Tu risa me hace libre 60 #2
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Estuvo tentada de preguntarles si conocieron a un tal Manuel Manresa, un hombre bueno, como todo el mundo lo definía, a izquierda o a derecha o abajo.

Pero no se atrevió a decir más que Yo no tengo nada, porque temía que los enfureciera aquella alusión a un agente muerto, por muy padre de ella que fuera.

Nunca recuperó la pensión de orfandad que la República dejó de pagarles cuando estalló la guerra.

Por mucho que Manresa cayera bajo fuego anarquista.

—Que nos deje pasar, no se lo voy a decir otra vez.

Uno de los agentes echó mano de su fusil. Entonces accedió, se hizo a un lado y dejó que comenzaran a rebuscar en su casa con la misma impunidad con la que el Patagorda lo había hecho años atrás mientras Miguel estaba preso en Rosal de la Frontera. Nunca volvió a verlo, a ese Patagorda.

A veces cuando piensa en Orihuela lo que ve es su rostro huesudo.

—Que no hay nada, ya se lo dije yo —les dice, una vez han terminado el registro.

Tampoco había mucho donde rebuscar. La casa de Cox apenas tenía un par de habitaciones y luego un huerto donde crecían algunos vegetales y un corral con gallinas.

Manolillo y el hijo de Filomena jugaban ahí fuera cuando los agentes aparecieron para revolverlo todo.

Los chiquillos se quedaron mudos. Tranquilos, no pasa nada, se apresuró Josefina a decirles.

No se despedirían. No se disculparían por vaciar los cajones y darles la vuelta a los colchones y dejar salir a las gallinas.

—¿Su hijo es Hernández o es Manresa? —le insiste ahora el agente de Elche.

Pero ella está todavía en Cox. Su primo Antoñico volvió al pueblo con contusiones y una cojera que le duró semanas.

De seguro le habrían sacado una confesión a patadas y a culatazos, fijo su nombre, Josefina, y luego un La mujer del rojo.

Suerte que Gertrudis actuó rápido, sin duda alentada por aquello que Josefina le contaría a propósito del expresidiario que fue a visitarla algún tiempo atrás.

Ahí se dio cuenta de que, mientras supieran quién era ella, las cosas de Miguel seguirían corriendo peligro.

Por eso se convenció de que tenía que abandonar Cox, por mucho que le doliera, y mientras gestionaba la venta de la casa familiar, encontró un bajo en la esquina de la avenida de la Reina Victoria, en Elche, y mientras mantenía correspondencia con Vicente Aleixandre y seguía haciendo remiendos de costura y yendo a misa, repartió entre sus primas y su tía los documentos de su marido y se previno de que Manolillo no supiera nunca la razón por la que se iban, a pesar de aquellos episodios que también tuvo que vivir el chiquillo.

Las burlas, ¡Tu padre está preso!, los mensajes anónimos, ¡Hijo de rojo!, la indefensión aprehendida.

Pero ya no está en Cox. No está y aquí puede ir a la peluquería y parlotear dando pábulo a los cotilleos sobre el notario —que si crápula, que si tunante—, y puede hacerle un vestido a una joven casadera que la crónica de sociedad destaca por precioso y favorecedor.

Y luego está el tinte. Cómo se ha atrevido, ay, Miguelico.

¿Qué me habrías dicho tú? Toda tu vida pidiéndome que dejara el negro y ahora voy y me lo pongo en el pelo para disimular el paso del tiempo.

Para ti es muy fácil, Miguel. Siempre tienes veinticinco.

Entonces mira a los ojos al guardia.

—Hernández es el apellido de su padre. Iré a la escuela a matricularle tal y como consta en su partida bautismal, ¿de acuerdo? —Hace ademán de despedirlo—. Ahora, tenga usted muy buenas tardes.

Cierra la puerta y va a buscarlo, a su hijo, que ha debido esconderse en los lugares comunes, esperando tal vez la enésima reprimenda de su madre. Josefina se asoma de cuclillas bajo la cama del niño. Ahí está, recostado, sujetándose las rodillas.

—¿Manolillo?, venga, sal, hijo —le pide, bajando la voz, redondeando las palabras en un intento de amainar su miedo.

—¿No me va a castigar? —le pregunta él desde su cueva.

—No lo sé aún —le responde su madre—. Anda, hijo... —Entonces recuerda aquello en lo que tanto le insistió Miguel, que razonara con él, que le permitiera expresarse, que fuera firme pero comprensiva—. Sal y hablamos de lo que has hecho, ¿de acuerdo?

Tras unos segundos, ve su cabellera deslizándose bajo el faldón de la cama, luego el resto del cuerpo.

—No puedes faltar a la escuela, Manolillo —le insiste, como tantas veces—. Ay, si supieras cuánto luchó tu padre por que pudieras labrarte un futuro...

Y quiere insistirle en que tiene que estudiar, que no está bien faltar a la escuela, que su padre soñó para él una vida distinta, una de letras limpias y manos sin callos, abogado o ingeniero o médico.

Está a punto de decírselo cuando Manolillo alza la cara y la mira.

Tiene los ojos húmedos, pero no llora. No olvidará nunca lo que dirá su vocecilla.

—¿Sabe una cosa, madre? A mí nunca me ha preguntado si yo quería ser ese que mi padre soñaba para mí. Yo no lo he elegido.

Casi no se le ha quebrado la voz, la suya, la de Manuel Miguel Hernández Manresa, y Josefina no sabe qué responderle.

¿Habría podido su padre contestarle algo al chiquillo?

, se preguntará luego. Por eso se limita a acariciarle el pelo, a sonreírle, a estrecharlo entre sus brazos y a pensar que tal vez tenga razón Manolillo.

Que su hijo habrá de encontrar su propio nombre, qué más da el apellido que use.

—Venga, ahora vamos con los deberes —le dice, ayudándose de sus manos de hombrecillo para ponerse de pie—. Y ve pensando en cómo disculparte con el dueño de ese huerto, ¿vale? Quizá le haga falta un mozo para cortar la hierba...

Manolillo asiente. Un par de días después, Josefina irá a la escuela a hablar con el maestro.

Que quiero cambiar la matrícula del niño, le dice.

Que se apellida de primero Hernández. Don Rodolfo asiente, extrañado.

Para entonces ya está próximo a concluir el curso escolar, Lo que usted diga, señora. Rellene entonces este papel.

Manolillo empezará el 5.º grado con el apellido del Visenterre.

Luego llegará el verano. No podrán irse de vacaciones a Santa Pola ni a Guardamar del Segura ni a una finca de El Altet, y por eso no tendrán mucho que hacer.

Josefina seguirá cosiendo y Manolillo saldrá cada día a jugar.

Solo algún paseo y la correspondencia de Aleixandre —en la que seguirá poniéndola al tanto de las gestiones editoriales— la sacarán de la monotonía.

Eso y una visita inesperada que habrá de recibir uno de esos días de estío.

—¿Es usted Josefina, la costurera?

Frente a la puerta de la casa hay una mujer.

—Sí, soy yo. —Hace calor afuera—. ¿Qué quería?

Es algo mayor que ella, bien vestida, zapatos de tacón, toquilla.

—Vengo de buscar un vestido en la tienda de las Valcárcel —le explica la mujer mientras agita un abanico de encaje—. Y, ¿sabe qué?, ha entrado la prometida de ese joven torero, la hija del procurador, y ha hablado de usted.

La mujer se presentará como doña Isabel.

—¿Ah, sí? —Piensa en Angelita, en la fotografía de aquella fiesta de pedida, con el precioso vestido azul—. ¿Y qué ha dicho?

—Pues maravillas, ¿sabe?

Y después de doña Isabel vendrá doña Pepi, y luego las hijas de Mamen, Elisa y Beatriz, y la boda de la nieta de doña Remedios, la esposa del gobernador civil, y ya nunca trabajará más para las Valcárcel.

—¿De verdad?

—¡Claro! La chica dijo que tiene usted unas manos de modista de París, sí, y que el vestido que le hizo para su fiesta de pedida causó sensación entre los invitados.

Josefina titubea en el umbral. No sabe qué decir.

—Pe-pero, pase, mujer.

La conduce hacia el taller sin dejar de recordar a la chica. Entonces elige creer.

—¿Un vestido? Y dígame, ¿para algún evento en especial?

Creer que aquella recomendación en ese salón de modas ilicitano es la forma en que Angelita le agradece, de algún modo, que la cogiera por los hombros para hablarle de dignidad.