Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 6
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Julia Vidal

Julia siguió mirando la puerta automática del banco incluso varios segundos después de que Nicolás desapareciera tras ella.

La oficina había recuperado poco a poco el ruido habitual de teléfonos y teclados, pero había algo extraño en el ambiente, una tensión evidente, porque todo el mundo había visto la discusión.

Julia respiró profundamente intentando recuperar la compostura mientras regresaba a su despacho con los tacones resonando sobre el suelo brillante. En cuanto cruzó la puerta de cristal, se quitó las gafas de pasta y las dejó caer sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Sergio seguía allí dentro esperándola.

Apoyado junto a la ventana.

Observándola .

―Bueno… ―murmuró él intentando romper el silencio―. Eso ha sido bastante intenso.

Julia ni siquiera lo miró. Abrió un cajón, sacó una botella pequeña de agua y bebió directamente de ella mientras intentaba quitarse de encima el calor que sentía recorriéndole el cuerpo.

Rabia. Lo que tenía era muchísima rabia.

Sergio se acercó un poco más.

―Oye.

Ella cerró la botella bruscamente.

―¿Qué?

Él levantó las manos con calma.

―Tranquila. Solo digo que igual deberías relajarte un poco.

Julia soltó una pequeña risa.

―¿Relajarme? Mi marido acaba de montar un espectáculo en mitad de la oficina y tú me dices que me relaje.

―Tu marido acaba de irse del banco dando un portazo. Técnicamente eso nos deja la mañana bastante libre.

Aquello sí que consiguió que Julia levantara por fin la vista hacia él.

Sergio sonrió un poco, acercándose despacio hasta quedar frente a su mesa.

―Vamos, Julia. Nadie te va a echar de menos un par de horas.

Ella ya sabía perfectamente adónde quería llegar.

Y efectivamente, Sergio añadió :

―Podríamos irnos de aquí. Comer fuera o… no sé. Tengo una suite reservada en el hotel de siempre hasta las ocho.

Julia lo observó en silencio durante unos segundos.

Y cuanto más lo miraba, más absurdo le parecía todo.

Sergio interpretó mal aquella pausa y sonrió todavía más confiado.

―Te vendrá bien desconectar.

Julia apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa y negó con la cabeza, casi divertida.

―¿Tú no entiendes absolutamente nada, verdad?

La sonrisa de Sergio se borró un poco.

―¿Qué significa eso?

Ella soltó aire lentamente antes de responder.

―Que no te has dado cuenta de que si Nicolás no está… esto pierde toda la gracia.

Sergio frunció el ceño.

―Julia…

―No, escúchame porque creo que llevas demasiado tiempo confundiendo las cosas.

Ella rodeó la mesa despacio mientras hablaba, observándolo como si de repente estuviese viéndolo desde fuera por primera vez.

―Tú me gustas precisamente porque eres un problema.

Porque esto está mal. Porque existe el riesgo de que nos pillen.

Porque después tengo que sentarme a cenar frente a mi marido fingiendo normalidad mientras recuerdo que hace unas horas estabas encima de mí.

Tapando mi boca, sujetando fuerte mis muñecas u obligándome a abrirme de piernas.

Sergio se quedó completamente quieto.

Julia continuó hablando con una sinceridad casi cruel.

―Eso es lo que me excita. El peligro.

Él apartó la mirada un segundo antes de volver a mirarla.

―¿Y yo qué?

Julia tardó demasiado poco en responder.

―Tú eres lo fácil.

Aquello le hizo daño. Se notó enseguida.

Sergio soltó una pequeña risa incrédula mientras se pasaba una mano por la cara.

―Hostia…

Pero Julia ya había empezado y no parecía capaz de parar.

―Trabajamos juntos, sales a mí misma hora, apareces cuando te escribo y desapareces cuando me canso. Todo contigo es sencillo.

―Qué bonito.

Ella lo ignoró.

―No quiero convertirte en mi marido, Sergio.

El silencio se volvió incómodo de golpe.

Muy incómodo.

Julia se cruzó de brazos mientras él seguía mirándola como si acabara de descubrir a otra persona completamente distinta.

―Jamás estaría contigo de verdad.

Sergio tragó saliva .

―Esto que me dices es una barbaridad después de todo este tiempo.

Julia sostuvo su mirada sin pestañear.

―Es la verdad.

Él soltó una risa breve y amarga.

―Entonces, ¿qué coño he sido para ti?

Julia se encogió ligeramente de hombros.

―Una distracción.

Aquello fue el golpe final.

Sergio bajó la vista al suelo unos segundos y después volvió a levantarla lentamente. Ya no parecía enfadado únicamente. Ahora estaba humillado.

―Eres una hija de puta, ¿lo sabes?

Julia ni siquiera reaccionó.

Porque una parte de ella sabía que probablemente tenía razón.

Sergio cogió la chaqueta del respaldo de la silla y caminó hacia la puerta. Antes de salir se giró una última vez.

―Algún día se te va a ir de las manos todo esto.

Julia sostuvo su mirada.

―Puede ser.

Sergio soltó una risa sin humor.

Después abrió la puerta de golpe y salió del despacho dando un portazo tan fuerte que varias personas de la oficina levantaron la cabeza.

Julia permaneció inmóvil unos segundos.

Escuchando únicamente su propia respiración.

Y entonces algo incómodo empezó a abrirse paso entre toda aquella rabia.

Porque Nicolás no había vuelto a llamarla .

Ni había mandado un mensaje.

Eso no era normal.

Cogió el móvil rápidamente y marcó su número.

Julia frunció el ceño al ver que no respondía, y volvió a llamar inmediatamente.

Pero nada.

Notó una presión desagradable en el pecho.

Porque Nicolás siempre respondía. Siempre.

Se quedó mirando la pantalla unos segundos más antes de guardar el móvil dentro del bolso de manera brusca. Después cogió las llaves del coche y salió del despacho sin mirar a nadie. Ya no le importaba el banco. Ni Sergio.

Ni el ridículo espectáculo que acababa de montar. Solo quería llegar a casa y comprobar una cosa. Que su marido seguía allí. Y que todavía no era demasiado tarde para recuperarlo.