Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 7
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Lara Martínez

La sala de entrevistas número tres tenía el mismo aspecto deprimente de siempre.

Una mesa metálica demasiado grande para el tamaño de la habitación, dos sillas incómodas, una cafetera rota que nadie se molestaba ya en retirar del rincón y una luz blanca en el techo que hacía parecer enfermo a cualquiera que se sentara debajo.

Lara dejó la carpeta sobre la mesa y se quitó la chaqueta fina que llevaba lentamente, mientras Velasco apoyaba un vaso de café de máquina frente a ella.

―Está abajo desde hace veinte minutos ―dijo él―. No ha preguntado casi nada .

Lara levantó la vista.

―¿Nada?

Velasco negó con la cabeza mientras tomaba asiento.

―Solo si tardaríamos mucho. Parecía, cansado.

Aquella palabra se quedó resonando en el interior de la cabeza de Lara un segundo.

Cansado. No le había parecido un hombre destrozado ni preocupado, solamente cansado…

Lara abrió la denuncia de desaparición que guardaba la carpeta. Quince días exactos. Denunciante: Matias Ortega. Declaración breve. Mujer desaparecida. Última vez vista en domicilio conyugal. Sin antecedentes de violencia, sin amenazas, sin discusión previa reseñable.

Era como si no hubiese nada de donde tirar. Como casi todo lo que empezaba a olerle mal.

―Vamos.

Velasco empujó la puerta y ambos caminaron por el pasillo hasta la sala.

Matias ya estaba sentado cuando entraron.

Se levantó inmediatamente al verlos, aunque más por educación que por nerviosismo.

Era un hombre atractivo, de esos que incluso agotados seguían resultando impecables.

Alto, espalda recta y muy ancha, camisa planchada y un reloj caro que parecía fuera de lugar bajo la luz miserable de la comisaría.

Tenía ojeras pronunciadas pero era cierto que las personas con ojos claros, tenían más probabilidades de verse cansados, y la barba algo descuidada, pero no parecía alguien al borde del colapso .

Parecía alguien agotado de esperar.

―Señor Ortega ―dijo Lara tendiéndole la mano―. Soy la inspectora Lara Martínez. Él es el inspector Velasco.

Matias estrechó ambas manos con cortesía.

―Gracias por recibirme tan rápido.

La voz era calmada. Demasiado calmada quizá.

Tomó asiento cuando Lara se lo indicó y apoyó las manos sobre la mesa, entrelazando los dedos delante de sí.

No temblaban, pero tampoco dejaban de moverse. No parecía especialmente ansioso como solía ocurrir con los familiares de desaparecidos.

Solo… cansado.

Velasco tomó asiento frente a él mientras Lara abría la carpeta.

Hubo unos segundos de silencio.

Lara observó el rostro de Matias un instante antes de empezar.

―Sé que esta situación es complicada, señor Ortega, pero necesitamos hacerle algunas preguntas otra vez. Entenderá que ahora mismo el contexto ha cambiado.

Matias asintió despacio.

―Claro.

No preguntó todavía por el cadáver.

Ni siquiera por Clara.

Eso llamó la atención de Lara.

Porque casi cualquiera habría empezado por ahí.

¿Está viva? ¿Es ella? ¿Qué han encontrado?

Pero Matias solo esperaba .

Como alguien resignado.

Lara cruzó una mirada rápida con Velasco antes de continuar.

―Hace quince días presentó una denuncia por desaparición de su mujer. ¿Puede volver a contarnos exactamente qué ocurrió?

Matias exhaló lentamente, como quien repite algo demasiadas veces.

―Clara salió de casa una mañana diciendo que tenía reuniones relacionadas con su trabajo. No era raro. Es escritora y a veces desaparecía horas enteras entre cafés, editoriales o lo que fuera.

Hizo una pausa breve.

―Ese día no volvió.

Su tono seguía siendo extrañamente estable.

―Al principio pensé que se había enfadado conmigo o que necesitaba espacio. Discutíamos… bueno, no exactamente discutir. Ella llevaba un tiempo rara. Nerviosa. No ingresaba todo el dinero que debería, y creo que estaba preocupada por si su carrera había terminado.

Lara tomó notas mientras lo observaba.

Matias hablaba con precisión, mucha tranquilidad, lo contaba todo ordenadamente, y eso chirriaba, porque faltaba emoción, rabia, desconcierto…

―¿Cuándo decidió denunciar? ―preguntó Velasco.

―A los dos días.

Después corrigió:

―No. A los tres.

Se frotó los ojos un instante .

―Perdón, ya ni sé cuánto tiempo llevo sin dormir bien.

Lara deslizó una fotografía del edificio alquilado sobre la mesa.

―¿Reconoce este lugar?

Matias miró la imagen.

Negó despacio.

―No.

―El apartamento estaba alquilado a nombre de Clara.

Ahí sí hubo algo, pero solo fue un bostezo. ¿En qué momento le dices a un marido que su mujer había alquilado un apartamento y él bosteza?

Matias bajó la mirada unos segundos.

Después asintió muy lentamente.

―Entonces supongo que eso explica muchas cosas.

Velasco frunció el ceño.

―¿Qué cosas?

Matias se tomó un momento antes de responder.

Y cuando habló, sonó terriblemente cansado.

―Que desapareciera. Que no respondiera. El dinero que había pedido en un banco y que lo sacó al día siguiente. Los secretos.

Lara se inclinó un poco hacia delante.

―¿Cree que su mujer le ocultaba algo? ¿Nos está diciendo que le engañaba, que tenía una aventura?

Él soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa triste .

―Inspectora… si alguien desaparece durante dos semanas sin dejar rastro, supongo que es porque ya llevaba tiempo escondiendo cosas.

Hubo un silencio.

Y Lara sintió algo incómodo.

Porque no parecía un marido desesperado.

Parecía alguien que llevaba semanas viviendo una especie de duelo silencioso.

Pero había algo más.

Algo difícil de nombrar.

Una ligereza extraña.

Como si, debajo del agotamiento, hubiese cierto alivio.

Velasco también pareció notarlo.

Se acomodó en la silla y preguntó directamente:

―Señor Ortega… voy a hacerle una pregunta incómoda. ¿Espera encontrarla viva?

Matias tardó unos segundos en responder.

Miró la mesa.

Después a Lara.

Luego al vaso de agua.

Cuando finalmente habló, lo hizo muy despacio.

―No lo sé.

Y aquella respuesta, precisamente por sincera, resultó muchísimo más inquietante.

Lara cerró la carpeta suavemente.

―Necesitamos que venga mañana para una posible identificación si el forense consigue algo concluyente. Aún no sabemos quién es la víctima, señor Ortega. No podemos afirmar que sea Clara.

Matias asintió .

Pero no pareció aferrarse a esa esperanza.

Ni siquiera un poco.

Solo preguntó algo inesperadamente práctico:

―¿Puedo marcharme ya?

Y cuando lo dijo, Lara tuvo una sensación desagradable.

La sensación de estar viendo a un hombre que, quizá, acababa de quitarse un peso enorme de encima.