Tú también mentirías (Lara Martínez 3) 3
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Cojo las llaves del coche de encima de la mesa con un movimiento brusco, luego la americana y el móvil. La silla sale disparada hacia atrás haciendo ruido contra el suelo.

―¿Sabes qué? Que os den.

―Nicolás…

Pero ya no quiero escucharla.

La rodeo sin mirarla siquiera, y empiezo a caminar hacia la salida del banco mientras noto todas las miradas clavadas en mi espalda.

Julia dice mi nombre otra vez.

Camino varios metros sin rumbo claro, aflojándome el nudo de la corbata con una mano mientras intento bajar la presión que siento dentro del pecho.

No puedo dejar de escuchar esa frase: o quizá sí.

La manera en que la ha dicho. Como si disfrutara viéndome perder la cabeza .

Aprieto la mandíbula y, sin pensarlo demasiado, le doy una patada fuerte a una papelera metálica que hay junto a un banco. El golpe retumba por toda la acera y una señora que pasa cerca me mira horrorizada.

Perfecto.

Ahora también parezco un puto loco.

―Eh.

Una voz me hace girar.

Clara, la chica del préstamo, está ahí. Está a pocos metros de mí sujetando el bolso contra el pecho y con las gafas de sol otra vez puestas sobre la cabeza. Parece sorprendida de encontrarme fuera. Y también un poco preocupada.

―¿Está todo bien?

Miro la papelera abollada y luego a ella.

Joder.

―Sí, claro. Todo bien ―miento.

Ella mira claramente la papelera.

Después vuelve a mirarme a mí.

No se cree ni una palabra.

El silencio entre los dos dura un instante, un poco raro. Yo me paso una mano por la nuca intentando recomponerme mientras Clara se mueve incómoda sobre sus sandalias.

―Bueno… ―dice finalmente―. Si sirve de algo, creo que tu jefa tiene cara de asesina en serie.

No puedo evitar soltar una pequeña risa. La primera auténtica en todo el día. Y ella sonríe al darse cuenta.

Niego con la cabeza todavía medio riéndome y apoyo las manos en las caderas .

―Eso parece.

Clara duda un momento antes de hablar otra vez.

Se nota que está pensando si debería decirlo o no.

―Mira… sé que probablemente tienes cosas mejores que hacer, pero creo que no me equivoco cuando digo que te he metido en problemas ahí dentro.

―No me has metido tú.

La respuesta me sale demasiado rápida. Porque es verdad. Esto no iba de Clara. Iba de Julia y de Sergio.

Clara baja un poco la mirada y juguetea con la correa del bolso.

―Aun así… ¿podría invitarte a un café?

Levanto una ceja.

―¿Eso forma parte del pago de la deuda?

Ella sonríe de lado.

―Es un anticipo.

Debería decir que no. Tengo que decir que no, no me parece ético que yo me vaya a tomar café con una mujer a la que no conozco de nada, y justo después de acusar a mi mujer de infiel.

Pero la idea de volver ahora mismo a casa, sentarme en silencio, hasta que llegue ella, y después estar frente a Julia y fingir que no estoy imaginando a Sergio tocándole la mano, me resulta insoportable.

Exhalo lentamente.

―Conozco un sitio a dos calles de aquí.

Clara levanta la cabeza con una sonrisa luminosa.

Y por alguna razón, eso me relaja un poco.

Empieza a caminar a mi lado mientras el ruido de la avenida nos envuelve y durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Pero no es un silencio incómodo. Es más bien el silencio de dos personas que acaban de salir de lugares donde no querían estar, y posiblemente cada uno piensa en sus cosas.