Treinta años después #2
El cantautor habrá de contarlo muchas veces, tantas que formarán parte de su propia mitología. Pero esta vez, sentado en el salón de la casa de la viuda, con esos retratos que del poeta cuelgan de la pared, es la más especial de todas.
—La primera vez que leí a su marido, señora, fue en la Universidad Central de Barcelona.
Ahí tocaba la guitarra y en los jardines solíamos leer poesía.
Estudiaba para perito agrónomo, aunque pronto supe que mi camino no iba hacia la ingeniería.
Fue en una de aquellas tardes cuando oí a alguien recitar a un poeta de Orihuela.
Yo no sabía quién era. Me fascinaron aquellas rimas, las de alguien que vivió muy aprisa y que murió con la misma edad que yo tengo ahora.
Corrí a una librería y pregunté por Miguel Hernández.
El librero me ofreció un ejemplar de la editorial Aguilar.
Recuerdo el título, Obra escogida . Puedes llevártelo, me dijo, pero si te pasas por aquí después del cierre, antes de que eche la verja, podré sorprenderte con algo.
Eso último me lo dijo procurando que ninguno de los demás clientes lo oyese.
Yo entendí que habría de deberse a algo, ya sabe, no muy afín al régimen.
Aquella tarde volví y toqué a la puerta tras la verja entreabierta y me abrió el librero.
Luego me pidió que aguardara mientras iba a su almacén.
Entonces volvió con otro libro de poemas de su marido.
—Lo llevaba en el regazo, ese libro de cubiertas rojas bajo el disco de vinilo. Se lo ofrece a Josefina—. Este.
La mujer lo reconoce al instante. Es un ejemplar de las Obras completas de Losada, publicado en Argentina hace unos años tras arduas negociaciones en las que medió, como siempre, Vicente Aleixandre.
No acostumbra a verlo por aquí, pero ya le advirtió el poeta sevillano que desde Latinoamérica solían viajar de forma clandestina todas las publicaciones que no pasaban la censura del régimen, y que muchos ejemplares llegarían a España.
Lo hojea. Está lleno de versos subrayados, de anotaciones en los márgenes.
—Que venía de Argentina, de estraperlo, me dijo el librero —continuó el joven catalán—.
Que allí se había publicado toda la obra de Hernández, incluyendo poemas que en España habían sido prohibidos.
Así que me lo llevé, por supuesto. Y lo que descubrí, señora, me cambió la vida.
Lo leí una y otra vez, todo, de las primeras a las últimas poesías, aquellas que le escribió a usted, a su hijo, al pueblo español sobre el que luego pendió la tragedia.
Y me propuse ponerle música. Ya lo había hecho con poemas de Antonio Machado, pero Miguel era muy distinto.
Era el más pobre de todos aquellos poetas refinados a los que se llevó la guerra.
Un niño cabrero, un amigo desgajado, un amante alejado de su amada, usted, y de su hijo, tanto en la guerra como en la cárcel.
Todos esos eran Miguel, pero para mí era, sobre todo, o eso descubrí leyéndolo, el poeta que amó la libertad.
Para la libertad sangro, lucho, pervivo . ¿No decía eso, señora?
Josefina asiente. Hacía tiempo que no oía los versos de Miguel en boca de un joven que no sea su hijo.
Todos los que siguen hablándole de su marido ya peinan canas o van camino de ello.
Se mantiene callada y mira absorta uno de sus retratos.
Nunca ha sido mujer de muchas palabras, Josefina.
El cantautor ha debido de darse cuenta ya.
—Es un mito del pueblo su marido. Y creo que España necesita descubrirlo. Que se vuelva a hablar de libertad como Miguel Hernández hace cuarenta años.
Josefina lo mira. No dice nada. Hay mucha gente que suele usar con Miguel esa palabra: mito.
A ella no le gusta demasiado. Miguel era de carne y hueso y un día desapareció y dejó todo lo que escribió.
Dejó a su hijo. Dejó en ella y en tanta gente el poso de sus recuerdos, gente de lo más insospechada.
Por ejemplo, hace unos años le escribió una mujer de Rosal de la Frontera preguntando por Miguel.
Se llamaba Manuela. Su esposo pasó cinco noches en una celda de la comandancia del pueblo con mi marido, señora, le decía en la carta.
Y que Miguel le había escrito una poesía de agradecimiento por las atenciones que esta tuvo con él.
Lavarle la ropa, prepararle comida. ¿Y sabe qué?
Aunque yo no supiera leerla, sí que han aprendido mis hijos, le confesó la mujer.
Josefina le respondió que Miguel murió en 1942, pocos años después de que el azar lo llevara a aquella celda de Rosal.
Y se despidió de ella no sin antes decirle que se quedara con la poesía.
Es suya, Manuela. Miguel se la dio. Quédesela.
Y la ha recordado de pronto frente al cantautor.
A Manuela y a tanta gente que a lo largo de los años le ha hecho saber que de alguna forma Miguel Hernández cambió su vida como también transformó la suya propia, la de una chica sencilla.
De todo esto se animará a escribir algunos años después en su libro de memorias.
Se titulará Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández , saldrá a la venta en 1980 y de todas las formas en que podría comenzarlo, decidirá hacerlo por aquella vez en que el poeta cabrero la vio en la ventana del taller de la Calabacica, en la calle Mayor.
—Por eso me propuse trabajar en un disco sobre él —continúa el joven catalán—. Este que le he entregado y que saldrá a la venta próximamente. —Josefina le devuelve el libro de Losada para volver a sostener el disco—. Quédeselo, se lo regalo.
Vuelve a mirarlo. La portada es de riguroso luto.
El cantautor está en la trasera, con barba.
¿Este es usted?, le pregunta con una sonrisa, a lo que él asiente, ligeramente ruborizado.
Pues está mejor así, con la cara descubierta.
Abre la carpeta doble y asoma al interior, donde hay una foto del joven, dos de Miguel —de perfil—, y a un lado y al otro la lista con los poemas de las caras A y B del disco.
Josefina sigue sin decir nada. Con la yema de sus dedos busca el tacto del cartón.
—Como ve, hemos incluido algunos poemas de Viento del pueblo y El hombre acecha .
Sé que en España están prohibidos todavía.
Pero el disco ha pasado la censura y podrá escucharlos la gente.
—El cantautor se inclina hacia Josefina para señalarle algunos de los títulos—.
Son «Para la libertad», «El niño yuntero» o «Canción última».
Para la libertad me desprendo a balazos / de los que han revolcado su estatua por el lodo, decía el primero.
¿Quién salvará a este chiquillo / menor que un grano de avena?, decía el segundo.
Florecerán los besos / sobre las almohadas , el tercero.
Josefina los recita en su cabeza. Lo hace con la voz de Miguel.
Entonces ríe.
—¿Qué le ocurre, señora? —le pregunta el joven.
—Que me encantaría escucharlo, pero no tengo tocadiscos, ¿sabe? —Vuelve a reír—. Yo no soy de esas cosas modernas.
El cantautor tampoco puede evitar soltar una carcajada.
—He visto una tienda de música a la vuelta de la esquina, Josefina —le dice, poniéndose de pie—. Déjeme comprarle uno, ahora vuelvo.
Lo acompaña a la puerta y lo ve marcharse en dirección contraria a la que suele coger Manuel Miguel para ir a trabajar.
Esa tienda de discos de la que habla era antes una mercería.
La calle sigue igual, pero cambian los tiempos.
Son más grandes los coches, hay un televisor en las casas, y hornos eléctricos, y las mujeres llevan bikinis.
A menudo se pregunta qué habría pensado Miguel de toda esta modernidad.
Vuelve al salón y se permite hojear el libro del joven, asomar a esa intimidad suya. Lee un Magnífico! , en un margen, en otro un Qué valiente era , luego un Precioso!
El cantautor regresa al cabo de unos minutos con el tocadiscos. Josefina no sabe cuánto le ha costado, tampoco se atreverá a preguntarle. Será Manuel Miguel el que lo averigüe cuando vuelva a casa y su madre le dé cuenta de la visita que ha recibido.
—Es un Pioneer y vale lo menos veinte mil cucas.
—¿Le parece que lo escuchemos, señora?
La mujer asiente. El cantautor desembala el aparato y lo coloca sobre la mesilla auxiliar junto a los sofás.
Puedes enchufarlo ahí, le señala Josefina, que aguarda expectante mientras contempla cómo el joven pone en marcha el tocadiscos, luego saca con pulcritud el disco de la caja doble y finalmente lo coloca sobre el plato.
—La primera canción es Menos tu vientre —le anuncia, a punto de soltar el estilete sobre el vinilo—.
Me pareció que cantarle a su vientre, Josefina, en tiempos de guerra y muerte, era cantarle a la vida.
Era aferrarse a ella. Quería que esa idea navegara en todo el disco hasta el final de la cara B.
Ese latido de esperanza. Así entiendo yo que vivió su marido, ¿no cree?
Se hace el silencio. Del aparato llega un susurro áspero. Es el crepitar: pequeños chasquidos como el fuego de una chimenea, el tiempo mismo acomodándose sobre el plato. Porque a Josefina el tiempo siempre le ha hablado con la voz de una aguja. Luego suena la música.
Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro,
menos tu vientre
claro y profundo.
Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)