Tú también mentirías (Lara Martínez 3)
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Prólogo
Levantar un cuerpo sin vida es muy complicado.
Hay músculos en mi cuerpo que ni siquiera conocía y que ahora gritan de dolor.
Pensé que estaba en mejor forma física, pero he tenido que esforzarme para no caerme mientras lo cargaba en la espalda hasta llegar a la bañera.
Y qué absurda conciencia, que me ha dolido en el alma cuando al soltarlo se ha golpeado la cabeza contra la porcelana.
Doy un paso para atrás y me seco el sudor de la frente con el dorso de la mano mientras miro su cara, y siento rabia, porque esto no debería haber acabado así, jamás debería de haberse convertido en esto.
Niego con la cabeza y abro el grifo. La bañera se va llenando mientras yo destapo las botellas que más tarde vaciaré dentro .
Primera Parte
1
Clara Rivas
Todo el tiempo escucho lo afortunada que soy, que vivo en una casa estupenda, que tengo una profesión de ensueño, y hasta me felicitan por mi gusto al vestir.
Pero que nadie se engañe, porque yo sé que cuando hablan de suerte nadie habla de trabajo ni de mi maravillosa casa, todos piensan en mi marido. Matias.
El que ahora mismo está cocinando tortitas mientras mueve su cuerpo al ritmo de la misma canción que escucha todas las mañanas. Y en cuestión de segundos, cuando me vea aparecer en la cocina me hará la pregunta que no deja de repetir cada mañana durante estos seis años que estamos casados.
―Buenos días, Clara, ¿una tortita? ―Sonríe.
―No, gracias .
Ya me he resignado a responderle educadamente, y ahora ya no añado el motivo único que repetía cada mañana. Soy celiaca y esas tortitas están hechas con harina normal.
Él se sienta cuando ya tiene sus dos tortitas en el plato y yo voy al frigorífico para coger el brik de zumo de naranja que necesito todas las mañanas para digamos activar mi flora.
Es inevitable no pensar que en realidad el de la suerte en esta relación es él.
Sale cada mañana subido en su Maserati color negro, trabaja solo a veinte minutos de casa, y además gana el cuádruple que yo dedicándole la mitad de horas semanales.
Eso es suerte para mí. Aunque a lo que todos se refieren es a lo guapo que es él y lo increíble de que esté con alguien como yo.
Pero como en toda relación, nunca es oro todo lo que reluce, y estoy segura de que si conocieran lo cuadriculado y horriblemente organizado que es Matias, no pensarían en él como lo hacen.
Mantenemos relaciones sexuales solo una vez al mes, a ser preferible el primer lunes, y si tengo el periodo no pasamos al lunes siguiente, ese mes se suprime.
No hay muestras de afecto más allá de un beso en mi frente de buenas noches los días que no está demasiado cansado, porque al parecer juntar los labios es un esfuerzo a tener en cuenta después de todo el día dando clases a estudiantes de primaria.
Pero no, no es eso lo que la gente ve en Matias, lo que realmente ven es que es un hombre sexi, muy sexi, probablemente el más sexi de toda la ciudad.
Que sigue teniendo su cuerpo atlético a pesar de tener ya cuarenta y cinco años, que su piel luce tan radiante como hace veinte años, y que es encantador.
Que quizá tenga yo más que ver en todo eso que él mismo, porque soy quien cocina en casa, salvo por sus tortitas que es lo único que se hace él.
Y las hierbas del jardín también las arranco yo para que su cara no se manche del sol.
Así que, no, no tengo un montón de esa suerte que todos mencionan.
Y por fin llega el momento esperado de cada mañana, ese en el que Matias se sienta en su coche, me mira mientras baja la ventanilla, me guiña un ojo, y se despide con la mano antes de arrancar y marcharse.
En ese instante es cuando la felicidad me invade y entro en casa, cierro la puerta y abro mi portátil mientras canturreo una canción de perreo de Don Omar .
Lo primero es revisar el correo, por si mi editor ha decidido responder a alguno de los últimos tres correos que le envié donde le pedía un adelanto urgente.
Después de no ver nada excepcional en la bandeja de entrada, abro la aplicación del banco por si se ha olvidado de responder pero de cualquier forma ha hecho una trasferencia.
Y no, no solo no hay más dinero, es que estoy en descubierto y este mes aún no me han cargado el recibo de autónomo que llega en tres días.
Decido darme una ducha rápida para salir de casa y dirigirme al banco, tengo que hacer algo para que Matias no llegue a enterarse de que mi carrera como escritora está llegando a su fin, o se enfadará mucho.