Diez años después
«No sé si sabrás la triste noticia: hace cuatro días murió Miguel.
El mismo día de su fin recibí un telegrama de Josefina que decía así: “Miguel muerto”.
Para mí fue un amigo ejemplar, para el que guardo una gratitud y un recuerdo penetrante que quisiera conservar lo que me quede de vida.
Generoso, noble, con un corazón leal como el que más, porque fue amigo mío de verdad en todo momento.
Una de las pocas alegrías de los años de guerra era verle llegar cada cinco o seis meses a Madrid y pasarse allí unos días; yo estaba en cama y su compañía esos ocho o diez días que pasaba a mi lado aliviaban enormemente mi soledad de enfermo.
Su poderosa vitalidad me contagiaba y me hacía sentirme alegre. ¡Qué bueno, qué bueno de verdad era!».
Querida Josefina:
Le doy la sorpresa de decirle que dentro de unos días tendré la alegría de verla a usted y a Manolín.
Voy a Alicante a dar una conferencia e iré a visitarles a Elche.
Procuraré avisarle el día, si puede ser, para que esté en casa Manolín también.
Podríamos aprovechar nuestro encuentro para terminar de perfilar la cuestión editorial de Miguel que llevamos demorando desde hace ya muchos meses. Si a usted le parece bien.
Hasta pronto, sabe que los recuerda con cariño,
V ICENTE
Es primavera. Josefina ha redecorado el salón con ganchillos y geranios y ha preparado zumo de naranja de la tierra.
En una mesilla auxiliar junto al sofá ha servido una copita de vino.
Sabe que don Vicente a veces bebe. Entonces llaman a la puerta.
Josefina aprieta sus manos, nerviosa. Ve a abrir tú, le pide a Manolillo, pues sabe que le gustará a Vicente encontrarse primero al muchacho, que él sigue llamando Manolín.
Desde el zaguán la madre observa al hijo, ya con doce primaveras, el traje de los domingos, al que ha ido sacándole tallas porque el chico crece cada año un palmo, los zapatos, a los que les sacó brillo con grasa de caballo.
Venga, abre, cariño, le insta al niño. Tras la puerta aguarda un hombre alto y corpulento, traje y corbata, cabeza despejada, cincuenta y cuatro años.
—¿Manolín? —Tenía treinta y siete cuando conoció a su padre—. Ay, ¡qué grande estás, mozalbete!
Vicente le ofrece la mano en saludo y ambos se encuentran en un cálido apretón.
Tal vez Aleixandre querría darle un abrazo, achucharlo, decirle todas las veces que echa de menos a su padre, que se ha preocupado por él, pero es un hombre prudente, Josefina lo sabe bien.
Luego mira a su madre, que espera a unos metros con las mejillas coloradas.
—Ay, Josefina. —Vicente, con ese acento suyo—. Qué ganas tenía de verla.
Se sonríen, Josefina con un rubor ligero, casi juvenil, y sí que a ella la abraza, tanta es la confianza entre los dos aunque nunca se hayan visto en persona, tanto tiempo de correspondencia, de giros postales, de consejos y gestiones que no cesarán durante décadas, de consuelo.
—Y yo a usted, don Vicente.
Vicente huele a perfume, es como jazmín, tal vez azahar. El abrazo dura diez años y un mes. Comenzó, de hecho, el mismo día de la muerte de Miguel, cuando Josefina envió a Aleixandre un telegrama que rezaba solo dos palabras, Miguel y muerto.
Miguel muerto:
DON JOSÉ MARÍA PÉREZ MIRALLES, DOCTOR EN MEDICINA Y CIRUGÍA, MÉDICO DEL REFORMATORIO DE ADULTOS DE ALICANTE,
CERTIFICO , que MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT , de 31 años de edad, hijo de Miguel y de Concepción, casado con Josefina Manresa Marhuenda, natural de Orihuela y vecino de Cox, ha fallecido en la Enfermería de este Establecimiento a las cinco horas treinta minutos del día de hoy, a consecuencia de Fimia pulmonar. Ha recibido los Auxilios Espirituales.
Para que conste expido el presente en Alicante a veintiocho de marzo de mil novecientos cuarenta y dos. Dios guarde a Vd. muchos años.
Vicente le respondió a Josefina, desolado, deshecho, La muerte de Miguel ha producido mucho pesar en todos aquellos a quienes se lo he comunicado.
Miguel era muy estimado por todos los que le vieron o hablaron, aunque sea una vez solo, y enseguida se preocupó de poner en marcha esa red de amistades que, decía, podrían sostener a Josefina y a su hijo durante un tiempo, Es preciso que no nos olvidemos de su viuda y de su hijo.
Si por algo vivió Miguel hasta su último aliento fue por procurar lo mejor para ellos, les decía a sus amigos.
—Pero pase, Vicente, por favor.
Josefina invita a Aleixandre a recorrer el pasillo principal de la casa hacia el salón.
Más allá está el taller de costura, que habrá de enseñarle —la ventana que da a la avenida, la máquina Singer, Cuqui la maniquí—, junto a todos los detalles que de Miguel cuelgan de las paredes —el retrato de Buero Vallejo— o se enseñan —algunos libros que ella ha sacado deliberadamente del baúl— en ese refugio ajeno al espacio y el tiempo.
Suena el motor del taxi que ha llevado hasta allí al poeta, marchándose por la avenida.
—Tiene muy bonita la casa, señora.
Josefina ríe, Seguro que no tanto como la suya, don Vicente, dice, con la mano cubriéndose la sonrisa, ¿Sabe? Miguel hablaba mucho de Velintonia. Era la casa de los poetas en Madrid, decía.
En un estante de madera noble hay un ejemplar de Viento del pueblo . Lo ha sacado. Al primo Antoñico lo tuvieron tres días en el calabozo por encontrarle uno.
—Mire, Vicente, este es el retrato que Buero Vallejo le hizo en Conde de Toreno.
Aleixandre asoma al dibujo enmarcado. Le busca la mirada. Guarda silencio.
—Pero siéntese, señor. —Al cabo de unos segundos—. ¿Quiere algo de tomar? Acababa de exprimir unas naranjas.
Vicente se sienta erguido en ese sofá que sobre los brazos y el respaldo tiene tapetes de ganchillo.
Josefina coge los vasos y la jarra de zumo y pide permiso para servir a su invitado.
Aleixandre asiente. Luego da un sorbo. Hoy no probará el vino.
Tras ello hablarán de muchas cosas, más él, pues es gran conversador, mientras madre e hijo oyen y responden no con demasiadas palabras, les preguntará por la casa de Elche y el trabajo y por los estudios de Manolillo, que ya ha empezado el bachillerato elemental tras haber concluido a duras penas la enseñanza primaria.
Al chico se le atascan el latín y la geografía y el dibujo, pero en gimnasia es un pequeño Telmo Zarra, o Ladislao Kubala, rápido, ágil, corajudo.
Al oír de boca de su madre esos dos nombres, Zarra, Kubala, Manolillo sonríe.
—No me olvido de la cuestión de su pensión, Josefina —dice Vicente tras un silencio—. Son muchos años, pero sigo haciendo seguimiento, ¿sabe?
La mujer asiente y masculla un gracias. Desde que comenzó la relación epistolar entre los dos, ese, el de la pensión por ser hija de guardia civil muerto en servicio ha sido uno de los temas recurrentes. Apenas un mes después del fallecimiento de Miguel, el 27 de abril, Aleixandre le decía:
El asunto de su pensión es interminable, señora.
En vista de tantas dudas y confusiones mi amigo José Luis Cano ha estado en el Consejo Supremo y ha visto el asunto personalmente.
Resulta que faltan unos documentos que sus hermanos y usted habrían debido de presentar.
Dígame si desea que yo mismo los reclame.
A ver si conseguimos obtener esa pensión tan necesaria. Le envío un sello para que me escriba.
A partir de entonces siempre hay un sello dentro del sobre que llega desde Velintonia.
Con aquella estampilla, en la que estaba el Caudillo con su porte magnánimo, de padre, Josefina le respondió: Yo misma envié esos documentos adonde me dijeron, don Vicente.
Desde entonces, tantos años después, todo es un laberinto de papeles, de ventanillas, de funcionarios que siguen diciéndole, Vuelva la semana que viene.
—Me dijo usted eso mismo la semana anterior. Y la anterior.
El funcionario siempre la miraba con desdén.
—Señora, las cosas de palacio...
Poco después, Manolín se va a su dormitorio con la excusa de que tiene que hacer deberes. Aleixandre da un sorbo al zumo de naranja. Sabe que las cosas de los adultos deben aburrir al muchacho. Sobre todo ese otro tema que aún está pendiente y por el que habrá de preguntarle a la mujer.
—Josefina, ¿ha pensado algo con respecto a la publicación? ¿Aguilar o Losada?
Josefina asiente. Sí, lleva muchos años postergándolo; qué hacer con sus obras completas, o casi completas.
Tanto que desde que empezaran aquellas gestiones ha habido otras publicaciones con material de Miguel —la mayoría, sin contar con el beneplácito de su viuda— que han puesto en un aprieto las negociaciones de Vicente Aleixandre.
—Sé que hay algo que le genera dudas, Josefina.
—El poeta se incorpora en el sofá, pone los codos sobre las rodillas y entrelaza las manos—.
Qué hacer con Viento del pueblo y El hombre acecha , que en España están censurados.
Y créame que he tanteado un poco a algunos amigos que tengo en la Dirección General de Propaganda.
¿Y sabe qué siguen diciendo? Que lo único publicable de Miguel son sus poesías pastoriles y amorosas.
Tal vez algunas del Cancionero , pero nunca aquellas escritas durante la guerra.
Es más, ¿recuerda el artículo para la revista Ínsula que le envié hace unas semanas?
Claro, asiente Josefina. No pudo contener la emoción al leerlo.
—Pues para que vea hasta qué punto llega todavía el control que el Estado ejerce, en aquel artículo que escribí con motivo del décimo aniversario de la muerte de Miguel, me censuraron una frase. ¿La tiene usted a mano?