4
Lara Martínez
Se encendió el décimo cigarrillo de la mañana, miró el reloj y vio que estaba parado.
Seguramente la calefacción había tenido mucho que ver, y también los gases tóxicos acumulados allí dentro.
Las paredes resudaban humedad, los cristales estaban completamente empañados y el aire era tan espeso que amenazaba con quedarse pegado dentro de los pulmones que respiraban.
―Qué puto asco ―murmuró Velasco mientras se cubría la nariz con el cuello del abrigo.
Lara no respondió.
Dio una última calada al cigarro antes de tirarlo fuera, donde se acumulaba toda esa agua que había sido la que había alertado al jardinero, y dio la voz de alarma .
Después siguió los pasos fluorescentes que el primer agente había marcado sobre el parquet para evitar contaminar la escena.
El apartamento era pequeño, no más de sesenta metros, pero lujoso.
Había copas vacías sobre la encimera de la cocina americana, un bolso tirado junto al sofá y varias prendas de ropa femenina desperdigadas por el suelo, como si alguien hubiese salido corriendo o hubiese perdido el control a mitad de la noche.
Pero el verdadero horror estaba en el baño.
El agente que custodiaba la puerta se apartó al verlos llegar.
―Llevamos esperando más de una hora a científica ―dijo―. Pero sinceramente, inspectora… tampoco creo que quede mucho que analizar.
Lara frunció el ceño.
Después entró.
Y el golpe de olor fue inmediato. Era un olor putrefacto. Velasco soltó un joder casi ahogado mientras giraba la cara.
La bañera ocupaba media estancia. Grande, antigua, de porcelana blanca con patas metálicas. O al menos eso intuía Lara bajo toda aquella suciedad oscura adherida a los bordes.
Estaba llena hasta arriba de un líquido casi negro.
Y dentro había un cuerpo. O lo que quedaba de él.
La descomposición era tan avanzada que costaba distinguir dónde terminaba la piel y dónde empezaba el agua ennegrecida.
El calor del apartamento había acelerado el proceso de una forma salvaje.
Partes del rostro parecían desprenderse literalmente del cráneo y el olor era tan fuerte que Lara notó cómo el estómago le daba un vuelco.
Aun así se acercó un poco más. Porque los cadáveres hablaban. La mayoría de la gente solo veía carne muerta. Lara veía errores y prisa.
Velasco permanecía junto a la puerta intentando respirar por la boca.
―Dime que al menos sabes si es hombre o mujer.
Lara entrecerró los ojos observando el cuerpo.
El agua se movía ligeramente por el calor acumulado en la estancia.
Después señaló algo cerca del borde de la bañera.
―Mira la mano.
Velasco avanzó con evidente arrepentimiento.
―Hostia…
Un anillo.
Lara asintió despacio.
―Casada, casado.
Velasco soltó aire lentamente mientras observaba alrededor.
―No hay signos de entrada forzada. Hay que averiguar de quien es la casa.
―Pertenece a una agencia de viajes según el jardinero. Él fue quien llamó para dar aviso de que el agua salía por la puerta hacia el jardín.
―No hay sangre.
―No.
―Entonces quizá sobredosis, suicidio …
―Nunca he visto un suicidio en el que la persona intente destruir su cuerpo…
Velasco la miró de reojo.
Lara seguía observando la bañera. Había algo raro. Todo el baño estaba muy premeditado, las ventanas estaban selladas con cinta adhesiva, y los sumideros del lavabo estaban tapados.
Alguien había querido acelerar aquello.
Entonces uno de los agentes apareció en la puerta con el móvil en la mano.
―Inspectora.
Lara se giró.
―¿Qué?
―Ya tenemos identificación preliminar del apartamento.
El agente tragó saliva antes de continuar.
―La propietaria es una agencia como ya sabíamos, pero estaba alquilado por Clara Rivas. Escritora. Treinta y cuatro años.
Lara siguió observando la bañera durante unos segundos más mientras el vapor empañaba todavía más los espejos del baño. El calor allí dentro era insoportable. Notaba gotas de sudor bajándole lentamente por la espalda bajo la camisa, y eso que apenas acababan de entrar.
Velasco terminó apartándose hacia la puerta.
―Te juro que como vuelva a desayunar tortilla después de esto...
Lara ignoró el comentario.
Seguía mirando el cuerpo .
Había algo inquietante en aquella escena. No solo el cadáver. Era la preparación. El cuidado enfermizo con el que alguien había convertido el apartamento en una especie de horno improvisado.
Las ventanas selladas. La calefacción puesta al máximo.
El agua estaba completamente ennegrecida.
Detrás de ellos se escucharon varias voces y el sonido plástico de los monos de protección.
Por fin, la científica acababa de llegar.
Una mujer bajita, de unos cincuenta años y expresión permanentemente cansada, apareció en el pasillo colocándose los guantes mientras observaba el interior del apartamento con visible fastidio.
―Decidme que habéis abierto ventanas.
―Ni de coña ―respondió Velasco―. Si alguien se desmaya aquí dentro, prefiero que seas tú.
La mujer resopló.
―Encantador como siempre, inspector Velasco.
Lara salió parcialmente del baño para dejarles espacio mientras otros dos técnicos comenzaban a desplegar focos portátiles y maletines metálicos sobre el suelo del salón.
En cuestión de segundos el apartamento empezó a llenarse de órdenes cortas, flashes de cámaras y el sonido de plásticos abriéndose.
La científica se asomó a la bañera y soltó un silbido bajo.
―Madre de Dios…
Uno de los técnicos encendió una pequeña grabadora .
―Escena número cuarenta y dos. Posible mujer, bueno, también podría ser un hombre de estatura media, caucásicos, en avanzado estado de descomposición. Temperatura ambiental extremadamente elevada. Se procede a toma inicial de muestras.
Lara observó cómo empezaban a trabajar.
Uno fotografiaba absolutamente todo. Otro tomaba muestras del agua oscura de la bañera con una jeringuilla enorme.
La científica principal revisó los bordes de porcelana con una linterna pequeña antes de agacharse junto al grifo.
―Aquí no hay restos. No parece que se haya apoyado para entrar en la bañera, posiblemente estaba muerto, o muerta, cuando lo metieron.
―¿Sangre? ―preguntó Velasco.
―Todavía no lo sé. Aquí hay mucho que analizar.
La mujer pasó un bastoncillo por una pequeña zona oscura adherida cerca del metal.
―Pero alguien limpió esta bañera después de usarla. Mira esto.
Lara se acercó hasta donde la mujer señalaba.
Había marcas. Pequeñas líneas circulares apenas visibles.
―¿Estropajo? ―dijo Lara.
La científica asintió.
―Y lejía. Muchísima. Pero cuando intentas limpiar tan rápido siempre dejas algo sucio.
Velasco miró otra vez el cuerpo .
―¿Crees que la mataron aquí?
La científica levantó la vista.
―Creo que este cuerpo lleva demasiados días cocinándose como para sacar conclusiones todavía. Y no diría tan rápido que es una mujer.
Uno de los técnicos apareció desde el dormitorio principal.
―Hemos encontrado un móvil.
Lara se giró enseguida.
―¿Está encendido?
Levantó la bolsa de plástico con el aparato en su interior.
―¿Apagado?
―Destrozado diría.
Eso hizo que Lara frunciera el ceño.
―¿Cómo de destrozado?
El técnico levantó la bolsa de nuevo y la agitó un poco. Dentro había un teléfono completamente reventado, la pantalla hecha añicos y parte de la carcasa doblada hacia dentro como si alguien hubiese descargado toda su rabia pisándolo repetidas veces.
Velasco soltó una risa.
―De momento tenemos bien poco.
Pero Lara no estaba escuchándolo.
Miraba el teléfono, después el apartamento, luego la bañera.
Y cuanto más observaba aquella escena, menos le parecía un crimen impulsivo. Aquello olía a miedo. A alguien intentando desesperadamente borrar algo.
Entonces otro agente apareció desde la cocina.
―Inspectora, creo que debería ver esto .
Lara caminó hacia allí mientras se quitaba un poco de humedad de la frente. Allí seguía haciendo mucho calor.
Sobre la encimera había varias botellas vacías.
Agua oxigenada, lejía, alcohol. Y una caja de somníferos abierta.
La científica apareció detrás de ella.
―Bueno… ―murmuró mientras observaba todo aquello―. Lo que sí tenemos es una historia bastante interesante...
La científica cogió la caja de somníferos con dos dedos enguantados y la inclinó ligeramente hacia la luz.
Vacía. Completamente vacía.
―¿Cuántas pastillas llevaba esto? ―preguntó Velasco acercándose.
Uno de los técnicos miró la parte trasera de la caja.
―Treinta.
Velasco soltó un silbido bajo.
―Pues con eso duermes a un caballo.
Lara seguía observando la encimera.
Todo estaba demasiado organizado y limpio.
Ni siquiera parecía una cocina utilizada con normalidad. No había platos en el fregadero ni vasos sucios más allá de una copa de vino abandonada junto al microondas.
Como si alguien hubiese limpiado a conciencia unas zonas y hubiese olvidado otras.
―Quiero huellas de todo esto ―dijo Lara.
―Las tendremos ―respondió la científica―. Aunque con tanta lejía tampoco esperes milagros .
Uno de los agentes apareció desde el salón.
―Inspectora, los vecinos ya están empezando a ponerse nerviosos.
―¿Han oído algo?
El hombre se encogió de hombros.
―Uno dice que llevaba días notando mal olor. Otra asegura que escuchó una discusión hace unas noches.
Velasco resopló.
―Siempre aparece alguien que escucha discusiones cuando ya hay un cadáver, pero no se le ocurre llamar a la policía nunca.
Lara ignoró el comentario y volvió a mirar alrededor.
La calefacción seguía funcionando a máxima potencia. El aire caliente salía del conducto con un zumbido constante que empezaba a resultar insoportable.
La científica también se dio cuenta.
―¿Cómo se le ocurrió poner la calefacción?
―Quería acelerar la descomposición ―respondió Lara.
―Demasiados documentales sobre crímenes me parece que existen al alcance de cualquier persona.
Hubo un pequeño silencio. Incluso Velasco dejó de hacer comentarios durante unos segundos.
La científica terminó guardando la caja de somníferos en una bolsa de pruebas.
―Si querían borrar tiempo de muerte, desde luego no eran idiotas. Lo han conseguido .