Tu risa me hace libre Diez años después #2
97%

Diez años después #2

Josefina se apresura a levantarse y rebuscar en uno de los cajones de la cómoda caoba sobre la que tiene el aparato de radio.

También hay un tapete de ganchillo. Hay ganchillo por toda la casa.

Aquí la tengo, dice, ofreciéndosela a Aleixandre.

He escrito una semblanza en prosa de Miguel, le anunció el poeta en una carta.

Es un recuerdo de cuando le conocí y son tres o cuatro carillas hechas con mucho cariño.

—Aquí está, ya lo tengo —dice, poniendo el dedo en una de las páginas centrales de la revista—.

Permítame leerle el último párrafo. Dice así: «Era puntual, con puntualidad que podríamos llamar de corazón.

Quien lo necesitase a la hora del sufrimiento o de la tristeza, allí le encontraría, en el minuto justo.

Él, rudo de cuerpo, poseía la infinita delicadeza de los que tienen el alma no sólo evidente, sino benevolente.

Era confiado y no aguardaba el daño. Creía en los hombres y esperaba en ellos.

No se le apagó nunca, ni en el último momento, esa luz que le hizo morir con los ojos abiertos».

Aleixandre levanta la vista y mira a Josefina, que se ha quedado embelesada, fascinada con la lectura del poeta, la modulación de su voz, el tono, arrastrando las vocales como si las hechizara.

—¿Pues sabe qué? Que en la última frase me hicieron tachar una cosa.

En lugar de «Esa luz que le hizo morir con los ojos abiertos», escribí «Esa luz que, por encima de todo, trágicamente, le hizo morir con los ojos abiertos».

El informe del censor tachaba con inquina ese trágicamente .

Comprenderá cuán diferente resulta con y sin él.

Josefina asiente, absorta aún. En ese trágicamente cabe mucho, lo sabe bien, porque hay quien dice que Miguel murió como mueren los enfermos o mueren las personas mayores, o como muere quien tiene la mala suerte de cruzarse con un conductor despistado.

Que fue un accidente, una bronquitis mal curada que luego fue tifus y que luego tuberculosis y que, ay, pobrecito, qué lástima, tan joven, treinta y un años, toda la vida por delante, pero ese trágicamente tachado, una, dos veces, tres, bolígrafo negro sobre su tragedia —¿Por qué no me trasladan, Josefina?

Mi marido se muere, doctor Barbero. No podemos hacer nada, señora— lo cambia todo. Todo.

—Estuve a punto de decirle a Ínsula que no lo publicase, que me negaba a que apareciese el texto con esa última frase censurada. Que o Miguel moría trágicamente con los ojos abiertos o no moría. Hasta que me di cuenta de una cosa...

Vicente hace una pausa para mirarla con esos ojos que la mayoría del tiempo son tiernos, pero que a veces, en un momento dado, es como si conocieran los secretos del tiempo.

—¿De qué?

El poeta cruza las piernas.

—De que tal vez no nos corresponda a nosotros poner ese trágicamente en mi semblanza de Miguel.

¿Sabe, Josefina? El hecho de haber perdido a tantos amigos, tantos buenos amigos, Federico, Miguel, y el de tener a muchos fuera de España, en Francia, en América Latina, me ha convencido de que, a veces, lo verdaderamente revolucionario es esperar.

Usted me debe conocer ya, después de tantos años carteándonos.

Sabe que mi temperamento no es el que tenía su marido, al que la vida le ardía.

Quizá lo que nos toque ahora sea conservarlo.

Guardarlo limpio, íntegro, así como usted hace con todos sus documentos, tan valiente, tan celosamente.

Tal vez habrá de ser más adelante, no sé cuándo, pero espero que pronto, cuando España pueda volver a descubrir a Miguel Hernández.

O a redescubrir. Acaso la generación de su hijo.

O la siguiente. Pero ¿sabe qué?, para que los jóvenes como Manolín conozcan que hubo un día en que un joven poeta murió injustamente, sí, no solo trágica, sino injustamente, y que fue ejemplo de humana dignidad, tendremos nosotros que seguir escribiendo sobre él.

Que no se borre su nombre. Que el tiempo no se ponga amarillo sobre su fotografía, Josefina, como escribió su marido.

Vuelve a mirarla. Otra vez le parece que le habla con ojos de mañana.

De pronto se quiebra.

—H-he sufrido mucho, don Vicente —balbucea, le oculta la mirada—.

Y a veces no sé qué pensar, ¿sabe? En ocasiones me digo si no hubiera sido mejor coger ese baúl y prenderle fuego, que ardieran los papeles, las cartas, los poemas, los libros, y luego asomarme a una playa cualquiera, a la de San Juan o la Albufereta o Santa Pola, y tirar las cenizas al mar.

A Miguel le encantaba el mar, supongo que lo sabrá.

—Se calla. Carraspea y se seca dos lágrimas que lenta y parsimoniosamente amenazaban con precipitarse más abajo de las pestañas—.

Entonces lo recuerdo, la manera en que me hacía reír, porque nadie nunca me ha hecho reír como él.

Cómo brillaba la vida a su lado. Lo recuerdo y me digo, aguanta, Josefina.

Aleixandre se inclina hacia ella para apretarle la mano.

—Sepa que yo no he dejado de pensar en su marido.

En el maldito reloj que tuve la mala idea de regalarle, con todo lo que luego significó para él.

Y de pensar en ustedes. Pero nadie salvo usted, Josefina, sabe la medida de su sufrimiento.

Nadie más. Sé que se habrá sentido sola en infinidad de ocasiones.

Que ha temido por su integridad, por la de los dos.

Y tal vez haya pasado por cosas que no me ha contado.

Pero déjeme decirle algo. A través de los años que la conozco me ha conmovido siempre la serenidad y buen juicio con que ha hecho frente a todas esas tragedias, y he pensado cuán digna de Miguel ha sido al quedarse sola con su memoria y con el hijo de los dos, tan valiente al sacarlo adelante.

Eso nunca podrá arrebatárselo nadie. Eso es suyo. Su dignidad.

Se aprietan la mano. Sí, podría contarle muchas más cosas que don Vicente desconoce, pero prefiere no hacerlo, tal vez en un intento por olvidar.

Ella se ha criado así, lo que no se cuenta no existió, el silencio es un velo, lo que se elude desaparece como un azucarillo al remover el café.

Olvidar los chantajes: el de Almarcha en el despacho de la vicaría meses después de que falleciera Miguel, el de Martínez Arenas y el director del Santo Domingo hace tan solo un par de años.

Los anónimos en la puerta, olvidarlos, las burlas hacia Manolillo, olvidar que oyó alguna vez a su espalda eso de Mira, esa es la mujer del poeta rojo.