Tu risa me hace libre 60
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—Que lo que se dice es que lo pilló con la querida en plena faena, ¿sabéis?

El torero Tomás Santamaría se compromete en matrimonio

El pasado fin de semana tuvo lugar, en una finca de El Altet, la fiesta de pedida del matador Tomás Santamaría, joven promesa del toreo, con la señorita Ángeles Valbuena, hija de don Alfredo Valbuena, conocido procurador de esta ciudad.

El acto reunió a familiares y amistades de ambos, en un ambiente distinguido y cordial, y la celebración se prolongó con música y baile.

La futura novia, la señorita Valbuena, causó sensación con un semirrecogido bajo en el cabello y un precioso vestido azul muy favorecedor, que despertó elogios entre los asistentes.

Al novio se le felicitó tanto por este feliz acontecimiento como por la brillante proyección que está alcanzando en los ruedos.

Josefina achina los ojos para escudriñar a la pareja de futuros novios entre el granulado de la fotografía.

Tomás y Angelita están en primer plano, atrás los invitados de la finca.

No es un posado. El fotógrafo ha captado el instante en que los dos se abrazan tras la escena en que el matador ha hincado rodilla.

O eso supone la mujer, que se para en los detalles, en las sonrisas espontáneas, en los aplausos suspendidos.

Entonces recuerda que Miguel no hincó rodilla ninguna de las dos veces que se casaron, su boda civil, durante la guerra, y la religiosa, en la enfermería de aquel siniestro penal.

No hubo rodilla ni anillos ni «un precioso vestido azul muy favorecedor».

Levanta la vista hacia el jolgorio de la peluquería. Ninguna de las clientas ni tampoco Charito han reparado en el gesto que se le ha dibujado en el rostro. Es una ligera sonrisa, que esboza mientras lee otra vez: «un precioso vestido azul muy favorecedor».

Muy favorecedor, se dice.

Ella nunca ha salido en ninguna noticia, y es como si lo oyera, la comidilla, Uy, Angelita, qué vestido tan maravilloso; o bien, Uy, doña Pilar, ¿de dónde es el vestido de su hija?

, y las mujeres en torno a la muchacha, observando la caída de la tela, la calidad de los pespuntes, ese recatado escote tan de estos años nuevos.

Se acerca a un palmo de la foto para intentar ver mejor el rostro de la joven, para comprobar si es auténtica o no su sonrisa.

Desde que le entregó aquel vestido no ha dejado de pensar en ella, su mirada pizpireta, su inocencia, el hematoma que le descubrió y, cómo no, las amenazas de su novio torero.

Angelita no fue capaz de decir nada cuando ella le habló de dignidad.

Josefina a su edad tampoco lo habría hecho, y la costurera se lo ha preguntado muchas veces desde entonces: ¿habrá tenido la nena el valor de aguantarle la mirada a su futuro marido y decirle que no se le ocurra volver a dejarle una marca como aquella?

—Venga, le toca a usté . —La peluquera la llama.

Josefina se apresura a tomar asiento. Ha ido a retocarse las puntas, eso solo, nada de teñirse las canas, que son suyas, como lo es también el riguroso negro de su luto.

Eso le ha dicho siempre, eso esperaba decirle antes de ponerse frente al espejo, pero ha sido tomar asiento y sonreír, y mostrarse particularmente habladora, y está a punto de comentar lo del vestido, decirles, Miren, señoras, ese precioso vestido azul muy favorecedor salió de mis manos, pero le puede la prudencia.

—Tiene un pelo precioso, Josefina, yo de usté , me dejaba las ondas y lo descargaba de peso, que tié mejor caída —le dice la costurera.

Ella tuerce el gesto. Titubea—. Y luego está lo de las canas —continúa Charito, buscándole con las yemas la raíz del cabello—.

Lo que yo le recomiendo es un tinte naturá que solemos poné aquí.

Es de nogalina. Se hace con cáscara de nué . Se las va a disimulá un pelín.

Algo menos de una hora después, se despide de Charito y de las demás clientas y sale a la calle entornando los ojos ante el sol, que aprieta aunque no todavía no es junio.

En cada escaparate se para a mirarse, tocarse el pelo, darse una vuelta.

No sabe cómo, pero ha acabado sucumbiendo a la proposición de la peluquera, siempre zalamera.

El tinte olía a tierra húmeda, aunque Charito lo disimuló con la laca que, decía, habría de fijarle las ondas.

Ay, pero ¿cómo he podido dejarla?

Lo primero que hace al llegar a casa es mirarse al espejo del zaguán.

Le sonríe al reflejo. Bajo el brazo lleva el ejemplar del periódico donde se menciona su vestido.

A Josefina le gusta guardar cosas. Tal vez recorte la noticia y la archive.

El resto de la mañana se dedica a la costura.

Lo hace canturreando, enhebrar la aguja, pespuntear, hacer esos remiendos que le encargó su vecina Paquita.

A mediodía parará para hacerle el almuerzo a Manolillo.

Ayer puso en remojo los garbanzos con los que habrá de terminar de preparar el puchero.

Llaman a la puerta algo antes de las doce.

—¿Señora?

Abre sin reconocer la voz. Ve a su padre, es solo uno, dos segundos, tal vez la ha cegado el sol, lo ve hasta que comprueba que ese uniforme de Guardia Civil del agente que ha llamado a su casa no es el mismo que el que llevaba Manuel Manresa, que era gris verdoso y tenía las bocamangas en rojo, y el de ahora es de drill verde y lleva cuatro bolsillos en sahariana.

Manolillo refunfuña junto al guardia, que lo tiene cogido por el cuello de la camisa.

—¿Qué ocurre? —le pregunta sin quitarle ojo a su hijo.

El niño no ha reparado en sus ondas, tampoco en las canas disimuladas por el tinte natural.

—¡No he hecho ná! —grita. El guardia lo empuja hacia su madre.

—Lo han descubierto en un huerto robando naranjas, señora. Suerte que se ha librado de los cachiporrazos del dueño.

Josefina agría el gesto, coge al niño y se lo aproxima al regazo.

—Pero ¿no tendrías que estar en la escuela? —lo recrimina, con un ligero zarandeo.

—Hemos ido a llevarlo, señora —le explica el guardia—. Pero el maestro nos ha dicho que se lo traigamos a usted. Que el resto del día estará expulsado.

Las miradas de ambos confluyen en la de Manolillo, que sigue en sus trece:

—Yo solo di un rodeo de camino al colegio, las naranjas estaban ahí, el dueño es un rácano...

Josefina acalla a su hijo arreándole un coscorrón.

—Yo me encargo de él, ¿de acuerdo? —dice, apresurada por despedirse del agente y meterse en casa para continuar con la regañina—. Muchas gracias.

Pero el guardia le hace un gesto.

—Solo una pregunta, señora.

Manolillo se zafa de los brazos de su madre y corre hacia el interior de la casa. Josefina sabe que va a cobijarse debajo de la cama, o detrás del sofá, como siempre hace. Durante un par de segundos, el agente lo observa perderse por el pasillo. Luego vuelve la vista a la mujer.

—El niño nos ha dicho que se llama Manuel Miguel Hernández, pero en la escuela reza como Manuel Miguel Manresa. —La mira, serio, perspicaz—. ¿Quién tiene razón, señora?

Josefina no dice nada. Todavía tiene la mano derecha en el marco de madera de la puerta.

Es madera de roble, oscura, veteada. De repente, el marco sobre el que ha posado la mano es el de su casa de Cox, calle Santa Teresa número 15.

Se ha ido cinco años atrás. En aquella ocasión no uno, sino dos guardias civiles estaban frente a ella. El recuerdo es nítido.

—Que le he dicho que nos deje pasar, señora.

Manolillo jugueteaba en el huerto con los hijos de Filomena, una prima hermana de su padre que desde no hacía mucho se había mudado al número 13 de la calle.

—Que les he dicho que no tengo nada en casa —replicaba Josefina.

Sabía qué buscaban. La había puesto sobre aviso hacía unos días su tía Gertrudis, que fue corriendo a casa y entre jadeos le dijo, Josefina, saca lo que tengas de Miguel.

Su tía tenía una verruga en la mejilla derecha. A veces cambiaba de color. Estaba rojiza, tal vez por el sofoco. Josefina quiso tranquilizarla, Pero a ver, tía, ¿qué ocurre? Gertrudis le pidió que la guiara al dormitorio, donde, suponía, habría de guardar su baúl, el de las iniciales JM.

—Que a mi sobrino Antoñico le han hecho un registro en su casa, le han encontrado un libro de tu marido, y se lo han llevado. Venga, vamos a llevárnoslo de aquí. Ahora.

Gertrudis se refería al ejemplar de Viento del pueblo que el poeta le dedicó a José, el tío de Josefina.

Entonces esta comprendió la urgencia de su tía.

El plan lo tenía claro: cogió el baúl, la caja de galletas y el par de cajas de zapatos, y con todo ello llamó a casa de Filomena.

Algún tiempo antes había recibido la advertencia de Ramón Pérez Álvarez y de Efrén Fenoll, que habían ido a esa misma casa para decirle que tuviera cuidado.

A la espera de que Filomena abriera, Gertrudis sostenía la caja con las fotos y Josefina lo demás. Doce, tal vez quince kilos pesaba todo.

—¿Filomena?

Doce, tal vez quince kilos pesaba Miguel entonces.

—¿Qué ocurre?

Filomena apenas había conocido al marido de su prima segunda.

Sabía que había sido escritor y que sobre él pesó la acusación de poeta rojo, pero nunca hizo un gesto ni un comentario, más allá del silencio que acompañaba siempre al nombre de Miguel Hernández en aquel barrio de Cox donde los Manresa y los Marhuenda habitaban varias de las casas.

—Necesitamos que guardes esto. —Alzó un poco el baúl, sobre el que hacían equilibrio las cajas—. Será unos días tan solo.

Filomena las condujo al arcón en el que guardaban los aparejos del huerto.

Nunca preguntó, por mucho que curioseara en aquel contenido que era incapaz de entender, no sabía leer.

Miguel estuvo ahí oculto hasta que el peligro pasó.

El peligro tenía el rostro de dos guardias civiles de Callosa que habían ido a casa de Josefina siguiendo la pista de su primo Antoñico.

—¿No es acaso usted la mujer de Miguel Hernández?