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El permiso de visita me lo dio uno de los funcionarios de la entrada del penal al verme llegar al lunes siguiente con Manolillo.
Tal vez por aquel entonces aquel tipo ya sabía que a mi niño lo estaba haciendo pasar por Julito, el hijo del maestro.
Lo intuí en su mirada una de aquellas veces.
Miguel siempre me decía que entre las malas hierbas siempre crecían amapolas o margaritas. Que solo había que mirar bien.
—Usted puede entrar, señorita —me diría el guardia, que era una amapola, o una margarita—. La dirección del Reformatorio le ha concedido este permiso.
Me ofreció un documento, y le pedí a Manolillo que se estuviera quieto para leerlo.
ORDEN
En uso de las atribuciones que me confieren las disposiciones vigentes, permítase la entrada al departamento de enfermería a la persona libre JOSEFA MANRESA MARHUENDA con el fin de que pueda visitar en horario de comunicación al recluso MIGUEL HERNÁNDEZ GILABERT , siempre que este se mantenga hospitalizado.
Firmado, el DIRECTOR.
Supuse que el doctor Barbero, al fin, había podido interceder por mí.
Le sonreí a aquel funcionario y entré, al fin, a ver a Miguel con el niño.
Para entonces Eugenio Oca no estaba al lado de mi marido, pues a mi marido lo habían trasladado a una habitación para enfermos contagiosos situada al fondo de la enfermería.
Era nauseabundo el olor de la sala. Al vernos llegar, Miguel sonrió.
Tenía un hilo de voz, pero pudo incorporarse durante algunos minutos, con el suficiente cuidado con la cánula por la que drenaba el pus, para juguetear con su hijo, cariñoso, bromista.
En la mirada seguía siendo él, en el verde de sus ojos.
Le dio un espasmo de toses; el niño, que garabateaba con un lápiz en uno de los papeles que Miguel guardaba para pedirme gasas o inyecciones, se asustó, una de las monjitas se acercó para atenderlo y tranquilizar al chiquillo, Ay, Manolín, no te asustes, pero el niño me tiró de la mano para que nos fuéramos, Vamos, marre .
Entonces él me sostuvo la otra mano, tenías fuerza de pronto, Miguel, no sé de dónde la sacaste, y me hiciste un gesto para que me agachara y oyera lo que querías decirme al oído.
Lo voy a contar por primera vez porque esto nunca se lo he dicho a nadie.
Tenía la respiración entrecortada. Carraspeó. Volvió a toser.
—O me sacáis, o me muero.
Lo miré, y no supe qué decirle mientras Manolillo insistía en que nos fuéramos, en tirarme del brazo, Vamos, marre , vamos.
Nos despedimos. Con la mano torpe nos dijiste adiós.
Ahí fue cuando supe, Miguelico, hijo, mientras te decía hasta mañana, que te habías dado cuenta de que la vida te abandonaba.
Y tardaste en creértelo, lo sé bien, porque eras rabiosamente optimista.
Que nada podría contigo, ni los Francos, ni los Patagordas, ni los Almarchas, tú, que habías sufrido la herida del amor, la herida de la muerte, te estabas yendo por la herida de la vida, aquella que te habías bebido a sorbos, aquella en la que te sumergías como cuando te tirabas de cabeza al Segura sin miramientos. La vida.
Con tres heridas viene.
Y ahora sé que esa fue la razón por la que cediste. Eras el Potro-Obscuro y querías llegar a la Gran-Ciudad-del-Sueño.
Con tres heridas yo.
Porque un día después de aquella visita recibí otro mensaje bajo la tapa de la lechera en la que te había enviado la sustancia.
Recuerdo perfectamente qué hacía cuando descubrí que me habías dejado un papelito.
Manolillo jugaba con sus primas y yo ayudaba a mi cuñada Elvira a preparar la comida.
Para poder leer aquellos mensajes —que, por la humedad de la lechera, corrían el riesgo de romperse si no los trataba con cuidado—, tenía que esperar a ponerlos unos segundos encima de la tapadera de una olla al fuego y, entonces sí, cogerlos.
—Ay, Josefina, ¿qué es lo que dice? —Se asomó Elvira por detrás de mí.
En aquella nota del 1 de marzo de 1942, con una letra que no era la suya, sino la de algún preso de la enfermería que le hacía de escribiente, Miguel me anunciaba que había cedido al chantaje:
Nena, el próximo domingo nos casaremos en la prisión. Lo he arreglado todo.