61 #2
Le sonreí. Le apreté la mano mientras le decía que yo también lo quería.
Luego Elvira firmó en el documento que le ofreció el religioso.
Los dos reclusos también, con letra insegura.
Miguel marcó a duras penas una equis. Yo fui la última, don Salvador se santiguó y entonces dio por concluida la ceremonia. Afuera seguía lloviendo.
Un par de días después, el doctor Pérez Miralles me dijo que ya habían tramitado la petición de traslado al sanatorio para tuberculosos.
¿Acaso era esa la buena noticia que esperábamos?
, me pregunté. Aquel día yo estaba en la enfermería con Manolillo.
El niño había estado jugando con un muñeco de trapo, haciéndolo volar en torno a la cama donde descansaba su padre, e inflaba la boca en un intento de imitar el gorjeo de algún pajarillo.
Aquello despertó las risas de Miguel, que, incapaz de controlar los espasmos de tos, hubo de ser atendido de urgencia por las monjas que hacían la ronda.
A mí me tranquilizaba saber que tanto el personal de la enfermería como los presos que compartían habitación con mi marido estaban en todo momento atentos a sus necesidades.
Joaquín Ramón Rocamora era uno de ellos.
Sé que cogió por costumbre arreglarle la cama, darle aire con un cartón o colocarle correctamente la cánula que se le salía con frecuencia del orificio del costado, por el que brotaba abundante pus.
Y también le transcribía las cartas. Yo aprendí a identificar a qué compañero de Miguel correspondía cada misiva o mensaje.
Rocamora solía escribir con una letra cursiva, torcida.
Rafael Pérez Álvarez remataba de forma barroca las consonantes. Teodomiro cometía faltas de ortografía.
De pronto todos ellos eran Miguel.
—¿Sabe, Josefina? —me habría de decir Rocamora en una de aquellas ocasiones en que fui a visitar a Miguel mientras los dos lo veíamos dormir—. A menudo parece que habla en sueños, y a quien nombra es a su madre, a su hijo y a usted.
Concheta, Josefina, Manolillo.
Aquel 6 de marzo Pérez Miralles no solo me dijo que ya habían tramitado el traslado, sino que me preguntó que cómo se me ocurría llevar al niño a la enfermería.
—Su padre está enfermo de tuberculosis, señora —me sermoneó—. En estado terminal. Es una imprudencia exponerlo al contagio.
Me sentí una mala madre. Ser madre es sentirse mala madre muchas veces.
—Sí, tiene razón, doctor —me limité a responder, con Manolillo cogido de la mano.
Salimos y enfilamos la avenida Aguilera en dirección a casa de Elvira.
A veces es difícil saber cuándo son las últimas veces de las cosas cotidianas.
Manolillo se despidió de su papá jugueteando en el aire con aquel muñeco de trapo que la tía Gertrudis le había regalado por su tercer cumpleaños.
No recuerdo bien si le dijo, Adiós, parre , o Hasta luego, parre .
Varios días después, el doctor Barbero tuvo que volver a operarlo de urgencia.
Me lo comunicó Miguel en una carta fechada —lo compruebo hoy con el documento delante— el 11 de marzo: Josefina: anoche me ha hecho Barbero una operación mucho más importante que la otra.
El chorro de pus que salió del pulmón izquierdo duró, sin exagerarte, más de diez minutos.
Hoy me encuentro muy descansado y casi sin fiebre.
Espero recobrar el apetito pronto. Creo que sin esa intervención me hubiera muerto.
Pero ¿por qué no lo trasladaban? Pasaban los días y seguía en la enfermería.
El 12 de marzo, por carta: Josefina, estoy algo mejor. Si la mejoría que siento hoy continúa, creo que iré al sanatorio en muy buenas condiciones.
El 17 de marzo me dejó un mensaje en la tapa de la lechera en la que le había hecho llegar la sustancia un par de días atrás: Pregunta a don Luis qué pasa que no me trasladan. ¿Será que no ha hablado con Máximo Cuervo?
Fue mi cuñado Vicente el que se dirigió a la vicaría a hablar con Almarcha. Tras mucho insistirle a su secretario, finalmente logró personarse en el despacho.
—Don Luis dice que el permiso tiene que llegar de Madrid. Y que no tenemos otro remedio que esperar. Que las cosas de palacio...
Vicente había venido a Alicante para visitar a Miguel y ponerle al corriente de aquella conversación. Chasqueé la lengua y maldije.
—¿Eso dijo? ¿Que las cosas de palacio van...?
—Sí, que van despacio. Eso dijo.
Miguel se ahogaba en un laberinto burocrático, o eso nos decían cada vez que preguntábamos; que el permiso lo tenía que tramitar el director y luego ratificarlo la diócesis y luego revalidarlo la Dirección General de Prisiones para hacer el camino inverso desde Madrid hasta el Reformatorio.
Es decir, que todo dependía de Luis Almarcha y de ese Máximo Cuervo del que años después me hablaría Vicente Aleixandre en mi casa de Cox. El 22 de marzo seguían sin trasladarlo:
Josefina tanto tu como mi familia deveis gestionar la salida mas rápida para uno de los sanatorios mas prosimos de Alicante si no mees posible ir al de Valencia puedes mandar el caldo y parte del cocido no meagas cosas dulces pero no eches sal al cocido me apetecen almendras tostadas al orno siencontraras.
Se ruega que no rompan ni intersepten esta nota por la necesidad de que llegue a su destinataria.
El doctor Barbero terminaba de despachar al último paciente de su clínica. Aquel día me quedé a última hora en la sala de espera, aguardando a poder hablar con él.
—¿Josefina? —me preguntó al salir de su consulta y verme sentada en la salita—. ¿Qué hace aquí?
Se estaba desabotonando la bata. Me levanté.
—¿P-por qué no lo trasladan, doctor? ¿Q-qué ocurre? Nadie sabe decirme nada en el Reformatorio.
Lo miré, el rostro redondeado, la frente amplia, el pelo en retirada.
Me miró. Advirtió la desesperación en mi rostro, las cuencas humedecidas, el temblor.
Miguel y yo nos habíamos casado el 9 de marzo; ¿cómo era posible que más de dos semanas después mi marido siguiera en aquella terrible enfermería de la prisión?
No podía comprenderlo. ¿Qué estaba ocurriendo?
—Venga, entre —me dijo, pasando su brazo derecho sobre mis hombros para conducirme a su despacho—. Tranquilícese, Josefina.
Me senté frente a su escritorio. No tenía quietas las manos, la mandíbula tampoco.
—H-he hablado con P-pérez Miralles y me dice que tenemos q-que esperar.
—Apenas me salía la voz—. Q-que Miguel está muy d-débil como para viajar a V-Valencia.
Y ya nos h-hemos casado por la I-iglesia, q-que era lo que nos di-dijeron que hi-hiciéramos si lo que q-queríamos era un trato f-favorable.
—Respiré hondo, me sequé las lágrimas, hundí las manos entre los muslos por encima de la falda negra—.
¿Qué ocurre, doctor? ¿Por qué no lo trasladan ya?
S-se está muriendo, us-usted lo sabe. Muriendo.
Decir morir era verlo morir. Las cosas no existen hasta que se nombran. Lloré.
Barbero extendió el brazo y buscó mis manos. Sentí su calor. Vi su reloj de oro.
—Yo estoy tan sorprendido como usted. Voy a hacer una llamada a ver qué es lo que ocurre. —Descolgó el auricular del teléfono—. Espere, Josefina.
Estuve tentada de contarle que en Madrid también se interesaban por el traslado de Miguel al sanatorio.
Así me lo hizo saber por carta Vicente Aleixandre aquellos días, también Vergara Donoso y José María de Cossío.
Ellos intentaron mover sus hilos, pero el único del que realmente pendía Miguel era aquel que a través del cable telefónico transmitía la voz de Barbero con alguien que nunca supe ni pregunté quién era.
El cirujano hablaba por teléfono en voz baja.
Reconocí en su bisbiseo el nombre de Miguel, Sí, Miguel Hernández Gilabert, dijo, mientras yo no paraba quieta en la silla; crucé y descrucé las piernas, apreté las manos, miré de nuevo su reloj.
Al cabo de unos minutos se despidió de su interlocutor, Vale, está bien, gracias.
Volvió a extender el brazo para estrecharme la mano.
—Me dicen que la confirmación de su traslado llegó al Reformatorio hace una semana, el 17 de marzo, Josefina.
—¿Y por qué no se lo han llevado entonces?
Barbero se rascó la coronilla con una patilla de las gafas.
—El informe que ha recibido el sanatorio de Porta Coeli sobre el estado de salud de su marido desaconseja ahora mismo su traslado. Solo puedo decirle eso.