Un año después #2
Se hizo el silencio y oí de repente una voz: era mi marido, su deje, su risa diciéndome, No seas tontica, nena, y yo no supe interpretar muy bien qué quería decirme, y tal vez por ello terminé por acceder, sí, aunque intuyera que, en caso de que Miguel pudiera hablarme de verdad, romper la lápida de aquel nicho y dirigirse a mí, quizá me diría, Ni se te ocurra pedirle nada al vicario de Orihuela.
Recuerdo que en una carta, ya preso en el Reformatorio de Adultos de Alicante, me escribió, Almarcha y demás personas de su especie que se guarden muy bien de intervenir para nada en mis asuntos.
No necesito nada de él. Ya te contaré por qué no me es posible aceptar nada que venga de la mano de tantos Almarchas como hay en el mundo.
No llegó a contármelo. Ya nunca tuvimos un rato a solas, pasear por los puentes o por la glorieta de Gabriel Miró o subir hacia el mirador del seminario y luego sentarnos en un banco junto a un rosal y que nos encontrara el anochecer parloteando.
Entonces sí que me lo hubiera dicho; decirme, Josefina, no te fíes de Almarcha por esto y por lo otro, y en caso de haberlo podido hacer —cuántas cosas te llevarías contigo a la tumba, ay, Miguelico—, de seguro no me habría plantado aquella mañana fría de enero ante la puerta de la vicaría de Orihuela, ni habría llamado ni esperado a que abrieran.
Había empezado a llover no hacía mucho.
—Buenos días, tenía cita con el vicario.
Me abrió su sobrina —que tendría la misma edad que yo, si acaso algo mayor— y me condujo por un pasillo de techos altos, con cuadros de marcos enormes y alfombras persas, hasta que asomamos a aquella puerta de madera oscura que, supuse, tendría al otro lado la biblioteca y el despacho de Almarcha.
Aquí es, me confirmó, dando dos toques al madero.
Era una puerta de dos hojas enormes, los cuarterones decorados con el mismo motivo de las cenefas, pomo de bronce, y la sobrina y yo aguardamos hasta que se oyó una voz, Pase, y ella me hizo un gesto.
Entré. Caminé junto a aquellos estantes repletos de libros en los que quizá todavía quedaran las huellas de Miguel.
No fue sino hasta tenerlo a unos metros, tan embelesada me habían dejado esos anaqueles, cuando me di de bruces con la mesa del despacho y con don Luis, que se apresuraba a ponerse de pie para recibirme. Nos dimos la mano.
—Hola, hija. —Me pidió que me sentara frente a él—. ¿Cómo estáis? Cuéntame.
Lo miré brevemente, el rostro redondeado, las gafas, el alzacuellos.
Frente a él tenía una máquina de escribir Olivetti, papeles, libros, un abrecartas.
Era la primera vez que estaba allí, pero no me sentía una extraña.
Quizá se debiera a todas las veces que Miguel me había hablado de aquel despacho, o que tal vez Miguel me poseyera, ahora que ya era incorpóreo.
—Vamos saliendo poco a poco, don Luis —le respondí con un gesto perspicaz.
Luego se inclinó hacia delante, puso los codos sobre la mesa y unió las palmas de sus manos rechonchas.
—No sabes, Josefina, cuánto recé por Miguel, por ti y por su hijo.
—E insistió, apretando las manos una contra la otra—.
No sabes cuánto sufrí por el triste final que tuvo tu marido.
—Yo asentí, le di las gracias y guardé silencio.
Él no podía ver cómo tamborileaba mi pie bajo la mesa—.
Me dijo tu cuñada que querías montar un estanco y que necesitabas ayuda, ¿es así?
—Así es, señor.
—Me parece muy bien, Josefina. Sin tu marido, ahora tu deber es sacar adelante a tu hijo.
No sabes la cantidad de mujeres a las que la guerra y la infamia roja han dejado viudas.
Para todas la Iglesia tiene auxilio y consuelo.
—Esbozó una sonrisa que intentó ser tierna, como paternal—.
Y para ti también, por supuesto. Sobre todo, porque tu marido se avino, en un último gesto de cordura, a casarse por la Iglesia.
Eso le honrará siempre, Josefina. —Volvió a esconder las manos, no sin antes rascarse la coronilla, ahí donde no le quedaba pelo.
Le caía caspa sobre la sotana. Luego removió sus papeles para tomar unas notas—.
Vamos a hacer una cosa: ahora mismo redactaremos una carta para el administrador de la tabacalera de Alicante, y le pediré que te fíe el tabaco y los habanos de seis meses, ¿con seis meses crees que te irá bien, Josefina?
—Me apresuré a asentir—. Le diré que de esa deuda responderá el vicario de Orihuela, que confía plenamente en la señora Manresa, madre abnegada y devota, viuda —había comenzado a escribir Almarcha, y lo hacía con una letra pulcra y recta—.
Y que, si tiene alguna duda, que se dirija a esta vicaría.
Levantó la vista. Debió de advertir mi regocijo.
—Le juro que se lo devolveré en cuanto pueda.
Observé cómo rubricaba la carta con una ele y luego una enorme a inicial sobre las que trazó, sin florituras, varias líneas largas en ascendente. La observé durante algunos segundos, esa firma.
Entonces volvió a mirarme. Tenía los ojos diminutos detrás de las gafas.
—No tendrás que devolverme nada —me dijo.
Y sonrió. Y guardó un silencio breve—. Yo quise mucho a Miguel.
Lo quise aunque él se equivocara tanto. ¿Sabes, Josefina?
En cuanto supe que había fallecido, y que ni siquiera habían podido cerrarle los ojos, bajé a la capilla a rezar por su alma.
Por su viuda y su hijo, pero sobre todo por su alma.
Al menos me queda el consuelo de haberla podido salvar...
Lo miré. No dije nada. No pudieron cerrarle los ojos a Miguel.
Era como si sus iris verdes o tal vez azules o quizá pardos todavía se aferrasen a la vida.
El doctor Pérez Miralles me explicó que tal vez se debiera a un síndrome.
Así lo reflejó en el exhaustivo informe que elaboró semanas después de la muerte:
No me extraña que en el cadáver del recluso Miguel Hernández Gilabert no se pudieran cerrar los párpados, ya que padecía síndrome típico de hipertiroidismo con facies de terror (síntoma de Kraus) con su traída de fijeza, insistencia y resplandor en la mirada.
Lo amortajaron sus propios compañeros. Eusebio Oca, por iniciativa de Ramón Pérez Álvarez, burló la seguridad de la enfermería para realizar dos dibujos a lápiz del rostro sin vida de Miguel; la piel hundida hasta casi el hueso desnudo, la boca entreabierta, el pañuelo a modo de mentonera, los ojos que, de par en par, acogían un asombro último, quién sabe cuál, tal vez el de las últimas palabras que le oyeron, Ay, Josefina, qué desgraciada eres, tal vez el del hijo, evocando algunos de sus versos, cualquiera de ellos, Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos, / seguiremos besándonos en el hijo profundo.
/ Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos, / se besan los primeros pobladores del mundo .
Recuerdo el sol de aquel día. A media tarde, cuando algunos presos sacaron a hombros el humilde ataúd de Miguel, la banda del Reformatorio interpretó la Marcha fúnebre de Chopin.
La dirección lo permitió. El largo camino al cementerio era de bancales a un lado y a otro, y los campesinos, en el barbecho, al ver llegar el coche fúnebre, se incorporaban apoyándose en los riñones y quitándose el sombrero.
Siempre he creído que esos jornaleros sabían quién iba dentro, aunque fuese más que improbable. Hay cosas en las que una decide creer.
—Por eso, como lo quise tanto, querría poder ver todo lo que Miguel dejó...
Volví a quedarme muda. Ni yo misma sabía aún qué dejó. Tal vez se refería Almarcha a las pertenencias de Miguel, aquellas cuya lista me entregaron en la enfermería del penal el mismo día de su fallecimiento:
Relación de los efectos propiedad del fallecido hoy a las 5:30 horas, Miguel Hernández Gilabert:
1 Mono
2 Camisetas
1 Jersey
1 Camisa
1 Calzoncillo
1 Correa
2 Fundas de almohada
1 Toalla
1 Servilleta
2 Pañuelos
1 Par de calcetines
1 Manta
1 Cazuela
1 Bote
Pase a desinfección, y desde allí a Almacenes de Administración.
Alicante, 28 de marzo de 1942.
Firmado, el Oficial.
Le arreglé a Manolo y a Manolillo esas camisas, ese jersey e incluso esos calzoncillos, y mi hijo y su tío hubieron de llevar a Miguel hasta que no pudimos estirar más la vida de esas prendas. Pero don Luis Almarcha no se refería a eso. Yo lo sabía bien.
—Hija, leí mucho a Miguel, su auto sacramental, sus poesías, sus prosas...
¿Sabes? Me gustaría tener el gusto de poder volver a leerlo.
Tráeme todo el original inédito de tu marido, ¿de acuerdo?
Todo lo que dejó por escrito. Lo trataré con el respeto que Miguel Hernández merece, Josefina.
Que merece su memoria. No temas por nada.
Observó mi reacción, parca, silenciosa. He seguido completando esos papeles, los de Miguel, durante años, hasta incluso el día de hoy, con aportaciones de amigos, de familiares o de compañeros de prisión.
Recuerdo que Ramón Pérez Álvarez, uno de los presos que estuvo con él hasta el final, me envió desde el Reformatorio todo aquello que Miguel dejó y que no estaba en aquella lista que me dieron porque se apresuraron a ponerlo a salvo.
Sus últimas poesías, «Eterna sombra», por ejemplo, las últimas ideas que dejó por escrito, versos sueltos, incapaz ya de conformar un poema como había hecho siempre, siempre desde que un día empezó a leer a Góngora o a Lope con quince años.
Todavía no sé si interpretarlos como versos de despedida, Hoy me parezco a mí, mañana a nadie , o de delirio, Le tengo dicho al ruiseñor que calle , o de las dos cosas a la vez, Es terrible el aliento de los toros.
—¿Y bien, hija? —Almarcha, que había empezado a impacientarse, insistió—. No tendrás que devolverme nada.