Treinta años después
«Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas».
Han llamado a la puerta. A veces cuando llaman a la puerta es el tiempo.
Alguien que viene a verla por su marido, por ejemplo.
Otras veces son las vecinas, otras, sus hermanos, cada anochecer es su hijo.
A su hijo la vida le rebosa, tiene treinta y pocos, va de aquí para allá, trabaja y se divierte de noche y luego va a verla con algunas orquídeas o petunias con las que se ha cruzado al amanecer de camino a su piso de la calle Serrano Anguita.
Pero ahora no es Manuel Miguel quien ha llamado al timbre, aunque este joven desconocido se le parece.
Tal vez tenga la misma edad, quizá la misma estatura, pero no el pelo, el pelo no es el mismo, porque Manuel Miguel nunca ha osado dejárselo más largo de lo que en vida se lo habría dejado su padre.
—¿Hola?
Al abrir lo primero que se ha colado es el frío.
Se aprieta el batín y entorna los ojos, por si así reconociera al desconocido.
Es un joven melenudo —no se le ven las orejas—, cara rasurada, cejas pobladas.
Lleva jersey de cuello vuelto, chaqueta de pana y pantalón de pinzas con las perneras acampanadas, como también los lleva su hijo cuando va a los billares o a los pubs .
Tampoco lo reconoce cuando lo oye preguntarle, ¿Es usted Josefina Manresa?
, y eso que en la radio no para de sonar su voz aterciopelada, su voz de emoción contenida, como si fuera un río a punto de desbordarse, pero nunca un torrente.
No, Josefina no atiende a lo que no sea copla en el aparato, a lo que no suene a Ojos verdes , La bien pagá o María de la O en la garganta poderosa de Imperio Argentina, su favorita, y por eso suele cambiar la emisora cuando empieza a oír alguna de esas canciones modernas, El Dúo Dinámico, Los Brincos, Los Pecos, o peor aún, esos grupos de rock inglés, The Beatles, The Rolling Stones o The Who, de nombres impronunciables y música endemoniada, guitarras, amplificadores, agudos.
¿De verdad te gusta esto, Manuel Miguel? , le habría dicho a su hijo.
Tampoco suele oír el noticiario, hace mucho que no escucha ni lee las noticias, como si ya no esperase nada de lo que pase más allá de la Vega Baja.
Si lo hiciera, si pusiera Radio Nacional o leyera algunos de esos periódicos que su hijo suele dejarse en casa cuando va a visitarla, si estuviera al día de la misión del Apolo 17, la última tripulada a la Luna, o del escándalo Watergate, o de las huelgas del metal o de la minería en España; si leyera todo eso en los diarios, tal vez lo habría reconocido.
—Señora, me va a perdonar el atrevimiento, pero deseo hablar con usted.
Tiene acento catalán y lleva un disco de vinilo bajo el brazo, también un libro. Josefina titubea. Está acostumbrada a atender a poetas y lingüistas e intelectuales que vienen a Elche siguiendo el rastro de la mujer del poeta, pero nunca se había presentado ninguno como cantautor.
—¿Y cómo ha dicho que se llama, joven?
Se lo dijo en cuanto le abrió la puerta y lo vio frente al número 61 de la avenida de la Reina Victoria, pero no pudo oírlo bien.
A fuerza de pedalear doce y hasta trece horas al día en la Singer, con su traqueteo cadencioso y monótono, ha perdido un poco de oído.
Ya no cose tanto como antes. Los derechos de autor de Miguel, y la ayuda que le brinda su hijo han conseguido que apenas coja encargos, aunque no pocas veces vienen a buscarla las vecinas para que les arregle un pespunte descosido o unos bajos.
Hace algunos años murieron las hermanas Valcárcel.
Ahora su tienda de modas de París es la sucursal de un banco.
Tal vez el Banesto o el Central Hispano.
Últimamente proliferan las sucursales, también las tiendas de electrodomésticos, televisores, tocadiscos, radios, lavadoras.
A su hijo parece que le encantan, ha comprado la modernidad, rayos catódicos, ondas de radio, a base de crédito, pero ella se aferra a la cocina de fuego, a la lumbre, al ganchillo.
Ahora parece que nos vamos a ir todos a la Luna, le habría dicho con un bufido, con ese cohete que lanzaron desde un lugar de América que sonaba a Alicante, o a Murcia. ¿Cómo era? Cabo Cañaveral, madre.
Al menos, Josefina tiene algo más de suerte con la vista, a la que también ha afectado la costura, como si hubiera sido su servicio militar, o su reclutamiento forzoso.
Durante muchos años temió quedarse ciega, pero desde que se operó del glaucoma hace diez años los ojos la han respetado más de lo que esperaba.
Eso sí, nunca ha podido desprenderse de esas gruesas gafas sin las que, como ella dice, con esa risa jovial y espontánea, no vería tres en un burro.
El joven cantautor también ríe.
—Me llamo Joan Manuel Serrat, señora —responde.
Josefina enarca las cejas. Hace tiempo que su cabello dejó atrás el color y ahora está nublado, no así el vello sobre los ojos, que sigue siendo negro. Entonces lo reconoce.
—¿Serrat?
Su desconfianza inicial se torna en curiosidad, ¿El de Mediterráneo ?, le pregunta, porque a pesar de que ella solo ponga coplas en la radio, no ha podido evitar escuchar la canción de la que todo el mundo habla. Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa. Y a Manuel Miguel le chifla, además.
—Mi hijo me ha hablado de usted.
Lo invita a pasar y él le pedirá que por favor lo tutee mientras ella lo conduce por un pasillo repleto de fotografías y encajes y figuritas de Lladró. Asoman al salón.
—Siéntate, por favor.
El cantautor no sabe que hace veinte años se sentó Vicente Aleixandre en ese mismo sofá, del que solo han cambiado los reposabrazos de ganchillo, que hace unos años renovó Josefina.
El recién llegado toma asiento y mira en derredor hasta posar sus ojos en ella, que se ha sentado frente a él. Tiene cincuenta y seis años la mujer.
—¿Sabe? Mi hijo fue a verlo hace unos meses a Alicante, a..., ¿cómo le dicen?
—Al Gallo Rojo, señora —responde el cantautor—.
Es una sala de conciertos al aire libre que en verano suele estar hasta arriba.
Ahí toqué unos temas y, al terminar de cantar, hice un comentario sobre su marido.
A mí me parecía que en tierra alicantina debía mencionarlo.
Así que, al terminar el concierto, su hijo se acercó al escenario y se presentó.
Hola, soy el hijo del poeta del que has hablado, me dijo.
Y, ¿sabe?, yo no pude más que dejar la guitarra en el suelo y tirarme a sus brazos.
Manuel Miguel se lo contó al día siguiente, eufórico. A veces cuando se emociona mucho vuelve a ser Manolillo, el niño, aunque ya ha superado la treintena.
—¿Tan famoso es, hijo? —le preguntó.
El joven bufó. Ese mismo gesto, ese ¡puf!, lo ha heredado de su padre.
—La sala a reventar, madre. No cabía un alfiler. Todo el mundo coreaba su canción, Mediterráneo . ¿Sabes que lo invitaron a Eurovisión hace unos años y que no quiso ir porque no le dejaron cantar en catalán? En su lugar fue Masiel.
Josefina rio. Masiel sí le gusta, también ha pillado en la radio ese La, la, la , que casi se sabe de memoria, al menos uno de sus versos: Todo en la vida es como una canción, te cantan cuando naces y también en el adiós . Y luego el la, la, la lo corea como si fuera una copla.
—Pues menos mal que no fue —bromeó la mujer.
—Total, madre, que cuando Serrat terminó de cantar dijo que era un honor visitar la tierra del poeta Miguel Hernández.
La tierra de papá, ¿te lo puedes creer? Así que le pedí a Juancho que me sujetara el cubata y me abrí paso hasta el escenario y le dije al segurata que, o me dejaba hablar con él, o se armaba una buena tunda allí mismo.
—Ay, Manolillo. —Suspiró—. Ten cuidado por dónde te metes, hijo...
—Que era broma, madre. ¿Cómo me iba a pegar yo con aquel armario empotrado?
En cuanto el cantautor vio que le hacía señales, se acercó y entonces se lo dije.
Que era el hijo de Miguel Hernández. ¿Y sabe qué hizo, madre?
Me abrazó. Y yo le di las gracias por haber dicho su nombre, porque sé que a papá no suelen mencionarlo mucho. Que todavía se le tiene... Ya sabe.
Guardó silencio, y en ese silencio, en ese ya sabe de su hijo caben más de treinta años, caben las cárceles y cabe el bacilo del tifus y caben todas las veces que ella temió porque le quitaran lo que sigue en el baúl.
—Bueno, madre, ahora tengo que irme. —Manolillo se levantó asomando al reloj de muñeca—. Empiezo el turno dentro de poco.
Josefina le alisó la arruga del cuello en uve del suéter.
Luego le besó las mejillas y lo acompañó hasta la puerta para verlo marchar.
Le había costado mucho que entrara su hijo en vereda.
Lo intentó cuanto pudo, obstinada, paciente; lo mandó algún tiempo a casa de la escritora María de Gracia Ifach, en Valencia, y luego, ya en la veintena, a Madrid, de mozo a una editorial, hasta que de vuelta a Elche ha logrado encadenar trabajos que compagina con la gestión del legado de su padre, con sus propios poemas y con esa vida un poco bohemia y un poco alocada de la década de los sesenta.
Pocos años después habrá de conocer a Lucía.
—Señora, he venido porque me gustaría regalarle algo.
El cantautor al que no le dejan cantar en catalán le ofrece el vinilo que llevaba bajo el brazo cuando llamó a su puerta.
Solo entonces Josefina advierte el nombre que figura en la portada cuadrada del disco: Miguel Hernández, tras un fondo negro y bajo una foto de su marido, una arengando a las tropas —la mano alzada, la boca entreabierta, algún verso congelado— de aquel ejército que perdió.
—¿Y esto? —le pregunta, sosteniéndolo entre las manos.