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—¿Cómo? Pero ¿por qué? —No respondió—. ¿Y q-quién ha firmado ese informe? —insistí, pero tampoco hubo palabras.
Entonces sentí calor, respiré hondo..., pero apreté los puños y puse a la Virgen en mis labios, por la Virgen santa, siempre con el rostro de mi madre, y le pregunté:
—¿Q-qué me está diciendo, doctor? —Planté los pies en el suelo y me levanté, colérica—. ¡S-si no lo trasladan, morirá! —Volvía a existir la muerte—. ¡Q-que lo están dejando morir!
Barbero se apresuró a ponerse de pie para rodearme con sus brazos, Lo sé, Josefina, me dijo, apretándome contra su pecho, intentando calmar ese llanto que ya era irrefrenable y que yo llevaba demasiado tiempo conteniendo detrás de un dique, yo, Josefina Manresa, fría, dura, un mármol, yo, hecha un guiñapo en los brazos enormes de aquel tipo, y esto es algo que no se lo he dicho nunca a nadie, nunca, porque sé lo frágiles que son las reputaciones, pero creí advertir que también lloraba.
Nos despedimos. Vi una bandada de pájaros.
El 25 de marzo me escribirían de parte de Miguel: Josefina es presiso que tantotucomo mi familia veais la forma de sacarme a un sanatorio ya . Habían subrayado ese ya. Y el 27 de marzo:
Manda una caja de inyecciones brONQUIMAR .
Aquella nota, pidiéndome esas inyecciones, la recibí bajo la tapa de la lechera y tuve que ponerla al calor de la leña para leerla.
Era día de comunicación y me dirigí con Elvira a visitarlo a la enfermería.
No llevé conmigo a Manolillo, como me había exigido el doctor Pérez Miralles días atrás.
Miguel apenas miraba. No sé si seguían siendo verdes sus ojos.
Le toqué los pies y los tenía fríos y con rodales negros.
Al acercarme golpeé con la punta del zapato el bote sobre el que la cánula seguía drenando pus como si Miguel fuera un manantial.
Soltó un alarido. Rocamora estuvo rápido y volvió a colocar el bote con la cánula.
Luego, al despedirnos, me hizo un gesto para hablarme al oído y yo me incliné para poner la oreja en su boca. Me dijo:
—Te lo tenías que haber traído.
Durante años me lo dijiste todas las noches, Miguelico.
—Te lo tenías que haber traído.
Volví a Cox y me fui a Elche y Manolillo creció y se casó con Lucía y me dio nietos maravillosos, Miguel y María José. Y yo seguía escuchándote:
—Te lo tenías que haber traído.
Aquella tarde fui a la botica a por las inyecciones que me había pedido Miguel.
Volví a dejárselo fiado. Guardo sorprendentemente todos los detalles de aquellas horas.
No solo la mueca del boticario cuando me dijo que no me preocupara, que ya le pagaría, sino los espárragos que cené esa noche, el olor de la orina, el desvelo de siempre, mis rezos.
Vi el amanecer, o más bien me despertó con un gallo lejano.
Era sábado 28 de marzo, en el cielo un sol despejado. Dejé durmiendo a Manolillo.
Meses después, Rocamora me pondría al corriente de lo que ocurrió aquella madrugada en la sala de infectados de la enfermería; la fiebre alta de Miguel, la respiración entrecortada, su mano abanicándole con un cartón porque sentía que a mi marido le faltaba el aire.
Rocamora se mudaría a Cox poco después de salir de prisión.
Tuvo hijos, dos se casaron, la menor se quedó cuidando de él, que empezó a encorvarse y a perder la memoria.
Pero aquello que me juró y perjuró oírle decir a Miguel aquella noche nunca pudo olvidarlo, por mucho que, al final de su vida, le atacara el mal de la memoria y terminó creyendo que volvía a ser niño.
—Poco antes del amanecer, Josefina —me diría Rocamora—, creí advertir que Miguel me hacía un gesto y yo pegué el oído a su boca y, con la ronca gravedad de su garganta, le oí decir, Ay, Josefina, qué desgraciada eres.
Aquella mañana anduve hacia el Reformatorio cargando con la lechera y las inyecciones en una bolsa de tela, donde también introduje unas pastas sin demasiado dulce que le había preparado su hermana Elvira.
Di un rodeo al enorme edificio principal del penal y, como cada jornada, me puse a la cola frente al funcionario de la ventanilla, que daba a la avenida Aguilera.
Tenía solo a tres o cuatro familiares delante de mí.
Reconocí a la esposa de Eusebio Oca, que había dejado la enfermería y había vuelto a su celda, pero no por ello dejó de preocuparse por Miguel, logrando encontrar la forma de sortear la vigilancia para colarse a visitarlo.
La saludé, Hola, Isabel. Iba sola, Hola, Josefina, por lo que supuse que habría dejado en casa a Julito como yo dejé a Manuel Miguel dormido en el piso de Elvira.
Cuando me llegó el turno, di los buenos días y puse la bolsa y la lechera sobre la taquilla, como hacía siempre.
Recuerdo el sol. La placa identificativa con el nombre de Miguel bamboleaba; entonces el funcionario negó con la cabeza.
Me miró, lo miré y, al cabo de unos segundos, cogí la bolsa con la lechera, las inyecciones y las galletas y me dirigí de vuelta a casa de mi cuñada.
Miguel se había ido de madrugada. Recuerdo el sol.