Tu risa me hace libre Un año después
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Un año después

«Y así se fue Miguel al otro mundo: con todas sus ilusiones, con todos sus deseos, con toda su honradez, y con toda la tristeza que solamente sé yo».

—¿Me repite el nombre de su padre?

El funcionario del juzgado de Alicante apenas me miraba.

Rebuscó en sus papeles con aparente desgana.

—Le he dicho, señorita, que en el Consejo Supremo de Justicia Militar no consta ninguno de los documentos que usted dice haber entregado con respecto a su paga por caído de la Benemérita. Si lo hubiera hecho, habrían llegado a la Capitanía General de Valencia, ¿comprende?

Aquel tipo tenía corto el frenillo de la lengua y, al hablar, pronunciaba de más las eses y parecía masticar cada palabra con una lentitud deliberada. Tal vez sabía quién era yo. Es decir, de quién era viuda.

—Entregué esos papeles en mano —le dije—. Hace casi un año. Aquí mismo.

Alzó apenas una ceja, un gesto mínimo, casi imperceptible, pero cargado de burla. Se inclinó hacia delante y golpeó con el nudillo el mostrador, una sola vez, seca.

—Aquí no consta nada —repitió—. Y lo que no consta, señorita, no existe.

—Señora. Dígame señora. Soy viuda, señor.

—Como sea, señora. Que no constan esos documentos.

Di un paso atrás con objeto de que me viera en el luto.

—Vine con mi hermano Manolo. No estaba usted, sino otro compañero suyo. Recuerdo que tenía un bigote frondoso. Puede preguntarle.

Solo hacía siete años que había muerto mi padre, siete que parecían doce, o dieciocho, pero aquel día de agosto de 1936, en Elda, era como si siguiera en un extraño limbo.

Salía de la estafeta de Correos cuando recibió un balazo que le desfiguró la cara e imposibilitó durante días que pudieran reconocerlo.

Eso lo sabíamos ya, porque con el paso del tiempo pudimos recomponer las piezas de aquel rompecabezas.

El 15 de junio de 1939, el único acusado del crimen, un tal Jaime Ortín Cerdán, zapatero de Villena, cenetista y miembro de las Juventudes Libertarias, fue fusilado tras la consiguiente condena a muerte.

Sabemos que fueron más los que participaron, pero medió la guerra y ya todo se embarulló, los papeles, las acusaciones, el exilio de quienes hubieron también de apretar el gatillo. Cuántas cosas ocurrieron, madre.

Pero si lo sabíamos todo, que a papá lo mataron unos anarquistas y que murió en acto de servicio y que fue un hombre bueno, ¿qué ocurría con aquella pensión que nos correspondía a mí y a mis hermanos?

El funcionario chasqueó la lengua y removió otra vez sus papeles hasta sacar una hoja en blanco. No disimulaba su apatía. Cogió una estilográfica y me pidió que le repitiera el nombre por enésima vez:

—Ya se lo he dicho: Manuel Manresa Pamies. Cobramos la paga por su muerte en acto de servicio hasta diciembre de 1937, cuando dejó de llegarnos el dinero.

—Se lo llevaron todo para Moscú, señora —contestó con una sonrisa irónica—. El oro. ¿No lo recuerda? Para pagar a hijos de guardias civiles estaban los rojos, ja. —Termina de apuntar en el papel. Reconozco el nombre de papá—. Hablaré con mi compañero. Venga usted la semana que viene.

Incliné la cabeza, me despedí y di media vuelta para dirigirme a la salida hasta que oí que el funcionario me llamaba, ¡Señora!

Me giré.

—¿Sí?

—¿No ha pensado usted solicitar un estanco?

Levanté una ceja.

—¿Un estanco?

—Sí, señora. Le corresponde por ser hija de caído, ¿sabe?

Debió de advertir la ilusión en mi rostro.

—¿Y cómo puedo solicitarlo?

Volvió a remover unos papeles hasta que me entregó un formulario.

Rellene esto, me dijo, y aquel día volví a Cox en El Albaterense imaginando que ya lo tenía, un estanco, que por aquel entonces, y a pesar del racionamiento de tabaco, era un negocio estable y honrado, Ay, un estanco, me decía, esbozando una sonrisa tímida, la primera sonrisa en muchos meses, en muchos, no sé en cuántos, y se la regalé a la ventanilla de aquel autobús, al paisaje seco y montañoso de la Vega Baja.

Podríamos encargarnos de aquel negocio las cuatro hermanas, turnarnos para que siempre estuviera atendido, a todas horas, y con ello sacarlas a las tres del servicio, porque por aquel entonces Carmen, Gertrudis y Conchita trabajaban cada una en la casa de una señora, internas por un jornal exiguo, cocina, cose, friega, plancha, limpia, cuida.

Yo podía sacarlas de ahí, y al llegar a Cox se lo dije en casa de la tía Gertrudis, que podríamos regentar un estanco, que nunca en la vida nos había pertenecido nada salvo aquella casa humilde de la calle Santa Teresa.

—Ay, ¿y dónde lo vas a solicitar, Josefina? —me preguntó Gertrudis, que fue la que con más emoción recibió la noticia.

Ya lo había pensado durante el viaje en autobús. Lo había pensado todo.

—Lo solicitaremos en Alicante. Ahí estaremos mejor y Manolillo tendrá mayores oportunidades, ay, mi chiquillo, porque aquí en Cox, como no se dedique a recoger ajos, o a servir en casa de algún señorito, como vosotras, no tendrá otro futuro.

Así, además, estaré más cerca de su padre. Llevarle flores. Adecentarle la lápida.

Era octubre, el verano en retirada, Miguel había fallecido casi siete meses atrás, pero todavía me pellizcaba el corazón hablar de él, todavía me anudaba la garganta.

No ocurrió aquella vez, pues dije su padre y flores y lápida sin que me temblara la mandíbula, tal vez debido a la emoción que me embargaba aquel castillo en el aire cuyos cimientos había levantado ese funcionario desabrido, y aquellos días esperamos con expectación la notificación que habría de llegarnos por correo ordinario a Cox.

Era ya enero cuando nos llegó aprobada la solicitud.

—¡Nos han dado un estanco en el barrio de Las Carolinas!

Las hermanas saltaron, yo salté, viajamos poco después a aquella zona residencial al norte de Alicante y del castillo de Santa Bárbara, un área en expansión de familias trabajadoras que, después de la guerra, habían abandonado el campo o venían de Andalucía o Extremadura, un barrio con un gran mercado, nos dijo la prima Gertrudis, y una plaza de toros en torno a la cual se articulaba la vida.

—Y la plaza de toros atraerá a fumadores, y podremos vender también pipas, y garrapiñadas, y bocadillos —imaginábamos todas.

Vino aprobada la solicitud, decía, pero enseguida me encontré con un sinfín de inconvenientes: no tenía el dinero necesario para el alquiler de un local, no tenía dinero para empezar el negocio y, además, con el tabaco racionado, no sabía si me servirían la cantidad suficiente para satisfacer aquel distrito.

Hice las cuentas con la tía Gertrudis, que, aunque no sabía leer ni escribir, sí entendía de números y tenía una mente prodigiosa para ellos.

Determinamos que necesitaba, al menos, unas cuatro mil pesetas, eso para arrancar el negocio y aguardar algunos meses hasta que diese beneficios.

Entonces me decidí a ir a Orihuela, otra solución no atisbaba.

Hablé con mi cuñado Vicente y me ofreció quinientas pesetas.

No daba más de sí con su jornal de cabrero.

Elvira podría aportar hasta dos mil, que yo iría devolviéndole poco a poco.

Pero no era suficiente. A mi suegro por aquellos años no le iba demasiado bien el negocio, por lo que tampoco habría podido ayudarme demasiado.

Pasé muchas horas dándole vueltas. Aquel estanco pasó a convertirse en la única puerta entreabierta que yo veía para sacar a Manolillo y a mis hermanas de la estrechez.

Si no conseguía echarlo a andar, no habría Alicante, ni flores en la tumba de Miguel, ni un porvenir distinto para mi hijo, tal vez la misma vida de siempre: servir, coser, resistir.

Fue en aquel momento cuando Elvira me sugirió algo:

—Dicen que los hijos de caídos tienen facilidades para que les concedan préstamos, Josefina. Tal vez deberías preguntar a alguien influyente. Ya sabes que quien no tiene padrino, no se bautiza... ¿Comprendes? —me insistió, y yo negué con la cabeza, porque ya sabía en quién pensaba mi cuñada.

Recuerdo que estábamos en su casa de Alicante, en la calle Pardo Gimeno, aquella en la que Manolillo y yo pasamos los últimos meses de vida de Miguel y donde velamos al difunto sin el cuerpo.

No nos dejaron hacerlo en el cementerio debido a los fusilamientos que seguían sucediéndose frente a su tapia cada mañana, al amanecer, aquellos de los que a veces me despierto oyendo las descargas, los pum, pum, pum, el eco por toda la ciudad, la desbandada de pájaros.

La paz no era palomas, no tardé en saberlo. La paz era gorriones y estorninos huyendo de un pelotón de ejecución.

—Espero que no te moleste, cuñada... —Seguíamos mirándonos Elvira y yo. Entonces supe que ella ya se había adelantado—. Pero se lo comenté hace unos días a don Luis Almarcha a la salida de misa...

Ella ya intuía cuál iba a ser mi reacción, por eso se apresuró a calmarme.

—Don Luis me dijo que te ayudaría encantado con el estanco, Josefina. Que siente mucho lo que le ocurrió a Miguel. Que fue una tragedia que muriera, ¿sabes? Que rezaba por todos nosotros y sobre todo por ti y por Manolillo...

Bufé, ¡Sí, claro!, mientras Elvira me apretaba la mano, suplicándome, Escúchame, Josefina, y supo cómo hacerlo, cómo insistir, porque a fin de cuentas no dejaba de ser hermana de quien era.

Me sostuvo por los brazos, la miré, había en su rostro un aire a Miguel, tal vez la nariz, o los ojos, porque ella era quizá la que más se le parecía a él:

—¿Recuerdas todas las veces que Miguel te decía que no fueras tonta?

—me dijo—. Pues ahora te lo digo yo, que él no está.

No seas tonta, por el amor de Dios. Solo tienes que ir a verlo y escuchar su propuesta.

Quiere ayudarte, Josefina. Que puedes pasarte por su despacho de la vicaría y que él te hará una propuesta. Eso me dijo.