Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 4 #2
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Lara apoyó una mano sobre la encimera mientras observaba el salón desde la cocina.

El apartamento tenía algo raro.

No era solo la escena.

Había cojines colocados a la perfección y, sin embargo, una lámpara tirada junto al sofá. Una estantería ordenada al milímetro y una copa rota bajo la mesa de centro.

Caos en ciertas partes de la casa. Como si alguien hubiese intentado reconstruir una versión creíble de lo ocurrido sin saber exactamente cómo hacerlo.

Entonces algo llamó su atención.

―Espera.

Lara avanzó hacia el salón lentamente.

Velasco la siguió.

Ella se agachó junto a la mesa de centro y observó el suelo de madera.

Había pequeñas marcas.

Deslizamientos.

Como si algo pesado hubiese sido arrastrado.

Velasco también las vio.

―Joder…

Las marcas continuaban varios metros. Directas hasta el pasillo. Y terminaban justo frente a la puerta del baño.

La científica apareció detrás de ellos y soltó un suspiro.

―Pues ya tenemos cómo llegó el cadáver hasta la bañera.

Lara siguió visualmente el recorrido otra vez .

Notó un escalofrío desagradable recorriéndole la espalda pese al calor sofocante del apartamento.

―Quiero saber quién vivía aquí exactamente y quién entró o salió en este complejo durante las últimas semanas.

―Ya estamos tirando de cámaras ―dijo un agente desde el pasillo.

―¿Y la propietaria?

El agente consultó una libreta.

―Es de una agencia vacacional, pero me acaban de dar un nombre que alquiló el apartamento las últimas semanas. Clara Rivas. Treinta y cuatro años. Escritora.

Velasco sonrió.

―Pues menuda novela se está montando aquí la escritora.

Pero Lara seguía mirando las marcas del suelo. Pensando. Porque había algo que no encajaba.

Si alguien había arrastrado un cadáver por toda la casa, había limpiado la bañera y luego convertido el apartamento en un horno… ¿por qué dejar el cuerpo allí? Con suficiente fuerza lo correcto y más sensato habría sido llevárselo y hacerlo desaparecer.

¿Por qué no deshacerse de él?

La científica pareció leerle la mente.

―Quizá no tuvo tiempo.

Lara levantó la vista lentamente.

Sí. O quizá alguien quería que acabaran encontrándolo.

Velasco seguía observando las marcas del suelo con las manos metidas en los bolsillos del abrigo mientras uno de los técnicos tomaba fotografías desde distintos ángulos.

―Pues tenemos una escritora, un cadáver cocinándose en su bañera y alguien que se ha tomado demasiadas molestias en limpiar esto ―murmuró―. Muy sano mentalmente no parece el asunto.

Lara caminó lentamente hasta la ventana del salón y apartó unos centímetros el vaho acumulado sobre el cristal con la yema del dedo. Desde allí podía verse media ciudad cubierta por una ligera neblina gris y el reflejo azul de las luces policiales parpadeando abajo, en la calle.

―No sabemos quién hay en esa bañera todavía.

―Vamos, Lara. Hay un muerto en un piso alquilado a su nombre. Si fuese ella ya lo sabríamos, y si no lo es… entonces tenemos una mujer desaparecida y un cadáver desconocido. Ninguna de las dos opciones mejora el día.

No le faltaba razón.

Lara volvió a mirar el apartamento. Cuanto más tiempo pasaba allí dentro, más convencida estaba de que aquella escena tenía demasiadas capas. Había esfuerzo. Tiempo. Preparación. Nadie improvisaba algo así en una noche.

Uno de los agentes apareció desde el pasillo sujetando una carpeta plastificada.

―La inmobiliaria nos acaba de enviar la ficha de alquiler completa. La he impreso.

Lara la cogió enseguida.

Contrato temporal. Pago adelantado. Clara Rivas. Había también una copia del DNI, un correo electrónico y dos números de teléfono escritos a mano en la última página.

Velasco se acercó por encima de su hombro.

―Pues ya tenemos algo mejor que mirar cadáveres.

Lara sacó el móvil del bolsillo.

―Vamos a probar primero con el móvil.

Marcó el número móvil mientras caminaba lentamente hacia el pasillo para alejarse un poco del ruido de los técnicos. El tono comenzó a sonar una y otra vez en silencio. Nadie contestó.

Velasco observaba apoyado en el marco de la puerta del salón.

―¿Buzón?

Lara negó con la cabeza mientras colgaba.

―Ni siquiera eso.

Volvió a mirar la ficha.

Abajo del todo había otro número anotado.

―Prueba ese ―dijo Velasco.

Lara marcó de nuevo.

Esta vez la llamada apenas duró unos segundos antes de que alguien respondiera.

Era una voz masculina. Grave, y se notaba cansada.

―¿Sí?

Lara intercambió una mirada rápida con Velasco antes de hablar.

―Buenas tardes, ¿podría ponerme con Clara Rivas?

Al otro lado hubo un pequeño silencio.

―¿Quién la llama ?

―Inspectora Lara Martínez, Policía Nacional.

El hombre tardó un instante en responder.

―Clara no está en casa. Y creo que eso deberían de saberlo.

La forma en que lo dijo hizo que Lara frunciera ligeramente el ceño. No sonaba extrañado. Sonaba agotado.

―¿Con quién hablo?

―Matias Ortega. Soy su marido.

Velasco levantó las cejas al escuchar aquello.

Lara comenzó a caminar despacio por el pasillo mientras seguía hablando.

―Necesitamos hacerle unas preguntas relacionadas con un apartamento alquilado a nombre de su mujer hace unas semanas.

Esta vez el silencio fue más largo.

―¿Qué apartamento?

―Uno en la calle…

Lara consultó rápidamente la ficha.

―…Maldonado, número diecisiete.

Se escuchó una respiración profunda al otro lado.

Después un ruido seco, como si el hombre acabara de sentarse.

―No sabía que hubiese alquilado ningún apartamento.

Lara intercambió otra mirada con Velasco.

―¿Cuándo fue la última vez que vio a su mujer, señor Ortega?

Matias tardó demasiado en responder.

―Hace dos semanas.

Velasco dejó de moverse .

Lara bajó ligeramente la voz.

―¿Dos semanas?

―Sí.

―¿Y no ha vuelto a casa desde entonces?

―No.

Aquello ya no sonaba a simple preocupación.

Sonaba a algo mucho peor.

Lara se apoyó contra la pared del pasillo.

―¿Denunció su desaparición?

―Claro que la denuncié, por eso deberían saber que no iba a estar aquí.

Había irritación en su voz ahora.

Dolor también.

―Hace exactamente catorce días. Puede comprobarlo cuando quiera.

Lara notó cómo el estómago se le encogía.

Mierda, pensó.

Miró un instante hacia el baño, donde seguían trabajando alrededor del cadáver.

Después volvió a hablar.

―Señor Ortega… ahora mismo nos encontramos en la escena de un crimen relacionada con su mujer.

El silencio al otro lado fue absoluto.

Tan largo que Lara llegó a pensar que la llamada se había cortado.

Finalmente Matias habló.

―¿Qué significa eso?

Lara escogió las palabras con cuidado.

―El apartamento que le he mencionado fue alquilado a nombre de Clara Rivas hace aproximadamente dos semanas y en el interior hemos encontrado un cadáver. Posiblemente hablamos de un asesinato.

Velasco apartó la mirada. Incluso él sabía lo que venía ahora.

Al otro lado de la línea se escuchó una respiración rota. Después una sola pregunta. Una pregunta dicha con la voz completamente vacía.

―¿Ha dicho crimen?

Lara cerró los ojos un instante.

―Sí.

Otro silencio.

Y entonces:

―¿Han matado a mi mujer?

Aquello golpeó incluso a Velasco que escuchaba un metro más lejos que Lara.

Lara miró de nuevo hacia el baño sofocante, hacia la bañera llena de agua oscura y el cuerpo irreconocible flotando dentro.

―Aún no sabemos quién es la víctima, señor Ortega. Necesitamos identificar el cadáver oficialmente antes de sacar conclusiones.

Matias respiraba fuerte ahora.

―Pero creen que puede ser ella.

Lara no respondió directamente.

―Creo que sería mejor que viniera a comisaría cuanto antes para hablar con nosotros.

Hubo un ruido metálico al otro lado. Llaves quizá. Movimientos apresurados.

―Voy para allá.

Y colgó.