contigo.
Clara se quedó mirándolo unos segundos, completamente quieta, como si no acabara de procesar lo que estaba escuchando.
―¿Agotador? ―repitió en voz baja―. ¿Eso es lo que soy para ti?
Su respiración se rompió antes de que pudiera evitarlo, y las lágrimas empezaron a salirle sin control, rápidas, calientes, sin posibilidad de contención.
―Es que no me quieres… ―dijo, casi sin voz―. Nunca me miras como si estuvieras orgulloso de mí, nu nca… siempre es como si yo fuera menos, como si no llegara a lo que esperas. Lo noto en casa cosa.
Matías se quedó en silencio un segundo más largo del necesario. Y cuando habló, lo hizo con una frialdad que no parecía fruto de un enfado puntual, sino de algo acumulado durante demasiado tiempo.
―Quizá sea así ―dijo él―. No tengo nada de lo que enamorarme de ti. No me parece que seas una persona increíble. Ni me siento orgulloso de nada de lo que haces. A veces… solo puedo decir que das un poco de lástima incluso.
Clara se llevó una mano a la boca, alucinada por lo que Matias había dicho, respirando entrecortado, intentando no hacer ruido, pero ya era tarde.
El llanto se le escapó igual, silencioso primero, luego más evidente, mientras se giraba sobre sí misma en la cama, alejándose de él como si el espacio no fuera suficiente.
Matías no se acercó.
No la tocó.
Solo se quedó mirando el techo un momento, con la mandíbula bien apretada, como si él también hubiese cruzado una línea de la que ya no sabía cómo volver.