Un año después #3
Volví a tamborilear con el pie. Puse los ojos en la carta dirigida al administrador de la tabacalera que él sostenía entre sus manos, todavía con la estilográfica en la derecha.
Miré de nuevo la rúbrica, esas líneas rectas ascendentes.
Lo comprendí antes incluso de que terminara la frase.
No me pedía ni plazos ni intereses: me pedía a Miguel.
Todo lo que había escrito, lo que dejó en papeles sueltos, en cuartillas, en sobres, en versos empezados y no terminados, en tachones, en borradores, en restos.
Lo quería entero para él. Y yo supe, de pronto, que aquel estanco no me lo estaban dando: me lo cambiaban por mi marido.
—¿Qué te parece?
Lo miré y dudé, y pensé en decirle muchas cosas, tantas que las palabras se me atropellaron en el nudo enorme de la garganta, ese que tantas veces me había impedido hablar, decirle por qué no, que si tanto había querido a Miguel, por qué no agilizó su traslado a aquel sanatorio para tuberculosos, donde tal vez hubiera salvado la vida; que por qué mi marido pasó casi veinte días después de nuestra segunda boda en aquella infecta enfermería, agonizando; mirarlo a los ojos y preguntarle que por qué no lo hizo, intentar salvarlo, él, que había hecho tanto por tantos, de lo que no dejaba de vanagloriarse; ¿cómo es que no había podido gestionar algo tan sencillo, auxiliar a un moribundo, escribir una carta como aquella que había redactado delante de mí para exigir que lo trasladaran, firmarla con aquella ele y aquella a que se elevaba hasta el cielo y poner en marcha su red de favores?
—Tráemelo todo, Josefina.
¿O acaso lo dejó morir a conciencia?
Pero no, no me atreví a planteárselas, todas esas dudas, tampoco a mirarlo a los ojos y confesarle lo que me había preguntado tantas veces, sobre todo, cuando me atenazaba el rencor: ¿había dejado don Luis Almarcha morir a Miguel?
Podría habérselo dicho también, sí, por qué no, se lo merecía, que su viuda lo mirara a los ojos y lo oyera de sus labios, ¿Dejó usted que se muriera mi marido, don Luis?
Pero no soy mujer de palabra, no soy Miguel Hernández, yo soy Josefina Manresa.
—Yo, don Luis, creo que debo irme...
Me levanté y no esperé a que insistiera.
Di media vuelta y me marché, tranquila de no tener que arrepentirme de algo que no me hubiera perdonado, ya que mi conciencia no quería hacer esa visita ni tampoco tener que deberle nada.
Allí se quedó, quien solo un año después habría de ser nombrado obispo de León.
Allí se quedó la carta. Allí se quedó el futuro: nunca he tenido un estanco.
Volví a Cox aquella tarde tras despedirme en Orihuela de la familia de Miguel.
Todavía me temblaban las piernas cuando llamé a la puerta y me abrió Concheta.
Ay, Josefina, pasa, querida. Los volvería a ver pocas veces ya, en los entierros sobre todo.
Concheta fallecería al año siguiente con sesenta y tres años, dicen que del problema derivado de su asma, tal vez agravado por la pena.
El Visenterre falleció diez años después, en 1953.
Aquel día, tras dejar plantado a don Luis Almarcha en su despacho, don Miguel fue quizá algo más cariñoso conmigo que de costumbre.
Me besó las mejillas y quiso darme un poco de dinero para Manolillo.
Quizá sabía que habríamos de vernos muy poco el resto de su vida, o de la mía, del primero que fuera a reunirse con Miguel.
He oído que hay gente que le recrimina al padre gran parte de los sinsabores que le deparó la vida a su hijo.
A día de hoy no sé muy bien qué pensar. Es cierto que don Miguel, que era tan cumplido e iba a todos los funerales, nunca fue a ver a su hijo a prisión ni tampoco estuvo en su entierro.
Pero también es cierto que, con el paso de los años, me he convencido, o quizá he querido creerlo así, que si no lo hizo no fue por rencor, sino por falta de valor de verlo detrás de una reja o dentro de un ataúd.
Una vez me contó Justino Marín, el hermano de Ramón Sijé, que cuando le dieron al Visenterre la noticia de que su hijo había muerto —estaba, me decía, tomando un chato de vino en la taberna— se quedó paralizado, con los ojos llorosos.
Me bajé del autobús en el apeadero de Cox y caminé hacia casa.
Había una lluvia fina, pero no quise aligerar el paso.
Llueve tiempo. No sabía por qué, pero sentía una ligera satisfacción, acaso por no haber podido hacer algo de lo que me habría arrepentido.
Quizá haya un futuro en el que yo sea estanquera, pero no estará Miguel en el recuerdo de nadie.
Llueve tiempo. Al entrar en casa pisoteé con fuerza el felpudo para dejar afuera los restos de barro.
Saludé a la prima Gertrudis, que jugueteaba con el niño.
¿Cómo ha ido todo? Luego te cuento. Recordé que había dejado ropa tendida antes de partir hacia Orihuela, Ay, las sábanas, exclamé, y salí al huerto, donde las gallinas se habían puesto a refugio en el corral.
Me dirigí hacia los tendederos y, ahí tirado, entre los surcos del sembrado, lo vi: el caballito de serrín que Miguel había hecho en la cárcel.
¡Manolillo!, grité, dispuesta a reprochárselo, porque seguro que habría estado jugando con él afuera y lo habría olvidado ahí, junto a una mata de habas.
Siempre lo tenía todo manga por hombro, la pelota aquí y el muñeco allá, y tras él que iba una siempre, recogiendo, Ay, niño, los juguetes.
Me agaché para coger el caballo y me dispuse a ir a recriminarle adentro, donde se había quedado mordisqueando un poco de pan duro con la prima.
¡Tienes que cuidar de tus cosas!, le grité.
Entonces recordé lo que me dijo Miguel en una carta: Al caballo le metí en la barriga una sorpresa que saldrá en cuanto lo rompas.
Seguía lloviendo. Corrí a la cocina, cogí unas tijeras y, bajo la mirada de extrañeza del niño, ¿Qué pasa, marre?
, hundí las hojas afiladas en la barriga del caballo de serrín —desvencijado por la lluvia y el trote de su dueño— y asomé a su interior abriendo un surco con los dedos.
Había un papelillo, un papelillo mojado, y yo sabía bien qué tenía que hacer; aproveché el calor de la leña y lo puse unos segundos a unos centímetros, lo justo para no quemarlo, lo suficiente como para que aquel mensaje apareciera.
Nunca le he dicho a nadie qué decía aquella nota:
Josefina, Josefinica, Josefinita, espérame, que dentro de poco montaremos en un caballo como este, pero de verdad.
Y eso es lo que he hecho toda la vida, Miguelico.
Esperarte.