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Nicolás Ferrer
Mi mujer tiene un amante, no hay duda, tampoco tengo pruebas por el momento, pero todo apunta a que me pone los cuernos desde hace al menos dos años.
Justo el tiempo que hace que no nos enfadamos, y no porque no le haya dado motivos, pero no la consigo cabrear, y eso en ella es imposible.
Y asi es como he llegado a esta conclusión, porque sé que se siente tan culpable que es incapaz de enfadarse conmigo por cualquier cosa que haga.
Trabajamos en la misma oficina desde hace al menos diez años.
Me contrataron primero a mí y después ella llegó a los pocos meses.
Fui yo quien la recomendé para el puesto, y con esto de ofrecer las mismas oportunidades tanto a hombres como a mujeres, ha llegado más lejos que ningún hombre que conozco en el sector.
Es la directora del banco, y no deja de repetirme que en el trabajo no somos marido y mujer, me lo recuerda cada día que bajamos del coche, como ahora mismo está haciendo.
―Y recuerda, aquí yo soy tu jefa y ni se te ocurra volver a repetir lo que la semana pasada.
Un lapsus, la llamé cariño sin darme cuenta.
Nada más entrar en la oficina, Julia se coloca las gafas de pasta negra y acelera el paso como si el trayecto desde el ascensor hasta su despacho fuese una pasarela de poder. Y quizá lo sea. La gente la saluda demasiado rápido, parece que le tienen respeto, o miedo.
―Buenos días, directora.
Ni me mira para desearme buena mañana, tan solo levanta una mano en el aire mientras sigue caminando.
Yo voy detrás con mi café en la mano y la americana colgando del hombro. Cuando llegamos a la zona de impresoras veo el montón de folios acumulados en la bandeja.
―Cari… ―Me aclaro la garganta al instante al darme cuenta de mi gran cagada―. Eva, ¿puedes acercarme el informe azul? El de arriba.
Ella se gira muy despacio. Despacio de verdad. Primero mira mi mano. Después mi cara. Y finalmente los papeles.
Como si no entendiera qué parte de mi cerebro ha decidido que puedo pedirle algo.
―¿Perdona?
Hay dos administrativos a pocos metros fingiendo que trabajan mientras escuchan .
―El informe azul ―repito―. Tengo las manos ocupadas.
Julia sonríe. Pero no de una forma amable. Es esa sonrisa fina que utiliza cuando alguien acaba de cavar su propia tumba. Entonces coge el informe. Durante medio segundo pienso que va a dármelo. Pero no, lo deja encima de la impresora.
―Yo soy la directora del banco, Nicolás, no tu secretaria.
Después se aleja hacia su despacho sin girarse.
Los dos administrativos bajan la cabeza de golpe.
Yo agarro el informe intentando aparentar normalidad, aunque noto calor subiéndome por el cuello. Llevo doce años casado con ella y aún consigue hacerme sentir como un niño al que acaban de regañar delante de la clase.
La mañana continúa tranquila. A las once entra Sergio en el despacho de Julia. Lo veo desde mi mesa porque las paredes son de cristal, idea brillante de algún imbécil obsesionado con la transparencia corporativa.
Sergio se apoya en el marco de la puerta con una confianza que a mí hace años que Julia no me permite.
Ella ni siquiera levanta la vista del ordenador.
Él dice algo. Julia sonríe. No es esa media sonrisa fría que usa con los clientes importantes, ni la que dedica a su secretaria, es más bien una sonrisa pequeña, rápida, privada.
Sergio se acerca a su mesa y deja una carpeta. Ella le toca la muñeca un segundo.
¿Por qué ha hecho eso?
Siento una presión desagradable en el pecho .
Él se queda allí más tiempo del necesario mirándola. Hablan. Ella se echa el pelo detrás de la oreja. Él sonríe. Y entonces Eva levanta la vista y lo mira de esa manera que antes era mía.
Intento concentrarme en la pantalla, pero ya no leo los números. Solo los veo moverse delante de mí como moscas. Dos años. Justo dos años desde que dejó de discutir conmigo, y justo el mismo tiempo que lleva Sergio aquí.
La puerta automática del banco se abre y una chica entra apresurada sujetando un bolso enorme contra el pecho. Va despeinada, como si hubiese venido caminando rápido bajo el sol. Lleva gafas oscuras y una carpeta llena de papeles doblados.
La recepcionista le pregunta algo. La chica se baja las gafas y mira alrededor, nerviosa.
Y entonces ocurre.
Julia sale de su despacho. Sergio sigue dentro.
La chica y Julia se miran por un segundo, pero noto algo raro. Algo diminuto. Una tensión pequeña que aparece y desaparece tan rápido que casi parece imaginada.
―Buenos días ―dice la chica, forzando una sonrisa―. Soy Clara Rivas y necesito solicitar un préstamo.
Julia ladea ligeramente la cabeza, veo como coge aire y responde.
―Nicolás, recuérdale que no podemos regalar dinero a cambio de nada .
La recepcionista le indica que venga hacia mi mesa y ella avanza agarrando la carpeta contra el pecho con mucha fuerza.
Ahora que está más cerca veo que es bastante guapa. No de esa forma perfecta y artificial que muestra Instagram, sino de una manera más real, y también veo que parece cansada. Ojeras suaves. Labios mordidos. El pelo recogido deprisa. Como alguien que lleva demasiado tiempo durmiendo mal.
Julia sigue allí de pie. Mirándola. Y Clara también la mira a ella. Demasiado incómodo para ignorarlo.
―Siéntate, por favor ―le digo.
Clara aparta los ojos de Julia y toma asiento frente a mí. Mi mujer tarda un segundo en volver a su despacho.
Sergio sigue dentro.
Abro el expediente en el ordenador mientras Clara coloca los papeles sobre la mesa con movimientos rápidos y nerviosos.
―¿Importe aproximado?
―Quince mil.
Levanto las cejas sin querer.
No es una cantidad pequeña para alguien que viene sola y con esa cara de estar a dos facturas de vender un riñón.
―¿Finalidad del préstamo?
Clara duda un segundo.
―Necesito liquidez temporal .
Eso significa problemas. Empiezo a revisar la documentación. Declaración trimestral. Extractos. Recibos devueltos.
Mala pinta. Muy mala.
―Eres autónoma.
―Sí.
―Escritora ―leo.
Ella asiente despacio, como si incluso decirlo en voz alta le diese vergüenza.
Entonces noto movimiento al otro lado del cristal.
Julia.
Sergio le dice algo desde dentro del despacho, pero ella ni siquiera aparta la vista.
¡Qué cojones!
Clara también se da cuenta. Se mueve incómoda en la silla y baja la mirada hacia sus manos.
―Tus ingresos han bajado bastante este último año ―comento.
―El mercado editorial está complicado.
Respuesta que no me sirve para nada. La he escuchado mil veces en clientes arruinados.
Paso otra página, veo el descubierto bancario. Recibos pendientes. Cuota de autónomos próxima que si la cuenta sigue vacía no va a poder cobrarse.
Y entonces veo el nombre del titular de la cuenta vinculada. Matias Ortega.
Parpadeo. Levanto la vista.
―¿Matias Ortega es tu marido?
Clara traga saliva.
―Sí .
Conozco ese nombre. Claro que lo conozco. Todo el mundo conoce a Matias Ortega. Cuarenta y tantos, atractivo, muy atractivo, y el profesor de mis dos hijos.
Y entonces una idea desagradable me atraviesa la cabeza.
Miro hacia el despacho de Julia, y ella parece que continúa observándonos.
Y por primera vez desde que Clara entró en el banco, mi mujer parece… nerviosa.
Vuelvo a mirar la pantalla intentando encontrar algo salvable entre tanto número rojo, pero cuanto más reviso los documentos, peor pinta tiene todo.
―Clara… ―exhalo despacio―. Voy a ser sincero contigo.
Ella ya sabe lo que voy a decir. Lo veo en cómo aprieta sus puños.
―Ahora mismo esto no parece viable.
Clara parpadea rápido.
Y entonces ocurre algo que no esperaba. Se derrumba. No lo hace de forma exagerada. No hay gritos ni teatro. Es peor, mucho peor.
Se lleva una mano a la boca intentando contenerse, pero los ojos se le llenan de lágrimas igual. Baja la cabeza avergonzada mientras niega varias veces.
―Joder… perdón… ―susurra―. Perdón.
Varias personas giran la cabeza. La recepcionista. Un cliente. Incluso Sergio levanta la vista desde el despacho de Julia.
Yo me incorporo enseguida.
―Eh, tranquila .
Cojo la caja de pañuelos que tengo sobre el escritorio y saco uno rápidamente.
―Toma.
Ella intenta cogerlo, pero le tiemblan tanto las manos que casi se le cae.
Rodeo la mesa y me siento sobre el borde del escritorio, para estar un poco más cerca de ella.
Puedo notar su perfume. Algo suave, como a limpio. Y debajo de eso, ansiedad pura.
―No pasa nada, ¿vale? Solo estamos hablando, pero podemos mirar otra cantidad más baja.
Clara se seca las lágrimas.
―Es que necesito ese dinero.
La forma en que lo dice me hace mirarla de verdad por primera vez. No está fingiendo.
He trabajado demasiados años aquí para no reconocer cuándo alguien interpreta y cuándo alguien está verdaderamente al límite.
―Si no vuelvo a casa con el dinero… ―traga saliva― mi vida se va a la mierda.
La frase me llega, hay algo en ella que me incomoda, porque no suena a problema económico.
Suena a miedo.
Levanto la vista casi por instinto hacia el despacho de Julia.
Y entonces veo la mano de Sergio rozando la de ella sobre la mesa.
Pero Julia aparta la mano tan rápido cuando se da cuenta de que la estoy mirando, que confirma exactamente lo que llevo meses sospechando.
Noto cómo algo me hierve dentro del pecho .
Sergio le dice algo sonriendo, pero yo ya no escucho nada. Solo veo a mi mujer recolocándose en la silla como si no hubiese pasado nada. Como si yo fuese idiota.
Miro a Clara otra vez.
Veo sus ojos húmedos. Veo la desesperación.
Y entonces una idea absurda empieza a crecerme en la cabeza. Una reacción infantil, incluso pequeña. Abro el expediente otra vez.
―El préstamo podría aprobarse con un tipo más alto ―digo.
Clara levanta la cabeza de golpe.
―¿Qué?
―No he dicho que sí todavía, pero…
Pero ya lo estoy pensando. Ya estoy decidiéndolo.