Tu risa me hace libre Diez años después #3
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Diez años después #3

—Así que permítame sugerirle una cosa, Josefina —continúa Aleixandre, todavía con su mano fina, de escritor, sobre el dorso de la suya—.

La decisión es suya y será respetable lo que haga.

Pero yo creo que debemos publicar a Miguel en España, en las condiciones que más favorables resulten.

Aguilar creo que reúne las mejores. O al menos, las menos malas para que hoy puedan leer en España a su marido.

Lo importante ahora es desenterrarlo, permítame la expresión, mostrarlo en su estatura, salvar del naufragio su obra, desparramada en todas esas ediciones piratas y minoritarias.

Debe usted saber que José Aguilar, sobrino del fundador de la editorial, ha sido represaliado y tras su excarcelación, ha dado cobijo en sus ediciones a otros represaliados, y que incluso en su plantel de colaboradores hay compañeros de presidio de Miguel.

Así que lo que he pensado es publicar toda la obra de Miguel salvo la mayor parte de su poesía de guerra, bajo el título Obra escogida , y veré con Aguilar cómo podemos incluir algunas composiciones de Viento del pueblo y El hombre acecha .

Es lo máximo que se puede hacer, pero tenga usted por seguro algo: que algún día habrá de leer España todo lo de Miguel y sabrá que murió trágicamente, y que esa semblanza mía de la revista Ínsula habrá recuperado su final original.

Lo recuperará en 1958, ese final, No se le apagó nunca, ni en el último momento, esa luz que, por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos, cuando publique su libro Los encuentros .

—Como le digo, Josefina, la decisión solo compete a usted. Y lo que haga estará bien hecho, no le quepa la menor duda.

Obra escogida de Miguel Hernández verá la luz a finales de año.

Hasta 1960 no se publicará por completo —incluyendo la poesía bélica—, y no será en España sino en Argentina, por Losada, edición que también gestionará Aleixandre.

Ese libro estará prohibido en España hasta el final del franquismo, y no circulará sino de mano en mano en librerías clandestinas, en los círculos universitarios de esa generación, la de Manolillo, que empezará a descubrir al poeta que murió en la cárcel.

Hay un silencio. Josefina se limita a asentir, como si dijera sí con ese gesto, y don Vicente, que sonríe y con una mueca de satisfacción vuelve a recolocarse en el sofá, cambia de pierna cruzada y da un sorbo al vaso de zumo casi vacío. Y tras unos segundos:

—¿Le parece si le enseño fotografías de Miguel, don Vicente? —le ofrece Josefina.

El poeta esboza una sonrisa, ¡Claro!, responde, mientras ella se levanta y le pide que aguarde un momento, que viene enseguida.

Entonces vuelve con una caja de galletas, Aquí es donde las guardo, le confiesa, Todas sus fotos.

Abre la caja y le ofrece la primera, que Vicente sostiene en su mano con un irreprochable gesto de nostalgia, también de curiosidad, todo en un mismo mohín:

—Aquí salimos paseando por la sierra de Orihuela en el 35. Miguel va hablando y yo escucho. Siempre era así. Él llevaba un libro bajo el brazo, aunque no lo vea en la foto; nunca salía sin uno. A mí me gustaba caminar a su lado y dejarlo hablar, con todo lo que él charlaba, ya lo conoció.

Esa tarde don Vicente cruzará el umbral del cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante tras despedirse de Josefina en Elche.

Irá acompañado de Vicente Ramos y Urbano García Orad, aquellos que lo han hecho venir para que imparta una conferencia, «Visión de un mundo poético», en un ciclo de ponencias en torno a Gabriel Miró.

Es sinuoso el sendero de árboles, las calles del camposanto, un revuelo de pájaros en torno a las callejuelas. Le indican:

—Miguel está en la calle San Pascual, grupo 68, nicho 1009.

Asoman a la lápida.

MIGUEL HERNÁNDEZ POETA MCMX - MCMXLII

—Y aquí estamos ambos en un campo a las afueras de Cox —continúa Josefina con la siguiente fotografía—. Mire a Miguel encaramado a ese árbol, mire.

Vicente Aleixandre se pone de cuclillas ante el nicho.

Pasa la mano por su frío mármol y busca con los dedos el tacto del recuerdo.

De pronto es 1935 y ha recibido una carta de un poeta que no puede comprar su libro.

Dice ser pastor de Orihuela. Luego la guerra ha llegado y ese mismo chico le trae naranjas.

En Velintonia juega con Sirio, se encarama a lo alto del cedro. Ríe. ¡Baja de ahí, Miguel!

—Y aquí está con sus amigos de la Universidad Popular, en la playa de Cartagena, en mayo de 1933. Ahí todavía no nos habíamos conocido. Esta de aquí es Carmen Conde. Miguel la estimaba mucho, a ella y a su marido, Antonio Oliver.

Vicente acerca el rostro a la lápida, casi echado sobre la tierra. La inscripción POETA , que iba en rojo, ya ha perdido parte de su color. Huele a flores, a tierra húmeda. Pían unos pajarillos en un árbol cercano, cuyas ramas mueve un viento suave. Entonces le oyen murmurar.

—Tú, el puro y verdadero. —La mano otra vez sobre la losa—. El más real de todos. —La mano sobre el tiempo—. Tú, el no desaparecido.

—Y mire, mire qué risa, don Vicente. —Josefina no puede evitar que se le escape una carcajada breve al darle la siguiente fotografía, con la que ha estado a punto de caérsele la caja de galletas—.

Todavía no había empezado la guerra, ¿sabe?

Fue en unas chumberas. Miguel me pidió que posara como las modelos de las revistas —intenta explicarle al poeta, pero vuelve a estallar de risa, no puede contenerla, porque a veces Josefina ríe como si no le debieran nada—.

Y estuve a punto de caerme, ¿sabe? Él me cogió y casi nos hundimos entre los higos chumbos, y por eso en la foto aparezco con esa sonrisa, mire. Ay, Miguelico, cómo nos reímos.