Tu risa me hace libre 61
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Josefina, hace tres días que como sin gana y hoy ya no he comido.

Me da fiebre comer. No creas por eso que estoy peor.

Son alternativas de la enfermedad. De lo que me dices sobre eso, de si es por voluntad mía o no, te digo que no lo haría por voluntad propia, ya me conoces, nena.

Pero si no lo hiciera no saldría de esta cama, y sé que para ti es una alegría y una tranquilidad.

Tengo muchas ganas de verte, aunque sea en el momento de casarnos.

Total, que a estas horas, somos una pareja de tórtolos, en víspera de nuestro gran día. Besos para mi hijo. Te quiere

M IGUEL

Claro que te conocía, Miguelico. Por eso sabía que si lo hacías era para que te trasladaran al sanatorio para tuberculosos, eso que te habían prometido Almarcha y Vendrell si empezabas a ceder, y porque, además, en caso de que te ocurriera algo, a mí me quedarían al menos los derechos de tus obras.

Aquel día era viernes y por la tarde habría de volver a Alicante para llevarle a Miguel la comida a primera hora del día siguiente, sábado.

Me acerqué a la ventanilla tras haber guardado cola y le dejé al funcionario la lechera y la tartera con las magdalenas.

Todo debidamente etiquetado con unas placas de madera, MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT ENFERMERÍA REFORMATORIO , que aún conservo, para que no corriera el peligro de perderse, aunque no fueran pocas las veces que descubrí que algo que le había enviado, fruta, tocino, huevos duros, se había quedado en la garita del guardia o con vete tú a saber qué intermediario.

Entonces el funcionario me dijo que esperara a que llamara a uno de los capellanes de la prisión.

Él ya sabía quién era yo a fuerza de verme cada mañana o cada dos días.

—¿Josefina?

Era Salvador Pérez Lledó. Él oficiaría nuestra ceremonia. Sonreía.

—Celebramos que Miguel haya recapacitado y se preste a celebrar el santo matrimonio. Sin duda aliviará su situación. Y la tuya y la de tu hijo, ¿sabes, señorita?

Eso me dijo, pero no respondí. Luego me entregó el permiso firmado por el director de la prisión que me permitiría entrar en el Reformatorio para casarme.

—¿Te acompañará algún testigo, Josefina? —me preguntó. Yo pensé en Elvira—. Si quieres, para hacerlo más fácil, podrían ser un par de reclusos. —Sentí que empezaba a ahogarme—. ¿Te encuentras bien?

Dije que sí y me entró mucha prisa. Quería que pasara todo cuanto antes.

Todo, aquella boda fingida, el traslado al sanatorio, la curación de Miguel; quería que estuviera en casa ya, jugueteando, Ay, mi niño, uno de esos cuentos en sus labios, Una vez había un potro obscuro.

Su nombre era Potro-Obscuro, y Manolillo durmiéndose en su regazo, y que luego yaciera conmigo.

Respiré hondo. Hice ademán de despedirme.

—Ah, y no olvides, señorita, el sacramento de la confesión. Mañana vas a casarte por la Iglesia —me indicó el capellán, todavía frente a la ventanilla a la entrada del Reformatorio—. Puedes ir a la iglesia de Santa María. Tienes tiempo antes de la misa de doce. No queda muy lejos.

Hacía tiempo que no ponía en orden las cosas con Dios.

Yo, cuando pensaba en el Altísimo, le ponía la cara de papá, lo he dicho ya alguna vez.

No sé si es blasfemia, que me perdone el Señor.

Así que, tras las palabras del capellán, me dirigí a aquella iglesia suponiendo que los rezos que mamá me había enseñado y que le venían de mi abuela Josefa, el Ángel de la Guarda o la salve, podrían aliviarme ese nudo que se me había hecho a la altura de la garganta.

Entré algo mojada por una ligera llovizna.

Me santigüé al asomar al altar. Se colaba una luz tenue por los ventanucos orientados a levante, sobre los arcos ojivales.

Pensé en sentarme frente al retablo mayor, pero me pareció demasiado profuso, su decoración en oro, esa que llaman de tipo rococó, y no me sentí cómoda, así que rodeé el ábside y me decidí a entrar en una de las pequeñas capillas laterales, la de la Inmaculada Concepción, más humilde, más sobria, y me senté en una de las bancadas y apreté las manos y miré a la imagen.

También tenía la cara de mamá.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva.

Oré durante algunos minutos, las rodillas en el reclinatorio, silencio, Oh, clementísima, oh, piadosa, oh, dulce Virgen María , oré por Miguel y por que se recuperara pronto, por que ella obrara el milagro, Ay, Virgencita, tú eres madre, tú sabes bien por lo que estoy pasando yo, le dije, tú, que perdiste un hijo como yo, y por eso preferí dirigirme a ella, a María, no al Padre, no al Hijo, porque en el Padre o en el Hijo habría tal vez ansia de venganza hacia mi marido, eran hombres, el Padre y el Hijo, y habrían de tener sus ideales, como los tienen todos, y a lo mejor eran los mismos que habían hecho de España Una, Grande y Libre, y quién sabe si Miguel los había ofendido con sus escritos. Quién sabe. Y apreté las palmas.

—Pero solo con sus escritos, Madre —continué con la oración—, porque él no es un asesino, él no es como aquellos que mataron a papá, tú lo sabes, Virgencita.

Si algo buscaba Miguel era acabar con la pobreza, Madre.

Seguro que tú lo sabrás. Que los niños tuvieran un futuro.

Que no hubiera desigualdad. Sacar a los mercaderes del templo; ¿acaso no era eso mismo lo que quería tu hijo?

Sí, Miguel se habrá equivocado, no te lo voy a negar.

Equivocarse como se equivocan todos los hijos, pero es un hombre bueno.

Dime, ¿se equivocó Jesús alguna vez, Madre?

Me di cuenta de que tal vez aquella comparación habría podido ofenderla, así que me apresuré a disculparme, Perdóname, es que ya no sé ni lo que digo, y concluí la oración con un avemaría entre bisbiseos.

Me puse de pie, me persigné y me dirigí al confesionario, junto a otra de las capillas laterales, la del Bautismo, y volví a arrodillarme.

—Ave María Purísima.

Dos, tres segundos después.

—Sin pecado concebida.

Reconocí enseguida aquella voz, aguda, aflautada, la misma que semanas atrás me había impedido entrar al Reformatorio porque no estaba casada.

—¿Padre Vendrell?

Y Vendrell asintió tras la celosía. Pensé: no hay nada en las cosas de la Iglesia que sea casualidad.

—¿Qué es lo que quieres confesar, hija? —inquirió el capellán del Reformatorio.

Titubeé. Me llené de dudas.

—No tengas miedo. —Su voz atiplada—. Mañana habrás de poner tu matrimonio en manos del Señor, ¿no, señorita?

Volví a titubear.

—Yo, yo...

—Ábrete —insistió Vendrell.

Le busqué los ojos tras el enrejado de madera, al trasluz, pero no los hallé. Entonces respiré hondo y logré deshacer el nudo de la garganta.

—Lo único que sé, padre, es que mi marido se está muriendo en presidio y yo estoy sufriendo mucho.

El padre Vendrell guardó silencio. Advertí cómo se revolvía detrás de la celosía, tal vez incómodo, tal vez molesto. Nunca olvidaré su respuesta.

—Hija, la Iglesia no tiene la culpa de eso, la culpa la tienen los hombres.

Me levanté, no dije adiós, tampoco me persigné ni aguardé a concluir la confesión, di media vuelta, Pero ¿dónde vas?

, Pero, oye, y abandoné la iglesia por el pasillo central de la nave, dejando atrás aquel retablo en oro y su decoración profusa.

Seguía lloviendo fuera. Desde entonces he guardado mi fe lejos de la Iglesia.

De momento, la Virgen no me lo ha recriminado.

Al día siguiente me dirigí al funcionario de la entrada junto a Elvira para enseñarle el permiso que el día anterior había expedido el capellán.

Tras leerlo, me preguntó por mi cuñada. Ella será una de las testigos, le dije, y él accedió de buena gana.

En la enfermería nos esperaban don Salvador y dos hombres más, de pie junto a la pared de azulejos.

Eran dos compañeros de celda de Miguel de los que supe después sus nombres, Joaquín Ramón Rocamora Tornero y Ramón Pérez Álvarez, y que habrían de firmar también como testigos.

El capellán me hizo un gesto para que me acercara.

Llevaba una casulla morada y en las manos un misal.

Nadie hablaba. Al vernos llegar, unas monjas detuvieron las curas que le hacían a unos enfermos.

Mi viejo y futuro marido estaba incorporado en la cama, un par de almohadas bajo su cuello, más pálido, más huesudo que la última vez que lo vi.

Sonrió al verme, sonrieron sus ojos verdes.

Se oía el chisporroteo de la lluvia, ese que había vuelto a mojarnos a Elvira y a mí de camino al Reformatorio.

A veces llueve tiempo , habría escrito Miguel.

—¿Estamos listos? —preguntó el capellán.

Asentimos. Pensé en decir, Estamos listos para pasar este trámite y que mañana Miguel duerma en el sanatorio de Porta Coeli. Pero no me atreví.

—Hoy nos reúne el Altísimo para celebrar in articulo mortis la unión matrimonial entre Miguel Hernández Gilabert y Josefina Manresa Marhuenda, aquí presentes ambos, junto a los testigos del enlace.

Nos señaló a los presentes al decir nuestros nombres.

Miré a Elvira, que permanecía a mi lado.

Yo esperaba, las manos en el regazo. No había flores ni música ni un vestido blanco ni anillos, solo hedor a pus y letanía de gemidos y monotonía de lluvia.

Miguel tosió. Me acerqué a él y le apreté la mano.

Entonces el capellán volvió a decir nuestros nombres, y yo dije sí, sin alzar la voz, y él dijo sí, balbuceante.

Luego palabras en latín. No sé en qué momento exacto fuimos marido y mujer.

Recuerdo cómo me miraba Miguel, fijo, inerte, como si concentrara en mí todos los sentidos para percibir mi perfume, el tacto de mis manos de costurera, mis ojos, como si me recitara, No tienes más quehacer que ser hermosa, mis cabellos recogidos de los que se escapaba un mechón .

No nos besamos, Miguelico, pero cuando el capellán terminó, tú me susurraste:

—Te quiero.