2 #2
Porque Julia odia este tipo de operaciones. Riesgo alto. Perfil inestable. Autónomos, con descubiertos. Justo el tipo de cliente que ella jamás aceptaría. Y por alguna razón, en este preciso instante, necesito llevarle la contraria más que respirar.
Miro otra vez hacia el despacho. Julia me sostiene la mirada desde el otro lado del cristal. Se le ve seria, tensa. Y por primera vez en dos años, creo que por fin voy a conseguir molestarla.
Julia sigue mirándome desde su despacho.
Ni siquiera intenta ocultarlo. Está sentada detrás de su mesa con la espalda bien recta, una mano apoyada sobre la carpeta que Sergio acaba de dejarle y la otra junto al teclado del ordenador.
Tiene esa expresión fría que utiliza cuando algún cliente empieza a hacer preguntas incómodas sobre cláusulas abusivas o intereses injustos.
La misma cara que pone cuando está enfadada y no quiere admitirlo.
Yo la conozco demasiado bien.
Mantengo la vista fija en ella durante un instante antes de volver lentamente la pantalla del ordenador hacia mí. Muevo el ratón, abro de nuevo el expediente de Clara y repaso por encima unos datos que ya había leído tres veces. Autónomos. Ingresos inestables… Un desastre de operación.
A mi lado, Clara permanece completamente quieta. Tiene las manos entrelazadas sobre el bolso y aprieta los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le han quedado blancos. Ya no llora, pero respira raro, demasiado rápido, como alguien intentando no derrumbarse delante de desconocidos.
―A ver… ―murmuro mientras hago un par de clics más―. Vamos a ajustar esto.
Clara levanta la cabeza de golpe.
―¿En serio?
La miro un segundo antes de volver a la pantalla. La verdad es que no estoy pensando demasiado en el préstamo. Estoy pensando en Julia. En Sergio dentro de su despacho. En esa mano rozándole la muñeca hace unos minutos. En cómo la apartó cuando vio que yo estaba mirando.
Y ahora, de repente, quería que ella sintiera aunque solo fuese una mínima parte esa incomodidad.
Tecleo cualquier cosa para aparentar que estoy revisando condiciones especiales. Después pulso el botón de aprobación .
Así, sin consultarlo, sin pensar en las consecuencias.
La impresora empieza a escupir hojas con un zumbido mecánico, y Clara me observa como si no terminara de entender lo que está pasando.
Cojo los papeles recién impresos, les doy un pequeño golpe sobre la mesa para alinearlos y los dejo frente a ella.
―Enhorabuena, Clara. El préstamo está aprobado.
Durante un segundo ella no reacciona. Se queda mirándome con los ojos abiertos, inmóvil, como si hubiese escuchado algo en otro idioma.
―¿Qué?
No puedo evitar una pequeña sonrisa.
―Quince mil euros. Si firmas ahora, el dinero estará disponible entre hoy y mañana.
La expresión de su cara cambia por completo.
Es casi bonito verlo.
La tensión desaparece poco a poco de sus hombros y sus ojos se llenan otra vez de lágrimas, pero ya no son las mismas de antes. Se lleva una mano a la boca y suelta una pequeña risa nerviosa, incrédula.
―No me lo puedo creer…
Baja la vista hacia los documentos y después vuelve a mirarme a mí, todavía intentando asumirlo.
―Pensaba que iba a tener que volver a casa y contarle todo a mi marido.
Hay algo que no termino de comprender, ¿cuál sería ese problema si tuviese que contrale a su perfecto y comprensivo marido lo que ocurre con su liquidez? Todos conocemos a Matias, es un ser especialmente comprensivo…
Pero antes de que pueda preguntarle nada, Clara se levanta de golpe de la silla y me rodea los hombros con los brazos.
El abrazo me pilla completamente desprevenido.
Noto su cuerpo temblando ligeramente contra el mío y el perfume suave que lleva en la ropa. Alrededor, varias personas levantan la cabeza. La recepcionista deja de teclear. Incluso uno de los clientes que esperaba turno se gira discretamente hacia nosotros.
Perfecto. Apoyo una mano en su espalda por pura inercia mientras ella se aparta apenas unos centímetros para mirarme.
―Gracias… de verdad… gracias.
Y entonces ocurre.
Me besa en la mejilla, con mucha fuerza.
No es un beso de los que puedas utilizar para poner celosa a tu mujer, pero resulta que al levantar la vista veo a Julia al otro lado del cristal completamente inmóvil.
Sergio sigue hablándole desde dentro del despacho, inclinado sobre la mesa con su maldita carpeta en la mano, pero ella ya no le está prestando atención. Nos mira a nosotros. Exactamente a mí.
Y madre mía esa mirada.
Ahora sí. Ahora sí parece enfadada de verdad.
Clara se separa rápidamente al darse cuenta de lo que acaba de hacer. Se lleva los dedos a la boca y su expresión pasa de la alegría absoluta a la vergüenza en cuestión de segundos .
―Perdón… yo no quería…
Pero se ríe mientras lo dice. Una risa nerviosa y agotada de alguien que acaba de librarse de caer por un precipicio.
―Me acabas de salvar la vida.
Yo me apoyo contra el borde del escritorio intentando mantener cierta compostura, aunque por dentro siento una satisfacción bastante miserable.
Infantil incluso, pero también tremendamente agradable.
Clara vuelve a sentarse y empieza a recoger los documentos con movimientos torpes. Entre los papeles encuentra una esquina medio doblada de una fotocopia y la arranca. Después alarga la mano hacia el bote de bolígrafos que hay en mi mesa.
―¿Puedo coger uno?
―Claro.
Se inclina sobre la mesa y empieza a escribir deprisa. El pelo le cae hacia un lado de la cara y tiene que apartárselo con ayuda de la mano mientras termina de anotar algo. Finalmente desliza el trozo de papel hacia mí.
Un número de teléfono.
Entonces sus ojos bajan hasta la chapa identificativa que cuelga de mi americana.
―Nicolás Ferrer…
Pronuncia mi nombre despacio.
Después levanta la vista y sonríe de una forma mucho más tranquila que antes.
―Estoy en deuda contigo, Nicolás .
Guardo el papel en el cajón sin apartar del todo la vista del despacho de Julia.
Ella sigue observándonos. Y cuanto más tiempo nos mira, más seria parece.
Clara se inclina un poco hacia mí y baja la voz como si fuese a contarme un secreto.
―Pídeme lo que quieras, te lo juro. Lo que sea. Te debo una muy grande… me has salvado la vida.
Y esta vez sí sonrío abiertamente.
No tanto por Clara. Sino porque, por primera vez en muchísimo tiempo, mi mujer parece realmente furiosa.
Niego suavemente con la cabeza mientras cierro el cajón donde he guardado el papel con su número.
―No ha sido nada, Clara. Solo hago mi trabajo.
Ella sonríe todavía con esa mezcla rara entre alivio y agotamiento absoluto. Se seca por última vez debajo de los ojos con el pañuelo arrugado que aún sostiene entre los dedos y empieza a recoger toda la documentación desperdigada sobre mi mesa.
Los papeles le tiemblan ligeramente en las manos.
―Pues ojalá todo el mundo hiciera su trabajo igual de bien.
No sé si me río por el comentario o por la forma en que Julia sigue fulminándonos desde el otro lado del cristal.
Clara se coloca el bolso sobre el hombro y vuelve a mirarme antes de marcharse.
―En serio, Nicolás… gracias.
Asiento una vez .
Ella se gira y atraviesa la oficina mientras varias personas la observan de reojo. La recepcionista le dedica una sonrisa educada al despedirse y las puertas automáticas del banco vuelven a abrirse para dejarla salir a la calle.
Y justo entonces. La puerta del despacho de Julia se abre de golpe.
Sale tan rápido que hasta Sergio levanta las cejas sorprendido.
Los tacones de Julia golpean el suelo con fuerza mientras cruza la oficina directamente hacia mi mesa. Lleva los brazos pegados al cuerpo y esa expresión tensa que aparece justo antes de que explote.
Perfecto. Se detiene frente a mí.
―¿Se puede saber qué cojones ha sido eso?
Varias cabezas se levantan al instante.
Yo me reclino ligeramente en la silla, fingiendo mucha más calma de la que realmente tengo.
―¿El qué?
Julia suelta una pequeña risa incrédula.
―No me tomes por idiota, Nicolás.
Apoya ambas manos sobre mi escritorio inclinándose hacia mí.
―Acabas de aprobar un préstamo que jamás tendría que haber salido adelante.
Me encojo de hombros mientras ordeno un par de documentos.
―Solo intentaba ayudar a una joven con problemas económicos.
Julia entrecierra los ojos. Y ahí está. El fuego.
―Te has pasado .
La miro por fin directamente.
―¿Yo me he pasado?
Ella mantiene la mandíbula tensa, inmóvil.
Y algo dentro de mí termina de explotar.
Me levanto lentamente de la silla.
―No, Julia. Creo que aquí la que se ha pasado eres tú.
Por primera vez desde que se ha acercado, parece desconcertada.
Solo un poco, pero suficiente.
―¿Perdona?
Noto cómo varias personas de la oficina intentan disimular que están escuchando. Sergio sigue dentro del despacho de Julia observándonos a través del cristal.
Entonces reacciono, no puedo seguir haciendo como que no lo he visto. Señalo vagamente hacia el despacho con la cabeza.
―Sabes perfectamente a lo que me refiero.
Julia no aparta la mirada de mí.
―No tengo ni idea.
―¿Ah, no? Entonces explícame qué coño es ese jueguecito de manos que os traéis Sergio y tú.
El silencio que cae después es inmediato. Incluso la recepcionista deja de teclear. Julia se queda completamente quieta. Después arquea ligeramente una ceja.
―¿Celoso? ¿Es eso?
La pregunta me golpea más fuerte de lo que debería.
Porque su tono no suena culpable, suena a burla.
―No tengo por qué estarlo, ¿verdad?
Julia ladea la cabeza lentamente.
Y entonces responde:
―O quizá sí.
Ahí exploto.