5
Nicolás Ferrer
La cafetería estaba casi vacía a esa hora de la mañana.
Sonaba música suave de fondo y la máquina de café no dejaba escapar pequeños silbidos de vapor cada pocos segundos.
Nicolás llevaba varios minutos removiendo el mismo café sin beber apenas mientras observaba distraídamente a la gente pasar al otro lado del escaparate.
Clara estaba sentada frente a él sujetando la taza caliente entre las manos.
Ahora parecía más tranquila que en el banco. El color le había vuelto un poco a la cara y hasta había conseguido recomponerse el pelo después del desastre emocional de hacía un rato, aunque seguía teniendo los ojos ligeramente hinchados.
―Gracias otra vez por aceptar mi invitación ―dijo ella con una sonrisa pequeña―. Sé que probablemente no te apetecía acabar la mañana escuchando mis dramas financieros.
Nicolás soltó una pequeña risa. Quizá lo de menos era escuchar dramas financieros si lo comparaba con los suyos.
―Créeme, era esto o volver al banco y cometer un homicidio.
Clara se rio de verdad esta vez.
Y joder. Era bastante guapa cuando sonreía. No lo hacía de forma escandalosa ni perfecta. Era otra cosa. Algo más cálido. Más cercano. Como alguien que llevaba demasiado tiempo triste y de repente recordaba cómo se hacía.
Nicolás dio por fin un sorbo al café antes de mirarla por encima de la taza.
―¿Puedo hacerte una pregunta?
Clara asintió despacio.
―Claro.
Él dudó un instante.
Sabía que probablemente estaba entrando en un terreno que no le correspondía. Pero también llevaba toda la tarde pensando en aquella frase.
“Si no vuelvo a casa con el dinero, mi vida se va a la mierda.”
Dejó la taza sobre el plato.
―Lo del préstamo…
Clara bajó un poco la mirada.
―¿Qué pasa?
―Me dio la sensación de que no era solo por dinero.
Ella no respondió .
Nicolás apoyó los antebrazos sobre la mesa y habló con más suavidad.
―Parecía más bien que tenías miedo de que tu marido se enfadara contigo.
El silencio que siguió fue bastante más incómodo.
Clara dejó de mover la cucharilla y sus ojos se quedaron clavados en el café.
Mierda, pensó Nicolás había sido demasiado directo.
Nicolás negó enseguida con la cabeza.
―Perdona. No debería meterme en tu cosas.
Ella soltó aire lentamente.
―No pasa nada. Es normal que lo menciones.
Su voz salió mucho más baja. Más frágil.
―Porque es verdad. La sensación que tuviste es la correcta.
Nicolás la observó sin decir nada.
Clara seguía mirando la taza mientras hablaba.
―Matias cree mucho en mí. O al menos… creía ―Se humedeció los labios antes de continuar―. Hace unos años publiqué una novela y funcionó muy bien. Muchísimo. Fue una locura. Firmas, entrevistas, editoriales llamando… todo el mundo diciéndome que era increíble.
Sonrió un segundo de felicidad, pero después la sonrisa se volvió triste.
―Y luego se acabó.
Nicolás permaneció completamente quieto escuchándola. Sin hablar .
―Desde entonces he intentado escribir algo igual de bueno y no puedo. Cada vez vendo menos. Mi editor tarda semanas en responderme. Las facturas siguen llegando y…
Tragó saliva.
―Creo que Matias empieza a pensar que solo tuve suerte.
Aquello le salió doloroso.
Como si llevase muchísimo tiempo guardándolo.
Clara se encogió ligeramente sobre sí misma mientras jugueteaba nerviosa con la servilleta.
―Y me da miedo que tenga razón. Me da miedo ser un fraude. Una de esas personas que triunfan una vez y luego desaparecen.
Las lágrimas empezaron a llenarle otra vez los ojos.
Nicolás sintió algo desagradable dentro del pecho.
Porque conocía perfectamente esa sensación.
La de decepcionar a alguien.
La de dejar de ser suficiente.
Clara soltó una pequeña risa nerviosa mientras intentaba secarse discretamente debajo de los ojos.
―Joder… perdón. Últimamente lloro muchísimo. Debo de parecer una desequilibrada.
―No lo pareces.
Ella asintió varias veces intentando recomponerse, pero entonces una lágrima terminó escapándose igual. Y después otra.
Nicolás reaccionó casi por instinto .
Se levantó de la silla y rodeó la mesa antes siquiera de pensarlo demasiado.
―Eh… tranquila.
Apoyó una mano con cuidado sobre su hombro.
Y Clara simplemente se rompió.
Se agarró a él con una necesidad tan inmediata que durante un segundo lo dejó sin respiración. Sus dedos se aferraron a la tela de su camisa y escondió la cara contra su pecho mientras intentaba contener el llanto.
Aquel no era un abrazo común.
Ni un gesto amable entre dos desconocidos.
Era el abrazo de alguien que necesitaba desesperadamente que la sostuvieran un momento.
Nicolás terminó rodeándola también con los brazos y notó cómo ella se relajaba poco a poco contra él.
Podía sentir su respiración caliente atravesándole la camisa. El olor suavemente perfumado de su pelo. La forma en que sus manos seguían agarrándolo incluso cuando ya había dejado de llorar.
Y algo dentro de él empezó a moverse, algo peligroso.
Cuando Clara se separó finalmente, lo hizo despacio. Muy despacio.
Sus ojos oscuros seguían húmedos, pero habían cambiado. Las pupilas estaban más dilatadas ahora. La tristeza seguía ahí, sí, aunque mezclada con otra cosa.
Algo mucho menos inocente.
Ella se apartó un mechón de pelo detrás de la oreja sin dejar de mirarlo y sonrió de lado .
Una sonrisa pequeña y tímida, pero también ligeramente perversa.
Y Nicolás se dio cuenta enseguida, Claro que se dio cuenta. Porque aunque llevaba años casado, tenía ojos. Sabía perfectamente cuándo una mirada cambiaba.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
El ruido de la cafetería parecía haberse quedado lejos.
Y Nicolás sintió algo que no esperaba sentir. Ganas de dejarse llevar. Ganas reales.
Porque mientras Clara seguía mirándolo así, lo único en lo que podía pensar era en una cosa terrible:
Si Julia lo estaba haciendo… ¿Por qué coño no iba a hacerlo él también?
Salieron de la cafetería después de un rato.
El cielo tenía ese color anaranjado sucio de las ciudades demasiado llenas de humo y coches, y el aire seguía caliente pese a que el sol comenzaba a esconderse entre los edificios.
Clara caminaba a su lado sujetando el bolso contra la cadera mientras todavía sonreía de vez en cuando, como si siguiese sin creerse del todo que el préstamo estuviera aprobado.
O quizá no era solo por eso.
Nicolás la observó de reojo mientras avanzaban por la acera.
La forma en que ella lo miraba había cambiado desde el abrazo.
Ya no era únicamente gratitud.
Ahora había curiosidad.
Tensión .
Y algo peligrosamente parecido al deseo.
Clara se apartó el pelo detrás de la oreja otra vez al notar que él la estaba mirando.
―¿Qué?
Nicolás sonrió disimuladamente al verla.
―Nada.
Ella soltó una pequeña risa.
―Mentira.
Siguieron caminando entre la gente durante unos segundos más. Un grupo de adolescentes pasó corriendo junto a ellos, alguien pitó desde un coche y una moto rugió demasiado cerca de la acera.
Pero Nicolás apenas escuchaba nada.
Solo podía pensar en Julia y en Sergio.
En esa maldita mano rozándole la muñeca.
Y entonces Clara le tocó los dedos. Fue apenas un roce. Pequeño. Pero suficiente.
Nicolás bajó la vista hacia su mano y después volvió a mirarla a ella.
Clara no apartó los ojos esta vez. Y ahí se terminó todo. O quizá empezó.
Sin pensarlo demasiado, Nicolás entrelazó los dedos con los suyos y tiró suavemente de ella.
―Ven.
Clara soltó una pequeña risa sorprendida mientras se dejaba llevar.
―¿Dónde vamos?
Él no respondió.
La guio fuera de la avenida principal, cruzando una calle más estrecha llena de terrazas y escaparates apagados, hasta terminar entrando en un callejón pequeño entre dos edificios antiguos donde apenas llegaba el ruido de la ciudad.
Olía a humedad y a basura.
Había contenedores al fondo y una luz amarilla parpadeando sobre una puerta metálica.
Clara lo miró todavía sonriendo.
―Esto parece exactamente el lugar donde una mujer acaba asesinada.
Nicolás soltó una risa breve.
Después dejó de reírse.
Porque ella seguía mirándolo así.
Con la respiración un poco acelerada. Esperando.
Y entonces la besó.
Sin pensárselo.
La empujó suavemente contra la pared mientras una de sus manos se hundía en su cintura y Clara respondió al instante, agarrándose a su camisa con fuerza y devolviéndole el beso con una necesidad que parecía llevar contenida mucho tiempo.
Joder.
No había duda.
Ella quería eso muchísimo.
Clara soltó una pequeño gemido ahogado entre beso y beso mientras sus dedos subían hasta la nuca de Nicolás.
―Creo que esto no debería estar pasando…
Pero sonaba encantada de que estuviera ocurriendo.
Nicolás volvió a besarla todavía más fuerte y notó cómo ella arqueaba ligeramente el cuerpo hacia él, completamente entregada ya a ese momento .
El bolso de Clara cayó al suelo sin que ninguno de los dos le prestara atención.
Ella le agarró la cara entre las manos y lo miró durante un segundo que se sintió peligrosamente íntimo.
Los ojos oscuros. Las pupilas enormes. Los labios hinchados.
―Tu mujer no parece de las que perdonan estas cosas ―susurró.
Y Nicolás, todavía respirando cerca de su boca, respondió algo que probablemente llevaba años deseando decir sobre alguien.
―No me importa lo más mínimo.